Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 18: El eco del invierno
El primer aliento del invierno descendió sobre Kent con una sobriedad helada. Las mañanas amanecían cubiertas por una capa fina de escarcha blanca que hacía brillar los campos como si estuvieran salpicados de cristales molidos. Las hojas de las hayas y los robles, que semanas atrás vestían el paisaje de tonos cobrizos, reposaban ya en el suelo, dejando ver la arquitectura desnuda de las copas contra un cielo plomizo y diáfano.
En Blackwood Manor, el invierno no traía consigo el aislamiento tenebroso de otros tiempos. Por primera vez en la historia del palacio, el humo denso y constante subía no solo por las chimeneas de las estancias principales, sino también por las del ala sur, donde los espacios recién remodelados latían con una calidez cotidiana.
En la gran biblioteca, el crujido del fuego de encina acompañaba el rítmico rasgar de una pluma de ave sobre el papel. Lordian permanecía sentado tras el escritorio de caoba, con las mangas de la camisa de lino arremangadas y la frente serena. Frente a él, alineados con impecable orden, se encontraban los nuevos registros de la fundación educativa de Kent y los informes de distribución de reservas de grano para los meses de nieve.
A su lado, reclinada en un cómodo sillón de terciopelo verde junto al ventanal, Genevieve bordaba sobre un lienzo de lino los contornos de unas hojas de bambú. Lucía un vestido de lana gruesa en tono azul medianoche, cuyo cuello alto destacaba la tersura de su piel y la elegancia natural de sus facciones.
—Los almacenes del norte del distrito han completado el acopio de leña y víveres, Genevieve —comentó Lordian sin alzar la vista del documento, pero con una calidez inconfundible en la voz—. El señor Miller calcula que ningún hogar de los arrendatarios pasará estrecheces durante las heladas de enero.
Genevieve pausó la aguja en el aire y giró la cabeza hacia él, regalándole una sonrisa luminosa.
—La tierra siempre es generosa cuando se la trata con respeto, Lordian —respondió ella—. Tu abuelo guardaba el grano bajo llave esperando que los precios subieran en la capital. Tú lo compartes para que nadie sufra frío. ¿Ves la diferencia entre conservar riqueza y sembrar vida?
Lordian dejó la pluma a un lado y se puso de pie. Caminó despacio hacia el sillón de la joven, apoyando las manos en los brazos del mueble para inclinarse sobre ella.
—Veo que la filósofa de los bosques ha transformado a un duque de piedra en un hombre con corazón —murmuró él, buscando sus labios para depositar un beso pausado y profundo que hizo sonrojar levemente a la muchacha.
—Un hombre que todavía debe aprender a descansar —repuso ella suavemente, acariciándole la mandíbula con la yema de sus dedos—. Has pasado cuatro horas seguidas revisando esos registros. El viento allá afuera invita a caminar antes de que caiga la penumbra.
Lordian esbozó una sonrisa complaciente, tomando la mano de la joven para ayudarla a ponerse de pie.
—Tus deseos son decretos insustituibles en esta casa, señorita Genevieve.
Minutos después, envueltos en gruesos abrigos de paño oscuro, Lordian y Genevieve cruzaron los jardines posteriores de la propiedad. La escarcha crujía bajo sus botas con un sonido seco y limpio. El estanque principal lucía una capa fina de hielo en sus bordes, pero en la orilla opuesta, el espeso cañizal de bambú se erguía verde y flexible, desafiando el rigor de la estación.
—Mira el bambú —señaló Genevieve, deteniéndose junto a la orilla y dejando que su aliento formara una pequeña nube de vapor en el aire frío—. Las hayas y los robles han soltado su vestidura para resistir el peso de la nieve. Pero el bambú permanece verde, doblándose bajo el hielo sin perder su esencia.
Lordian la rodeó con el brazo por los hombros, atrayéndola contra su costado para protegerla de la brisa helada.
—Antes pensaba que la dignidad consistía en ser como la piedra de las murallas: inamovible, insensible, fría —confesó el duque en voz baja, contemplando el reflejo del cielo gris en el agua cristalina—. Si una ráfaga soplaba fuerte, mi única respuesta era apretar más los dientes y cerrar los salones. Ahora entiendo que doblarse no es ceder; es saber conservar la raíz mientras la tormenta pasa.
—Aprendiste rápido, mi lord —bromeó ella con ternura, apoyando la mejilla en su pecho cubierto por el paño del abrigo.
En ese instante, el sonido rítmico de los cascos de un caballo al galope interrumpió la paz del estanque. Al girar la cabeza hacia el sendero principal, vieron a Thomas, el fiel carrocero y mensajero de la casa, aproximándose a toda prisa con un sobre cerrado en la mano.
Thomas desmontó con agilidad y se inclinó ante la pareja.
—Disculpe la interrupción, su gracia, señorita Genevieve —dijo el hombre, entregando el pliego de papel—. Un mensajero expreso de la cancillería de la capital acaba de entregar esto en los portones. Indicó que requiere su atención inmediata.
Lordian aceptó el documento y rompió el sello de cera roja con el emblema de la corona. Mientras desplegaba el papel, Genevieve observó de cerca la expresión de su rostro, buscando cualquier atisbo de la antigua tensión. Sin embargo, los ojos oscuros del duque solo reflejaron una calma serena e impenetrable.
—¿Noticias de la corte? —preguntó ella.
—Una invitación oficial del propio consejo de la corona —explicó Lordian, guardando la carta en su bolsillo—. Desean formalizar la inclusión del modelo de desarrollo agrícola de Kent dentro de la nueva ley de administración provincial que se debatirá en el parlamento durante la primavera. Quieren que encabece la comisión de reforma.
Genevieve pestañeó, sorprendida por el giro de los acontecimientos.
—¿Los mismos lores que deseaban invalidar tus decretos hace apenas unos meses?
—Los mismos —asintió Lordian con una mueca de suave ironía—. Cuando la verdad demuestra su eficacia en los hechos, a la política solo le queda sumarse a ella o quedar obsoleta. Pero esta vez, las reuniones se celebrarán aquí, en Kent. No pienso volver a encerrarme en los salones de Mayfair.
Genevieve lo miró con los ojos brillantes de orgullo. Tomó su rostro entre sus manos enguantadas y se alzó sobre las puntas de sus pies para besarlo en los labios con una devoción sin reservas.
—Has convertido tu libertad en un refugio para muchos, Lordian.
Al regresar a la mansión, la noche invernal terminó de posarse sobre la campiña. El señor Harrison los aguardaba en el vestíbulo con té caliente y un candelabro encendido para guiar sus pasos.
En los aposentos principales, la chimenea ardía con fuerza, proyectando destellos dorados y Sombras danzantes sobre el lecho de madera tallada y las cortinas de terciopelo.
Lordian ayudó a Genevieve a retirarse el abrigo y la pañoleta, dejando al descubierto la soltura de sus hombros y la calidez de su figura. Sin la presión de las miradas ajenas ni el peso de las exigencias del pasado, la estancia se transformó en un santuario privado de complicidad y pasión.
El duque la guió despacio hacia la alfombra frente al fogón, desabrochando con dedos hábiles los botones de su vestido hasta dejar que la tela cayera suavemente sobre sus caderas. Genevieve desabrochó a su vez la camisa de Lordian, sintiendo bajo sus palmas el latido firme, pausado y apasionado del hombre que había elegido desafiar al mundo por ella.
Se unieron bajo la luz tenue de las brasas, en un abrazo profundo, íntimo y eterno donde los títulos, las leyes y los protocolos desaparecieron por completo. En mitad del invierno de Kent, el calor de su amor quemaba con la fuerza de un verano invencible, sellando para siempre el pacto de dos almas que habían aprendido a volar juntas en la misma dirección del viento.