5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 9 — UNA NOCHE PARA RECORDAR
La mañana siguiente llegó más rápido de lo que todos esperaban.
El golpe en la cabeza de Julietta ya casi no le molestaba, aunque todavía tenía un pequeño chichón que apenas se notaba entre su cabello.
Al entrar a la universidad, Emma la miró con atención.
—¿Cómo seguís?
Julietta sonrió.
—Muchísimo mejor.
—Me alegra.
Las dos comenzaron a caminar por los pasillos mientras los demás estudiantes se dirigían a sus aulas.
Al mismo tiempo, Gio entraba al salón junto a Mateo y Lucas.
El profesor llegó unos minutos después y la clase comenzó con normalidad.
El sonido de las hojas, los lápices y las explicaciones llenaba el aula.
Gio sostenía su lapicera entre los dedos.
Intentó tomar apuntes.
Pero, sin darse cuenta, volvió a recordar lo ocurrido el día anterior.
La enfermería.
El hielo sobre la cabeza de Julietta.
Su sonrisa.
Y aquellas palabras que todavía resonaban en su cabeza.
"Porque... ya sos mi amiga."
Bajó la vista hacia su cuaderno.
Había escrito la misma palabra dos veces sin darse cuenta.
Sacudió levemente la cabeza.
—Concentrate... —murmuró para sí.
Pero por más que lo intentaba, aquella imagen volvía una y otra vez.
—Giovanni.
La voz del profesor lo sacó de sus pensamientos.
Gio levantó la vista de inmediato.
—¿Podrías responder la última pregunta?
Durante un segundo toda la clase quedó en silencio.
Mateo giró apenas la cabeza hacia él.
Lucas también lo observó.
Gio respiró hondo, recordó lo que el profesor acababa de explicar y respondió correctamente.
—Muy bien —dijo el profesor antes de continuar con la clase.
Mateo esperó unos segundos.
Después se inclinó un poco hacia él.
—¿En qué planeta estabas?
—En ninguno.
—Claro...
Lucas sonrió.
—Es la primera vez que te veo distraído en una clase.
—No estaba distraído.
Mateo levantó una ceja.
—Entonces decime por qué escribiste la misma palabra dos veces.
Gio miró su cuaderno.
Tenía razón.
Sin darse cuenta había repetido el mismo apunte.
Suspiró.
—Fue un descuido.
Mateo cruzó los brazos con una sonrisa.
—Mmm... yo tengo otra teoría.
—Guardátela.
Lucas soltó una pequeña risa.
La clase terminó unos minutos después.
Los tres salieron del aula conversando tranquilamente.
Mientras caminaban por el patio principal, vieron a Emma y Julietta acercarse desde el otro lado.
—¡Hola! —saludó Emma.
—¿Cómo está tu cabeza? —preguntó Gio mirando a Julietta.
Ella sonrió.
—Mucho mejor. Gracias por preocuparte.
—Me alegro.
Hubo un pequeño silencio.
—Bueno... nos vemos mañana —dijo Julietta levantando la mano con una sonrisa.
—¡Hasta mañana! —agregó Emma.
Gio levantó la mano casi por reflejo.
—Hasta mañana.
Las dos siguieron caminando.
Mateo esperó unos segundos antes de mirar a Gio con una sonrisa traviesa.
—Che...
—¿Qué?
—Nunca te había visto decir "hasta mañana" con esa cara.
Gio frunció el ceño.
—¿Qué cara?
—Esa... la de alguien que se quedó pensando en una chica.
Lucas sonrió de lado.
—Yo también lo noté.
Gio negó enseguida.
—Están diciendo cualquier cosa.
Mateo comenzó a reír.
—Tranquilo... todavía no se lo vamos a contar a nadie.
—Sos insoportable.
—Pero me querés igual.
—No.
—Sí.
Lucas soltó una risa.
Después de unas horas más de clases y del entrenamiento de la tarde, los tres salieron cansados de la universidad.
Mateo estiró los brazos.
—Bueno... ahora sí terminó el día.
Miró a Gio con una sonrisa.
—Che... ¿seguís teniendo la Play?
Gio ya imaginaba por dónde venía la pregunta.
—Sí.
—¿Y el Street Fighter 6?
—También.
Mateo abrió grandes los ojos.
—¿Y recién ahora lo decís?
Se giró hacia Lucas.
—Listo. Ya tenemos plan.
Lucas sonrió.
—Me parece una buena idea.
Gio suspiró resignado.
—Ni siquiera me preguntaron si podían venir.
Mateo le pasó un brazo por los hombros.
—Porque ya sabíamos cuál iba a ser la respuesta.
—Era que no.
—Demasiado tarde.
Los tres comenzaron a caminar hacia la casa de Gio entre risas, sin imaginar que aquella noche terminaría convirtiéndose en un recuerdo que jamás olvidarían.
Cuando llegaron a la casa, la mamá de Gio abrió la puerta con una sonrisa.
—¡Hola, chicos! Pasen.
Mateo entró primero.
—Buenas tardes, sue...
Se quedó callado unos segundos.
Miró a Gio de reojo.
—...señora.
Gio suspiró.
—No empieces.
Lucas no pudo evitar reír.
La mamá de Gio los hizo pasar al comedor.
—Siéntense. Les preparé una merienda.
Sobre la mesa había chocolatada, tostadas y unas medialunas recién hechas.
—¡Qué rico! —exclamó Mateo mientras se sentaba.
Después de darle el primer mordisco a una medialuna, levantó la vista.
—Señora... ¿no estará buscando otro hijo?
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Por qué lo decís?
—Porque me adapto rápido.
Lucas negó con la cabeza.
—Lo único que quiere es comer gratis.
—También —respondió Mateo con total sinceridad.
Los cuatro rieron.
Después de merendar, los tres fueron a la habitación de Gio.
Encendieron la consola y comenzaron un torneo de Street Fighter 6.
—Esta vez les voy a ganar —dijo Mateo con confianza.
Cinco minutos después...
—¡No puede ser!
Gio acababa de derrotarlo otra vez.
Lucas dejó el control sobre sus piernas.
—Te dije que no apretaras todos los botones al mismo tiempo.
—Eso era una estrategia.
—Era un desastre —respondió Gio entre risas.
Pasaron un largo rato jugando y bromeando hasta que el aroma de la comida llegó desde la cocina.
—¡Chicos! ¡La cena está lista! —avisó la mamá de Gio.
Los tres fueron al comedor.
Sobre la mesa había milanesas con puré.
—Señora... esto se ve espectacular —dijo Mateo.
—Espero que les guste.
Después de probar el primer bocado, Mateo cerró los ojos.
—Confirmado.
Cocina demasiado bien.
La mamá de Gio sonrió agradecida.
Mientras cenaban, comenzó a llover con fuerza.
Las gotas golpeaban las ventanas sin parar.
Cuando terminaron de comer, la mamá de Gio miró hacia afuera.
—Con esta lluvia no me gusta que vuelvan solos.
¿Por qué no se quedan a dormir?
Los tres se miraron.
—¿En serio? —preguntó Lucas.
—Claro.
Así mañana salen juntos para la universidad.
Lucas sacó su celular.
—Voy a avisarle a mi mamá.
Marcó el número.
—¿Hola, mamá?
—¿Sí, hijo? ¿como estas?
—bien ma . La mamá de Gio nos invitó a quedarnos a dormir porque está lloviendo mucho.
Del otro lado se escuchó una voz dulce.
—Está bien, mi amor.
Pero acordate de lavarte bien las manos antes de cenar.
Comé bien.
No te olvides los libros para mañana.
Y abrígate si hace frío.
Lucas sonrió.
—Sí, mamá.
—Divertite mucho.
Te quiero.
—Yo también.
Cortó la llamada.
Mateo sonrió.
—Tu mamá se preocupa hasta porque respires.
Lucas se encogió de hombros.
—Siempre fue así.
—Bueno... ahora me toca a mí.
Mateo marcó el número.
Apenas atendieron...
—¡¡MATEO!!
El grito se escuchó por toda la habitación.
Gio tuvo que morderse el labio para no reírse.
Lucas bajó la cabeza intentando contener la risa.
—¡¿Dónde estás?! ¡Te dije que hoy llegaras temprano!
De fondo se escuchaban varias voces.
—¡Mamá, Tomás me sacó el control!
—¡No fui yo!
—¡Dejen de pelear los dos!
—¡Esperen un segundo!
Mateo cerró los ojos con vergüenza.
—Ma... la mamá de Gio nos invitó a dormir acá.
Hubo unos segundos de silencio.
—Bueno... está bien.
Pero mañana quiero que vuelvas temprano.
¿Me escuchaste?
—Sí, ma.
—Y portate bien.
No hagas lío.
—Lo voy a intentar.
—¡No lo intentes! ¡Hacelo!
Mateo sonrió.
—Sí, ma.
—Bueno... divertite.
Y mandale un saludo a la mamá de Gio.
—Dale.
Cuando cortó la llamada, Gio y Lucas ya no pudieron aguantar más.
Los dos comenzaron a reírse en silencio.
Mateo los miró avergonzado.
—¿Ya terminaron?
Gio intentó responder.
Pero no podía dejar de reír.
Mateo agarró una almohada.
—¿Les causa gracia?
¡Pum!
La almohada golpeó a Gio en el pecho.
—¡Eh!
Gio tomó otra almohada y se la devolvió.
Lucas quiso mantenerse al margen...
Hasta que recibió un almohadazo en la espalda.
—¡Yo no hice nada!
—Ahora sí —respondió Mateo riéndose.
La mamá de Gio apareció unos minutos después con tres colchones.
—Ya les preparé las camas.
Mateo abrió grandes los ojos.
—¿Tres colchones?
Ella sonrió con ternura.
—Cuando Gio era chico siempre decía que algún día quería traer amigos de verdad a dormir en casa.
Gio se quedó completamente rojo.
—Mamá...
—¿Qué?
—No hacía falta contar eso.
Mateo y Lucas comenzaron a reír.
—¡El señor serio quería hacer pijamadas! —bromeó Mateo.
La mamá dejó una jarra con agua y tres vasos sobre la mesa de luz.
—Por si les da sed durante la noche.
Cuando salió de la habitación, Mateo habló en voz baja.
—Ahora entiendo por qué sos tan buena persona.
Tenés una mamá increíble.
Gio no respondió.
Solo sonrió.
De repente...
Una almohada volvió a volar.
Después otra.
Y otra más.
La puerta se abrió de golpe.
La mamá de Gio observó la habitación.
Había almohadas por el piso.
Los tres quedaron completamente quietos.
—¿Ya terminaron?
Mateo levantó lentamente la mano.
—Creo que sí...
Ella intentó mantenerse seria.
Pero terminó riéndose.
—Cinco minutos más... y a dormir.
—Sí, señora —respondieron los tres al mismo tiempo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, hubo unos segundos de silencio.
Mateo miró a Gio.
—¿Y ahora?
Gio tomó una almohada.
—Ahora sí.
¡Pum!
La guerra comenzó otra vez.
Las risas llenaron la habitación.
Un rato después, ya con las luces apagadas, los tres permanecían acostados mirando el techo.
—Che... —dijo Mateo.
—¿Qué? —preguntó Lucas.
—Gracias.
Los dos lo miraron.
—Hace mucho que no me divertía así.
Lucas sonrió.
—Yo también.
Gio asintió.
—Tenemos que repetirlo.
Los tres chocaron los puños.
Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad.
Dentro de aquella habitación, entre risas, bromas y almohadazos, tres amigos compartían una noche que jamás olvidarían.
Ninguno imaginaba que, con el paso de los años, recordarían ese momento como uno de los más felices de su juventud.