Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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13
Diego se irguió. Apretaba algo detrás de la espalda. —Quiero preguntarte algo. ¿Tú qué es lo que realmente quieres?
Valentina frunció el ceño. —¿A qué te refieres?
—¿Por qué te casaste con mi papá? —La pregunta dejó la habitación en silencio absoluto. Diego continuó antes de que Valentina pudiera responder—. ¿Por la casa? ¿Por el dinero de mi papá? ¿Por mi abuela? ¿O por qué? —Diego sacó una fotografía de detrás de la espalda. Una foto familiar antigua. Aparecían Sebastián. Su madre. Él y sus hermanos. Una foto tomada cuando todos todavía eran felices. Diego colocó la foto sobre la mesa. Justo frente a Valentina. Y la miró fijamente—. Entonces, ¿por qué?
Valentina se quedó callada. Por primera vez desde que había llegado a esa casa, el niño no estaba tendiendo una trampa. No estaba jugando. No estaba buscando la manera de ganar. De verdad quería saber. Porque en lo más profundo de su corazón, Diego en realidad tenía miedo. Miedo de que algún día olvidaran el rostro de su mamá. Miedo de que algún día sus hermanos quisieran más a Valentina. Miedo de que él mismo empezara a acostumbrarse a la presencia de esa mujer. Y era ese miedo lo que lo hacía seguir resistiéndose.
Valentina contempló la foto familiar durante un buen rato. Luego esbozó una leve sonrisa. No dirigida a Diego. Sino a la mujer que aparecía en la imagen. Después levantó la mirada. Fijó sus ojos en Diego. Y respondió con honestidad. —Yo tampoco lo sé.
Diego se quedó paralizado. —¿Cómo?
—De verdad no lo sé. —Esa respuesta no encajaba en ninguno de los escenarios que había preparado—. No me casé por esta casa, porque yo también tengo mi propia casa. No fue por dinero, porque trabajo y gano lo suficiente para vivir. No fue por tu papá, porque apenas nos habíamos visto unas pocas veces.
Diego estaba cada vez más confundido. —Entonces, ¿por qué?
Valentina sonrió apenas. —Porque estoy tratando de encontrar mi lugar. Y hasta el día de hoy... —miró la foto familiar una vez más— todavía no sé si ese lugar está en esta casa o no.
Diego no supo qué responder. Porque por primera vez veía algo que jamás se había imaginado. Esa mujer no había llegado como una conquistadora. No había llegado como una sustituta. No había llegado como una ganadora. Estaba tan perdida como ellos. Tan fuera de lugar. Tan esforzada por aguantar. Y por alguna razón, darse cuenta de eso hacía todavía más difícil seguir tratándola como enemiga. Lo que le daba rabia era que aún no estaba listo para dejar de pelear. Porque si se detenía ahora, el marcador cambiaría otra vez. Y Diego no podía permitir que Valentina se pusiera 3-0.
—Diego, hay una situación que no puedo explicarte, sobre por qué acepté casarme con tu papá —dijo Valentina.
—¿Qué situación? —preguntó Diego.
—Eres demasiado chico para entenderlo. Lo que sí puedo decirte es que no soy lo que te imaginas. —Valentina le acarició la cabeza con suavidad. Una caricia que de pronto le recordó a Diego a su madre.
¡Por favor, no! No quiero quererte. ¿Cómo voy a rendirme el primer día que llegas a esta casa?, gritó Diego por dentro.
La conversación con Diego le drenó a Valentina más energía de la que esperaba. El niño apenas tenía diez años. Pero su manera de pensar muchas veces parecía la de un adulto. No eran sus travesuras lo que agotaba. Era la carga que llevaba encima. Diego no estaba peleando contra Valentina. Estaba luchando por preservar el recuerdo de su madre. Y eso hacía muy difícil enojarse con él.
Pero antes de que pudiera digerir esa conversación, ya la esperaba otro problema. Porque Diego podía ser el líder del grupo. Pero sus cuatro hermanos tampoco eran rivales fáciles. Cada uno tenía su propio método para complicarle la vida a Valentina.
Mateo, el niño demasiado inteligente. Valentina descubrió el primer problema cuando intentó organizar el horario de estudio de los niños. Estaba sentada en la sala acomodando algunos libros escolares. De pronto apareció Mateo. Con un libro de matemáticas en la mano. —Valentina.
—¿Sí?
—No me sale este ejercicio.
Valentina sonrió. Como maestra, este era su territorio. —A ver, déjame ver.
Mateo le entregó el libro. Valentina empezó a explicar. Con detalle. Durante quince minutos. Cuando terminó, Mateo asintió. —Ah...
—¿Entendiste? —Mateo asintió. Bien. Valentina volvió a su trabajo.
Entonces Mateo dijo con toda naturalidad: —Aunque ese era un ejercicio de sexto año.
Valentina dejó de escribir. Se giró lentamente. Mateo estaba sonriendo con inocencia. Demasiada inocencia. —¿Lo hiciste a propósito?
—Tú eres maestra —Mateo se encogió de hombros—. Solo quería ver qué tan inteligente eras.
Valentina cerró los ojos un instante. Este niño. Este niño era claramente peligroso. No por travieso. Sino porque disfrutaba los juegos mentales. Y lo más preocupante: sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Si Mateo usaba el cerebro, Nico usaba el caos. Cerca del mediodía, Valentina oyó un estruendo proveniente del patio trasero. ¡PLAM! Seguido de un grito: —¡NICOLÁAAS!
Valentina salió corriendo. Y encontró un espectáculo que la hizo masajearse las sienes. Nico estaba parado encima de una silla de plástico. Sosteniendo una manguera. Mientras que todo el patio trasero se había convertido en un mar de lodo. Las plantas estaban destrozadas. Las macetas volcadas. Y una gallina corría despavorida de un lado a otro. —Dios mío.
Nico sonrió de oreja a oreja. —Hola, Valentina.
—¿Qué estás haciendo?
—Pescando.
Valentina miró el lodo. Luego la gallina. Luego la pileta. Luego de vuelta a Nico. —¿Pescando qué?
—Todavía no sé —respondió el niño con absoluta convicción.
Valentina miró al cielo. Buscando paciencia. Porque empezaba a estar convencida de que buena parte de las canas de los padres aparecían por culpa de niños como Nico. Pero decidió dejarlo explorar. Que gastara su energía, porque si se lo prohibía, buscaría otra forma de hacer desastres. Al menos solo había que sacrificar el patio trasero.
Si Mateo cansaba. Si Nico mareaba. Entonces Camila le dolía en el corazón. La niña estaba dibujando cuando Valentina se le acercó. —¡Qué bonito! ¿Qué dibujaste? —Camila no respondió. Valentina se sentó a su lado. Recién entonces vio el contenido del dibujo. Una mujer. Cinco niños. Y un hombre. Una familia.
—Me gusta mucho tu dibujo. —Camila retiró el papel de inmediato—. Esta es Mamá. Si Mamá estuviera aquí, ella dibujaría mucho mejor.
Valentina asintió. —Seguro que sí.
Camila siguió hablando. —Mamá también cocinaba más rico. Mamá también sabía cuál es mi color favorito. Mamá nunca compraba el champú equivocado. —Como Valentina solo asentía, Camila finalmente la miró. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas—. ¿Por qué se tuvo que ir Mamá? —La pregunta salió así, sin más. No iba dirigida a Valentina. No esperaba respuesta. Simplemente brotó del corazón de una niña que todavía extrañaba a su madre. Y por primera vez en todo el día, Valentina no supo qué decir. Porque no existía una respuesta capaz de reparar una pérdida tan grande.
Valentina abrazó a Camila. La niña le devolvió el abrazo. Y lloró en los brazos de su madrastra.
En medio de todo ese caos, solo hubo una niña que no causó problemas. Sofía. Y justamente ese era el problema. Porque la pequeña no parecía haberse enterado del pacto secreto de sus hermanos mayores.