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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 4

La candidata que noqueó al guardia

—Circule, le dije.

El guardia me clavó una mano en el hombro y empujó. No con fuerza excesiva, pero sí con ese desprecio particular de quien está acostumbrado a que nadie le devuelva el golpe, a que la gente como yo —con currículum arrugado y zapatos de segunda mano— se disculpe y desaparezca.

Seis meses de deudas. Tres entrevistas rechazadas por esta. Y este hombre me toca como si yo fuera basura que hay que barrer de la banqueta.

—No me vuelva a poner una mano encima —le advertí, con una voz que salió más firme de lo que sentía por dentro.

Se rió. Eso fue lo que lo perdió.

—¿O qué, señorita? ¿Me va a demandar? —Volvió a estirar el brazo, esta vez para sujetarme del codo y arrastrarme hacia la calle, con la misma displicencia con que se aparta a un mosco.

En cuanto sus dedos se cerraron sobre mi manga, mi cuerpo actuó antes que mi cabeza, con una velocidad que no reconocí como mía: giré el hombro, metí la cadera bajo la suya, tiré de su brazo hacia abajo con un movimiento seco y preciso, y lo mandé volando por encima de mí. Cayó de espaldas sobre la grava con un golpe seco que le sacó todo el aire de los pulmones, un "¡uf!" ahogado que resonó extrañamente fuerte en el silencio del jardín.

Silencio.

Me quedé de pie, respirando fuerte, con el currículum todavía apretado en la mano izquierda como si no hubiera pasado nada, igual que si mi propio cuerpo no acabara de hacer algo que mi cabeza no había ordenado.

¿De dónde salió eso?

No lo sabía. No sabía de dónde venían muchas de las cosas que mi cuerpo hacía sin pedirme permiso desde que desperté del coma: la forma en que mis manos a veces caían solas en posición de defensa cuando alguien se acercaba demasiado rápido, la manera en que mi respiración cambiaba, se volvía corta y vigilante, ante ciertos olores, ciertos tonos de voz masculina. Pero en ese momento, con el guardia gimiendo en el suelo y otros dos corriendo hacia mí desde la reja con las manos ya en el cinturón, no tuve tiempo de preguntármelo.

—¡Bruja loca! —gritó uno de ellos, un tipo joven con el uniforme mal fajado—. ¡Llamen a seguridad!

—Ya soy seguridad, idiota —jadeó el que estaba en el piso, sin poder levantarse todavía, con una mano en la espalda.

Retrocedí un paso, calculando —con esa parte fría de mi cabeza que también parecía tener vida propia— si podía correr hasta la parada del camión antes de que me alcanzaran, si valía la pena arriesgarme a que me detuvieran, si tres entrevistas rechazadas y un puesto perdido eran ya suficiente desastre para un solo día. Y entonces oí una risa. Clara, aguda, encantada, viniendo de algún lugar por encima de mi cabeza, un sonido tan fuera de lugar en medio de aquel caos que por un instante creí haberlo imaginado.

Levanté la vista.

En una ventana del segundo piso, con las dos manitas aplastadas contra el vidrio y la nariz pegada al cristal hasta aplanarla en un círculo blanco, había un niño de unos cinco años mirándome con los ojos abiertos como platos. No parecía asustado. Parecía absolutamente, deliciosamente fascinado, como si estuviera viendo la mejor función de circo de su vida.

—¡Ésa! —lo oí gritar, la voz amortiguada por el vidrio pero perfectamente audible en el silencio tenso del jardín—. ¡Luna, ven, ven, tienes que ver esto!

Una segunda cabecita, de trenzas despeinadas y un moño torcido, apareció junto a la primera, empujando al niño para hacerse un lugar.

—¿Qué? ¿Qué? Muévete, no veo nada.

—¡Tumbó a Braulio! ¡De un solo movimiento, así, zas!

—¿A Braulio el gordo? —La niña soltó una risotada que también se coló por el vidrio, cristalina, sin ningún filtro de niña bien educada—. ¡Se lo merecía, siempre nos pellizca cuando papá no ve! ¡Bien hecho, señora!

¿Estos niños se están riendo de que yo golpeé a un guardia? ¿En qué clase de casa he caído?

No tuve mucho más tiempo para procesarlo. Los otros dos guardias llegaron hasta mí, uno sujetándome de un brazo con una fuerza que me hizo trastabillar, el otro hablando ya por radio pidiendo que llamaran a la policía, su voz seca y profesional repitiendo una dirección. Forcejeé, más por instinto que por estrategia —si me esposan, si me llevan, ¿de qué me va a servir haber venido hasta acá, haber gastado el pasaje que no tenía de sobra?—, y en ese caos de gritos y empujones oí un portazo en algún lugar del jardín, y luego pasos pequeños y veloces corriendo por la grava hacia la reja, un tamborileo apresurado de tenis contra piedra.

—¡Suéltenla!

El niño de la ventana —porque era él, ahora en carne y hueso, con el cabello revuelto en todas direcciones y una playera con manchas de crayón que parecían recientes— venía corriendo por el camino de grava con la niña pisándole los talones, ambos gritando a todo pulmón, sin el menor asomo de miedo ante los adultos armados que los rodeaban.

—¡Es mía! —chilló él, plantándose justo frente a mí, con los brazos extendidos como si su pequeño cuerpo de cinco años pudiera de verdad detener a tres hombres adultos—. ¡La escogí yo! ¡Va a ser nuestra mamá! ¡No la toquen!

El guardia que me sujetaba se quedó tan desconcertado que aflojó el agarre lo suficiente como para que yo pudiera respirar de nuevo.

—Niño Leo, aléjese, esta mujer es peligrosa, acaba de…

—¡Tumbó a Braulio porque él la empezó a empujar primero! —lo interrumpió la niña, plantándose a mi otro lado, sujetándose de mi falda con una mano diminuta y feroz, igual que si llevara toda la vida agarrándose de esa misma tela—. ¡Yo lo vi todo desde la ventana! ¡Ella tiene razón, ustedes son los malos!

Estos dos niños me acaban de defender de tres adultos armados. Y ni siquiera me conocen. Ni siquiera saben mi nombre.

Sentí algo apretarse en el pecho, algo cálido y confuso que no supe nombrar, algo que no tenía derecho a sentir por dos desconocidos de cinco años. Miré hacia abajo, hacia la niña que se aferraba a mi falda con una determinación que no correspondía a su tamaño, con esos ojos oscuros clavados en mí como si me reconociera de algún lugar, y durante un instante absurdo pensé que ya la conocía. Que había sostenido esa mano antes, en algún momento perdido en el hueco negro de mi memoria.

Es imposible. Nunca los había visto en mi vida.

—Leo. Luna.

La voz vino desde la puerta principal, grave, cortante, tan afilada que bastó para que ambos niños se pusieran firmes como soldaditos, la travesura congelándose en sus caras de golpe. Un hombre alto, de traje oscuro impecable pese a la hora temprana, bajaba los escalones de la entrada con pasos largos y decididos, el rostro tan inexpresivo, tan tallado en piedra, que costaba imaginar que aquellos dos torbellinos de energía y desobediencia fueran suyos.

—¿Alguien va a explicarme —dijo, deteniéndose a un metro de nosotros, recorriéndome con una mirada fría que no perdía detalle, que subía y bajaba por mi ropa, mi cara, mis manos todavía temblando por la adrenalina— por qué hay una desconocida golpeando a mi personal de seguridad en la entrada de mi propiedad, un martes por la mañana, a plena vista de mis hijos?

Abrí la boca para responder, para explicarme, para decir algo que sonara razonable. Leo se me adelantó, con la voz llena de un orgullo que no admitía discusión.

—¡Papá, ella es la que quiero de mamá!

El silencio que siguió pareció durar una eternidad, uno de esos silencios densos que uno puede sentir físicamente sobre la piel.

—Circule —repitió el guardia que seguía en el suelo, ahora con voz temblorosa, sin atreverse a decir nada más, sin atreverse siquiera a mirar a su patrón.

Y ahí me quedé, entre dos niños que se negaban a soltarme y un hombre que me miraba como si estuviera decidiendo si llamar a la policía o a un manicomio, mientras el corazón me latía tan fuerte que temí que todos, hasta el guardia tirado en la grava, pudieran oírlo.

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Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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