Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.
Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.
Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:
"No mendigo amor."
Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.
Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.
Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.
En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.
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5. Fuera de sus cálculos
La puerta se cerró a espaldas de Alden.
—Esta también es mi habitación —declaró al fin. La voz, baja. Fría.
Belvina soltó una risa queda. No era una risa dulce. Más bien una burla delgada como un filo.
—Entonces deberías saber cómo se entra correctamente.
Las cejas de Alden se elevaron apenas. Intrigado. Se acercó. Un paso. Dos pasos. Se detuvo no muy lejos de ella.
—¿Desde cuándo eres así? —quiso saber.
El tono seguía plano. Pero esta vez había algo debajo. Algo que excavaba. Que ponía a prueba.
Belvina lo observó sin parpadear.
—Desde que me di cuenta —contestó con ligereza. Una respuesta que... no respondía nada.
Alden entrecerró los ojos.
—No me hagas perder el tiempo.
La presión empezó a sentirse. Sin embargo, Belvina no flaqueó. Al contrario: se puso de pie, cruzó ambos brazos sobre el pecho con toda naturalidad.
—¿Hacerte perder el tiempo? —repitió. Una carcajada breve. Cínica—. ¿No fuiste tú quien vino hasta aquí? —devolvió con calma—. ¿O me falla la memoria?
El aire entre los dos se tensó. Invisible, pero tangible.
Alden la contempló más tiempo. Más a fondo. Como si intentara desmontar algo oculto.
Pero lo que encontró fue lo mismo de antes. Calma. Superficie plana. Ilegible. Y eso... lo incomodaba todavía más.
Alden avanzó. Un paso. Luego otro.
La distancia entre ambos se esfumó demasiado rápido.
Belvina no retrocedió. Pero sus hombros se endurecieron, apenas. Lo suficiente para notarse.
Alden lo captó. Su mirada se estrechó un poco. No era sospecha. Era interés.
Levantó la mano. Despacio. Casi a punto de tocarla...
Belvina contuvo el aliento. Breve. Pero suficiente.
El gesto quedó suspendido en el aire.
Una sonrisa delgada asomó en la comisura de los labios de Alden.
—¿Miedo? —murmuró.
Belvina alzó el mentón.
—No te acerques tanto.
En lugar de retroceder, Alden cerró el tramo que restaba.
—¿No era esto lo que querías todo este tiempo?
La frase cayó despacio. Pero bastó para hacer vibrar algo dentro de Belvina.
Fragmentos de recuerdos pasaron en un destello. Breves. Incómodos.
Levantó el mentón un poco más.
—Esa era la otra —pronunció con serenidad—. No soy yo.
Por primera vez, Alden enmudeció por completo.
Las miradas chocaron a esa distancia mínima. Y esta vez no había suavidad. No había coqueteo. No había dependencia.
Solo dos personas que se medían. Se contenían. Se negaban a ceder terreno.
Poco a poco, Alden bajó la mano. Pero sus ojos no se apartaron.
—Interesante —masculló—. Si esto es un juego —continuó en voz baja—, empezaste demasiado tarde.
La voz, más grave que antes. Ya no puramente fría. Había algo distinto.
Belvina no contestó. Pero dentro de ella, acababa de comprender algo.
Así de cerca... era demasiado cerca. Y ella no estaba acostumbrada.
No porque sintiera atracción. Sino porque jamás había estado a esa distancia de un hombre sin poder esquivarlo.
Y lo detestaba.
Lo que más detestaba era que el hombre frente a ella se diera cuenta de todo.
Pero esta vez, Belvina ya no se limitó a resistir. Lo encaró de frente. Y la comisura de sus labios se curvó, apenas. No era una sonrisa dulce. Era más bien... comprensión.
—Ahora entiendo —pronunció en voz baja.
Alden no reaccionó enseguida. Sus cejas se fruncieron ligeramente.
—¿Qué entiendes?
Belvina inclinó la cabeza un poco. Su mirada descendió un instante y regresó a los ojos de él.
—Por qué nunca te interesé.
Las palabras sonaban ligeras. Pero su caída no lo fue.
La mandíbula de Alden se tensó de forma apenas perceptible.
Belvina prosiguió, la voz igual de serena.
—No fue porque yo no me esforcé lo suficiente.
Hizo una pausa breve.
—Sino porque tú simplemente no tienes la capacidad de corresponder.
El aire pareció endurecerse.
La expresión de Alden cambió. Ya no era solo frialdad. Algo había sido tocado. Más profundo.
Belvina avanzó un poco. Ahora la distancia entre ellos era casi nula.
Pero a diferencia del momento anterior, esta vez era ella quien tenía el control.
—Debí darme cuenta antes —continuó en voz baja—. Pedirle algo a alguien que no quiere dar...
La comisura de su boca se elevó apenas.
—...es inútil.
Alzó el mentón.
—Y yo... no voy a rebajar mi dignidad para mendigar amor.
Su mano se levantó. La punta de los dedos rozó con suavidad el pecho de Alden. Sin brusquedad. Pero lo bastante firme para dejar claro el punto.
—De un hombre...
se detuvo una fracción de segundo, clavando la mirada directamente en la de él,
—que no merece ser amado.
Silencio. Absoluto silencio.
La mirada de Alden se endureció. Más cortante que antes.
—Cuida tus palabras.
El tono descendió. Grave. Peligroso.
Pero Belvina no retrocedió. Ni un milímetro.
—¿Por qué? —replicó con calma.
—¿Porque al fin me detuve?
Su mirada recorrió el rostro de Alden sin un asomo de temor.
—¿No era eso lo que querías todo este tiempo?
Varios segundos sin que nadie hablara.
Por primera vez, no era Belvina la acorralada en esa conversación.
Alden se dio cuenta. Y eso lo perturbaba. Más de lo que debería.
Belvina desvió la vista primero. Pero no porque hubiera perdido. Sino porque... había terminado.
—Si no tienes nada importante que decir —soltó con voz neutra—, sal.
El tono no era alto. No era emocional. Precisamente por eso sonaba como una orden.
Alden no se movió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en ella. Evaluando. Recalculando. Revalorando.
La mujer frente a él tenía el mismo rostro. El mismo cuerpo. Pero era evidente que ya no era la misma persona.
Y por una razón que no le agradaba, eso lo... intrigaba.
—¿Que salga?
Repitió las palabras despacio. El tono, bajo. Denso. Peligroso. Su mirada descendió un poco, recorriéndola de arriba abajo.
No era admiración. Era más bien... una tasación.
—Se te olvida algo.
Se acercó otra vez. Lento. Calculado.
—Esta es mi casa.
Un paso más.
—Y tú...
Se detuvo. Justo frente a ella. La distancia se desvaneció de nuevo.
—Sigues siendo mi esposa.
La frase no fue fuerte. No fue alta. Pero contenía algo distinto: una reclamación.
Posesión.
Belvina se tensó levemente. Reflejo. Rápido.
Pero esta vez Alden no lo dejó pasar. Sus ojos atraparon cada pequeño cambio.
Y a diferencia del momento anterior, esta vez no se detuvo.
Su mano se alzó. Sin rudeza. Pero con firmeza. La punta de los dedos rozó el mentón de Belvina, levantándolo apenas. Obligando a que sus miradas se encontraran.
—Así que —susurró— no actúes como si pudieras echarme.
El tono era gélido. Pero había una capa debajo. Algo más oscuro. Más personal.
Belvina lo encaró sin desviar los ojos. El corazón le latía más rápido. Pero su mirada permanecía afilada.
—Si ese título es lo único que tienes —devolvió en voz baja—, entonces no hay mucho de qué presumir.
Los dedos de Alden seguían en su mentón. Quietos. Inmóviles. Pero la línea de su mandíbula se endureció.
Las palabras de Belvina no solo molestaban. Habían dado en el blanco.
Hondo.
Alden inclinó un poco la cabeza. Su rostro estaba más cerca ahora. Demasiado cerca.
—No pongas a prueba mi paciencia —articuló despacio.
No era una amenaza vacía. El tono bastaba para dejarlo claro.