Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El pacto de los monstruos
Balkan Trudeau la observó con la indolencia de un depredador que no necesita acechar.
*Bonito rostro*, pensó, con la frialdad de un tasador. *Labios rosados. Piel blanca. Una figura esbelta.*
Luego la miró a los ojos. Y vio lo que nadie más en la sala estaba viendo.
Las manos de ella no temblaban. El pulso no se le aceleraba. Se había arrodillado frente al hombre más peligroso del continente con la misma calma con que se coloca una pieza sobre un tablero.
*No me escogiste por mi rostro, pequeña condesa. Me escogiste porque tienes a alguien de quien vengarte y necesitas una espada que no se rompa.*
Una sonrisa apenas perceptible le curvó la comisura de los labios. Bajo sus ojos, las vetas carmesí brillaron un poco más.
*Magnífico. Creo que acabo de encontrar a alguien que piensa como yo.*
***
Balkan levantó su copa y la dirigió directamente hacia mí.
—Señorita Cassandra —su voz grave silenció los murmullos—. Si a usted no le molesta ser la prometida de este guerrero… de este guerrero con sangre real, este guerrero tampoco ve ningún problema.
Giró el rostro hacia el rey.
—Acepto, majestad. Nunca creí que asistir a su banquete terminaría con una prometida. Qué interesante. —Una pausa—. Seguro que a mi padre le encantará.
El rey Aldric tragó saliva. El sonido fue seco, audible.
Y entendí que él entendía. No era una petición. Era una advertencia tallada en acero: *si alguien en tu reino la toca, no despertarás mañana.*
—¡Excelente, excelente, príncipe! —El rey forzó una sonrisa con todas sus ganas—. Yo concedo el matrimonio. Lo festejaremos… ¿en una semana?
—En una semana, no. Un mes. Un mes es mejor.
—¿Un mes, príncipe? ¿No le parece demasiado apurado?
—No me parece. En un mes debo cumplir con muchas actividades en su reino, según el itinerario que usted ya conoce. Así que, qué mejor momento que, al regresar a mi reino, regresar ya con mi esposa. ¿Verdad?
Se levantó. Se acercó. Tomó mi mano —una mano que no temblaba, notó él con aprobación— y depositó un beso suave, casi reverente, sobre mis nudillos.
Sonreí. Aleteé las pestañas. Me sonrojé con un rubor perfecto.
Puse la cara exacta de una tonta enamorada.
El salón estalló en susurros.
—Vaya… La señorita ha tenido un flechazo por este invitado.
—Pobre muchacha —susurraban las damas tras sus abanicos—. Se dejó deslumbrar por el uniforme. No sabe con quién se está metiendo.
Y un conde, envalentonado por el vino, alzó la voz lo justo para hacerse oír:
—Pobre muchacha… No sabe quién es ese demonio.
Balkan no giró la cabeza. Apenas desplazó los ojos hacia la voz.
El conde se atragantó con su propio aliento. Bajó la mirada. Y no volvió a hablar en toda la noche.
Yo sí sabía quién era.
Y acababa de convertirme en su prometida.
Balkan me ayudó a levantarme sin soltarme la mano. Se inclinó hacia mi oído, como si fuera a susurrarme una ternura.
Su sonrisa no se movió. Su voz, grave y serena, llegó solo para mí:
—Dime, pequeña condesa… ¿a quién quieres que mate primero?
—A nadie.
Balkan arqueó una ceja.
—¿A nadie?
—No quiero que mueran —lo miré directamente a los ojos—. Quiero que vivan lo suficiente para ver cómo les quito todo. Pieza por pieza.
Treinta días. Un tablero con siete piezas.
**Día 1:** recuperar lo que me pertenece.
**Día 5:** romper la alianza de Livia.
**Día 9:** hacer que Edric pierda su brillo ante la corte.
**Día 14:** desangrar las arcas de mi padre.
**Día 20:** lograr que la madrastra se ahorque con sus propias manos.
**Día 27:** revelar lo que nadie esperaba.
**Día 30:** partir a Moldavia, dejando atrás una familia que ya no existe.
Por primera vez en la noche, el Demonio de Moldavia rió de verdad.
Bajo sus ojos, las grietas ardieron como brasas vivas.
*Había elegido una espada*, pensó él. *Pero quizá acababa de encontrar una reina.*
No lo dijo en voz alta. Todavía no.
Porque Balkan Trudeau no se enamoró de Cassandra esa noche. Se interesó. Se divirtió. La reconoció.
Y eso era mucho más peligroso.