El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 22
Capítulo 22 — La verdad de Amelia
—No hay nombre —dije.
Max se quedó muy quieto.
—Mentí —seguí, con la cara todavía escondida entre las rodillas, la voz hecha pedazos—. No me acosté con nadie. Con nadie, tío Max. Lo dije para lastimarte. Porque quería que sintieras aunque fuera un poco de lo que yo sentí esa noche en tu casa, viéndote con ella.
El silencio que vino después fue distinto. Lo oí soltar el aire despacio, como si le hubieran quitado una piedra de encima y le hubieran puesto otra al mismo tiempo. Después lo oí acercarse, arrodillarse frente a mí en el piso —él, con lo que le costaba doblar la pierna, con lo que le costaba doblarse ante nadie— y sentí sus dos manos, con muchísimo cuidado, tomarme la cara y levantármela.
Me miró la mejilla, la que le había pegado, que ya empezaba a marcarse. Y algo en su gesto se rompió otra vez.
—Perdóname —dijo, y ahora sí, ahora le salió, ronco, urgente—. Perdóname, Dalia. No hay nada que justifique esto. Nada. Lo que te hice no tiene perdón y no te lo voy a pedir como si lo tuviera. Solo… déjame decírtelo. Perdóname.
Yo debí apartarme. No me aparté. Me quedé con su mano fría sobre mi cara ardiendo, y por primera vez en meses lo miré de verdad, sin la niebla del rencor, y vi a un hombre deshecho.
—Esa noche —dije—. La de tu casa. Ella traía tu camisa. Había dos copas. Me dijo que…
—No pasó nada —me cortó. Y lo dijo con una firmeza que no dejaba resquicio—. Óyeme bien, niña, porque esto no lo voy a repetir y necesito que me creas de una vez. Con Amelia Rangel nunca pasó nada. Ni esa noche ni ninguna. Yo dormí en el estudio. Ella entró con una llave que mandó copiar, se puso mi camisa, sirvió dos copas y armó ese teatro para que tú lo vieras. Todo. Para eso vino. Sabía que ibas a llegar.
Me lo quedé viendo. Quería creerle. Dios sabe que quería. Pero llevaba meses armando otra historia en la cabeza, ladrillo por ladrillo, y una historia así no se cae de un solo empujón.
—Vi la camisa —dije, y me temblaba la barbilla—. La traía puesta. Tu camisa, tío Max. Olía a ti. Y ella me miró y me dijo que yo era tu caridad y que ella era tu vida, y tú no estabas ahí para desmentirla, y yo…
—Yo estaba en una junta en Guadalajara, con veinte testigos, hasta las once de la noche —dijo, y cada palabra le salía medida, como quien pone pruebas sobre una mesa—. Chente te lo puede confirmar. La camisa la sacó de mi clóset. La llave la copió el día que fue a la oficina. Todo lo planeó, Dalia. Hasta la hora en que tú ibas a llegar. Lo único que no calculó fue cuánto te iba a doler, porque no le importó. A ella nunca le ha importado nadie más que ella.
—Pero fue tu novia —dije—. Tu primera novia. Renato lo dijo hace años, yo lo oí…
—Fue. Hace mucho. —Se pasó la mano por la cara, cansado de una manera que le venía de muy atrás—. Cuando yo no era nadie, Dalia. Cuando empezaba Grupo Villaseñor con dos oficinas prestadas y más deudas que sueño. La quise, sí. Le pedí que esperara. Y no esperó. Se fue con el primero que le ofreció una vida hecha, al extranjero, sin voltear a verme. Me dejó cuando yo no tenía nada. Y ahora que tengo todo, regresó. No regresó por mí. Regresó por lo que soy. Y cuando vio que había alguien más importante que ella en mi casa, decidió hacerte daño para volver a entrar.
Me tomó un momento entenderlo entero. La camisa, las copas, los tacones, las palabras que me había clavado —"tú eres su caridad, yo soy su vida"—, toda aquella humillación que me había mandado a la residencia, al antro, a los brazos de desconocidos, a aquel cuarto de las afueras. Todo había sido un montaje. Una trampa. Y yo me había caído hasta el fondo del pozo por una escena que ni siquiera era real.
La culpa que traía cargando se me volteó de golpe y se hizo rabia. Rabia contra ella. Y algo más suave, más peligroso, que se me quedó ardiendo debajo de la rabia y que no supe cómo nombrar todavía.
Pensé en todo lo que me había hecho perder esa mentira. Las noches en la residencia con la cara contra la almohada. El primer trago. El segundo. La primera vez que me subí al coche de un desconocido porque ya nada me parecía que valiera la pena cuidar. El cuarto de las afueras. La mano de aquel tipo en mi brazo. Todo, cada peldaño de la caída, había empezado con una camisa prestada y dos copas de vino que ni siquiera se habían tomado.
—Me destrozó la vida por mentira —dije bajito.
—Te la voy a arreglar —dijo él—. Eso te lo prometo. De ella me encargo yo.
Nos quedamos un rato callados en el piso, uno frente al otro. Afuera empezaba a aclarar; entraba una luz gris por la ventana del estudio. El condón seguía tirado cerca de la puerta, esa mentira que ya no significaba nada, y ninguno de los dos lo miró.
Entonces, no sé de dónde saqué el valor, pregunté lo que llevaba años sin atreverme.
—¿Y tú? —Tragué saliva—. Después de ella. Todos estos años. Nunca hubo… nadie.
Max apartó la mirada. Le costó. A un hombre así, decir esas cosas le cuesta más que perder una empresa.
—No —dijo por fin—. No hubo nadie.
—¿Por qué?
Se quedó mirando la luz gris de la ventana un largo rato antes de contestar. Y cuando lo hizo, la voz le salió tan baja que tuve que acercarme para oírlo.
—Porque estuve esperando —dijo—. Sin saber a quién esperaba.
No dijo más. No hizo falta. Yo sentí las palabras caerme dentro y quedarse ahí, calientes, y por un segundo el mundo entero se redujo a ese estudio, a esa luz, a ese hombre arrodillado frente a mí que nunca había estado con nadie, igual que yo, los dos guardados sin saberlo el uno para el otro, esperándonos sin nombre por años enteros.
Y sin embargo.
—Entonces —dije, y me temblaba todo—. Si nunca hubo nadie. Si no fue verdad lo de ella. Si tú también… —No pude—. Entonces, ¿por qué me sigues empujando lejos?
Max se levantó despacio. Se apartó un paso, dos. Volvió a ponerse esa armadura que yo le había visto tantas veces, solo que ahora la vi por lo que era: no frialdad, sino miedo. Fue a la ventana. Me dio la espalda.
—Porque te llevo veinte años, niña —dijo, sin voltear—. Te crié. Fui tu tutor. La gente no ve lo que hay adentro, ve eso. Y eso no se aclara con una noche.
Afuera, la ciudad empezaba a despertar. Y yo, en el piso, con la mejilla marcada y el corazón latiendo por primera vez en meses con algo que se parecía a la esperanza, entendí que el muro que nos separaba nunca había sido esa mujer.
Éramos nosotros. Éramos veinte años. Y esos, pensé, esos sí los pienso derribar.