Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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A 100 DIAS
Luna
La boutique de Vera Wang en Milán olía a peonías frescas, a perfume caro y a mentira.
Una mentira tan perfecta que cualquiera habría querido creerla.
Las flores blancas y rosadas estaban repartidas por todo el salón. Los enormes espejos reflejaban cada rincón de aquella boutique, haciendo que pareciera todavía más grande. Había vestidos cubiertos con fundas de seda, maniquíes vestidos de novia y pequeñas mesas donde descansaban copas de champán que nadie parecía tener prisa por beber.
Todo era elegante.
Todo era hermoso.
Todo era exactamente como una novia debería imaginar su día perfecto.
Excepto que yo no quería casarme.
Y eso hacía que cada detalle de aquel lugar me pareciera una burla.
Estaba de pie sobre un pedestal de terciopelo blanco, mirando mi reflejo en un espejo de tres cuerpos.
El vestido era precioso.
Demasiado precioso.
Corte sirena.
Encaje francés bordado a mano.
Una espalda descubierta.
Una larga cola que caía detrás de mí como una cascada de tela.
Era el tipo de vestido que la Luna de hacía dos años habría visto y habría comenzado a gritar de emoción.
La Luna de hacía dos años habría abrazado a su madre.
Habría llamado a Cami y a Mia.
Habría pasado horas girando frente al espejo.
La Luna de hacía dos años habría imaginado a su futuro esposo esperándola al final de un altar.
Pero esa Luna ya no existía.
La mujer que ahora estaba frente al espejo apenas podía respirar dentro de aquel corsé.
Mis dedos se cerraron alrededor de la tela.
Respiré profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No funcionó.
—¡LUNA!
La voz de Cami me hizo cerrar los ojos.
Cuando los abrí, vi a mi mejor amiga desde el jardín de infantes llevándose ambas manos a la boca. Tenía lágrimas reales en los ojos.
—Te ves... Dios, te ves como una princesa.
Sonrió emocionada.
—Thiago se va a morir cuando te vea.
No pude evitar pensar que quizá ese era precisamente el problema.
Que todos estaban esperando que Thiago se enamorara todavía más de mí.
Y nadie estaba preguntándose si yo quería verlo.
Mia, a mi lado, ya tenía el celular en la mano.
—Es ese —dijo, grabando—. Es ESE. Di que es ese, por favor. Necesito llorar a gusto.
—Mia...
—¡No! No me arruines este momento.
Cami se secó una lágrima.
—Luna, estás preciosa.
Forcé una sonrisa.
—Gracias.
Mi voz salió demasiado baja.
Mi madre estaba detrás de mí.
Allegra Bianchi.
La mujer que había pasado toda mi vida diciéndome que yo podía conseguir cualquier cosa que quisiera.
La misma mujer que ahora estaba ayudándome a prepararme para una boda que yo nunca había elegido.
Se acercó lentamente.
—¿Qué opinas, amore?
Me miró a través del espejo.
Tenía los ojos brillosos.
Allegra casi nunca lloraba. Era una mujer fuerte, elegante, acostumbrada a controlar cada situación. Pero aquel día parecía emocionada.
Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con esa delicadeza que solamente una madre podía tener.
—Estás idéntica a mí cuando me casé con tu padre.
Sonrió.
—Hermosa.
Hizo una pequeña pausa.
—Tan enamorada.
La palabra cayó sobre mí como un cubo de hielo.
Enamorada.
Tragué saliva.
Miré mi reflejo.
La novia perfecta.
El vestido perfecto.
La familia perfecta.
La historia de amor perfecta.
Solo faltaba algo.
El amor.
Si supieras, mamá.
Si supieras que cada vez que alguien dice que estoy enamorada siento que me falta el aire.
Si supieras que cada noche cuento los días que faltan para mi boda como quien cuenta los días que faltan para salir de una prisión.
Si supieras que el hombre que todos llaman mi prometido fue alguna vez mi mejor amigo.
Y que eso es precisamente lo que más extraño.
Porque antes de Thiago Del Monte, mi mejor amigo era Thiago.
Y ahora ni siquiera sé quién es.
A mi lado, impecable como siempre, estaba Valentina Del Monte.
Mi futura suegra.
Llevaba un traje Chanel color crema y un collar de perlas que probablemente costaba más que el departamento de Cami.
Valentina tenía una sonrisa tranquila.
Satisfecha.
Como si hubiera esperado toda su vida para verme allí.
Se acercó y tomó mis dos manos.
—Cara mia...
Su voz era suave.
—Por fin.
La miré.
—Te lo dije desde que tenías doce años y corrías descalza por mi jardín detrás de Thiago.
Sonrió.
—Tú vas a ser una Del Monte. Mi nuera. Yo lo sabía.
Apreté los labios.
—Yo también estoy muy feliz, Valentina.
La mentira salió con una facilidad que me asustó.
Mentira.
Mentira.
Mentira.
Llevaba cien días perfeccionando aquella sonrisa.
Cien días fingiendo.
Cien días despertando y recordando que estaba comprometida.
Cien días escuchando hablar de la boda.
Cien días escuchando a todos decirme lo afortunada que era.
Cien días imaginando cómo sería el momento en que caminara hacia el altar.
Y cien días preguntándome cómo demonios iba a escapar antes de llegar hasta allí.
Porque todo había comenzado con una frase.
Una frase que todavía podía escuchar en mi cabeza.
«Te vas a casar conmigo, Luna.»
Lo había mirado y me había reído.
—¿Qué? No digas estupideces, Thiago.
Él no se rio.
No apartó la mirada.
No hizo ninguna de sus bromas habituales.
—No es una pregunta.
Mi sonrisa había desaparecido.
Había visto algo en sus ojos.
Algo que nunca había visto antes.
Obsesión.
Determinación.
Amor.
Pero no un amor bonito.
No el amor que aparecía en las películas.
Era un amor retorcido.
Posesivo.
Desesperado.
Un amor que parecía decirme que, aunque yo no quisiera, él iba a encontrar la manera de tenerme.
—Te amo desde que tengo memoria, Luna.
Había hablado con una calma aterradora.
—Y tú me dejaste ser tu mejor amigo mientras te enamorabas de idiotas que no te merecían.
Yo había negado con la cabeza.
—Thiago...
—Ya me cansé de esperar.
—No puedes hacer esto.
—Si no es por las buenas...
Se había detenido.
Y yo había entendido perfectamente lo que quería decir.
No hubo contrato.
No hubo una empresa en peligro.
No había dinero de por medio.
No existía una deuda que pagar.
No había ninguna razón lógica.
Fue peor.
Fue él.
Fue su obsesión.
Fue nuestra historia.
Fue el niño que conocí debajo de una mesa cuando teníamos cinco años.
Fue el mejor amigo al que confié todos mis secretos.
Fue el hombre que había decidido que todos esos años de amistad le daban derecho a reclamar algo que nunca le prometí.
Y finalmente había pronunciado aquellas palabras:
«Ódiame si quieres. Pero vas a odiarme siendo mi esposa.»
Y yo lo odiaba.
Dios, cómo lo odiaba.
—¿Luna?
Parpadeé.
La voz de mi madre me devolvió al presente.
—¿Luna, estás bien? Estás pálida.
Allegra levantó una mano y me tocó la frente.
—Sí —mentí rápidamente—. Estoy bien.
—¿Segura?
—Sí.
Sonreí.
—Es el calor.
—¿El calor? —preguntó Mia—. Estamos en una boutique con aire acondicionado.
La miré.
—Los nervios.
Cami soltó un grito.
—¡Ay! ¡Son los nervios de novia!
Mia comenzó a reír.
—¡A cien días!
Cami levantó ambas manos.
—¡Cien días para ser la señora Del Monte!
Sentí un nudo en el estómago.
Cien.
Habían comenzado a contar los días desde que se anunció la fecha.
Diciembre cinco.
La fecha que aparecía en mi calendario.
La fecha que estaba marcada en rojo.
La fecha que todos esperaban con emoción.
La fecha que yo odiaba.
—¿Ya pensaste qué vas a decir en los votos? —preguntó Cami.
—No.
—¡Tienes que pensarlo!
—Todavía faltan cien días.
—Precisamente por eso.
Mia sonrió.
—Yo tengo una idea.
—No quiero escucharla.
—Vas a contar la historia de cuando tenían ocho años.
Cami soltó una carcajada.
—¡Cuando Thiago la empujó a la piscina con el vestido de Primera Comunión!
—¡No me empujó! —protesté.
—Sí te empujó.
—Me tropecé.
—Thiago te empujó.
—Fue un accidente.
—Luna, él llevaba semanas esperando el momento.
Las cuatro comenzaron a reír.
Incluso Valentina.
—Oh, sí —dijo ella—. Recuerdo perfectamente ese día.
Se llevó una mano al pecho.
—Thiago siempre encontraba una excusa para llamar tu atención.
La sonrisa de Valentina se hizo más grande.
—Estaba enamorado de ti desde entonces.
Mi estómago volvió a revolverse.
—¿Verdad que siempre estuvo enamorado de ti, Luna?
Miré a Valentina.
—Sí.
La palabra salió casi en un susurro.
—Siempre.
Y esa era la parte más cruel.
Porque era verdad.
Thiago me amaba.
No era una mentira.
No era una actuación.
No era una estrategia.
Me amaba de verdad.
Me amaba con una intensidad que a veces me daba miedo.
Me llevaba el desayuno a la cama aunque yo no quisiera hablar con él.
Me mandaba flores todos los días.
A veces venían con pequeñas notas.
Nunca las leía.
Las tiraba.
Él seguía enviándolas.
Me había comprado aquel vestido sin preguntarme.
Ya lo había pagado antes de que yo siquiera lo viera.
Había reservado restaurantes.
Había elegido lugares.
Había hablado con organizadores.
Había planeado una boda completa alrededor de una mujer que todavía estaba buscando una manera de escapar.
Y yo lo odiaba por eso.
Lo odiaba porque había destruido años de amistad por algo que él llamaba amor.
Lo odiaba porque cada vez que lo veía, una parte de mí buscaba al mejor amigo que había perdido.
Pero frente a mí solo encontraba a un hombre que quería encerrarme en una jaula de diamantes.
—¿Sabes qué? —dije de repente.
Mi voz sonó demasiado aguda.
Todas me miraron.
—Este no es.
Mia abrió los ojos.
—¿Qué?
—Este vestido.
—¡Pero si es perfecto!
—No me gusta.
—Luna...
—Quiero probarme otro.
Bajé del pedestal con rapidez.
Casi tropecé con la cola.
Cami me sostuvo del brazo.
—Despacio.
—Estoy bien.
Me solté.
—Quiero otro.
Una de las asesoras se acercó.
—Por supuesto, señorita Bianchi. Podemos mostrarle algunos modelos.
—Quiero uno cerrado.
Las conversaciones se detuvieron.
—¿Cerrado? —preguntó mi madre.
—Hasta el cuello.
Miré hacia los vestidos.
—Y con mangas largas.
Allegra frunció el ceño.
—Luna, amore, pero...
—Quiero uno cerrado.
Mi voz se quebró.
No de tristeza.
De rabia.
Miré directamente a Valentina.
—No quiero que nadie me vea.
Ella parpadeó.
—¿Cómo dices?
—Quiero que el vestido cubra todo.
Tragué saliva.
—Solo mi esposo debería verme así.
Hubo un silencio.
Miré a Valentina fijamente.
—¿No es así como les gustan las esposas a los Del Monte?
Durante un segundo, Valentina se quedó completamente quieta.
Pensé que finalmente había entendido.
Pensé que había visto el mensaje escondido detrás de mis palabras.
Pero no.
Su expresión se suavizó.
Sonrió.
—Exacto.
Me tomó una mano.
—Recatada. Elegante. Como una verdadera esposa Del Monte.
Me acarició los dedos.
—Esa es mi niña.
Sentí ganas de gritar.
En lugar de eso, sonreí.
—Claro.
Me di la vuelta y caminé hacia el probador.
Una vez dentro, cerré la cortina de golpe.
Me quedé quieta.
Escuché las voces de las demás del otro lado.
Seguían hablando.
Seguían riendo.
Seguían imaginando mi boda.
Yo bajé lentamente hasta quedar sentada en el suelo.
El vestido de miles de euros se arrugó debajo de mí.
No me importó.
Me apoyé contra la pared y cerré los ojos.
Respiré profundamente.
Saqué el celular.
Tenía un mensaje.
Cinco minutos atrás.
THIAGO:
Valentina me dijo que estás hermosa.
Otro.
THIAGO:
Mándame una foto. Quiero verte.
Otro.
THIAGO:
¿Te gustó el vestido que te compré?
Y uno más.
THIAGO:
Te amo.
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí el corazón latiendo demasiado rápido.
Mis dedos temblaban.
Por un momento pensé en no responder.
Pero después escribí.
LUNA:
Te odio.
Me quedé mirando el mensaje.
Escribí otra línea.
LUNA:
Faltan 100 días para ser tu infierno.
Lo envié.
Apagué la pantalla.
Esperé.
No pasaron ni treinta segundos antes de que aparecieran los tres puntos.
Thiago estaba escribiendo.
Me imaginé su sonrisa.
Y eso me enfureció todavía más.
En otra parte de Milán, a pocas calles de aquella boutique, Thiago Del Monte estaba sentado en su oficina.
Había dejado una reunión a medias.
Tenía documentos frente a él.
Un teléfono sobre el escritorio.
Y mi mensaje en la pantalla.
Te odio.
Faltan 100 días para ser tu infierno.
Lo leyó dos veces.
Después sonrió.
No porque ignorara mi odio.
Lo conocía.
Lo veía todos los días.
Lo sentía en cada mirada.
Lo escuchaba en cada palabra.
Pero había algo que para él importaba más.
Yo le había respondido.
No había ignorado su mensaje.
No había bloqueado su número.
No había dejado de hablarle.
Seguía existiendo un hilo entre nosotros.
Y él pensaba aferrarse a él.
Tomó el teléfono y escribió:
THIAGO:
Entonces tendré que aprender a sobrevivir a mi infierno, Cerecita.
Se quedó mirando la pantalla.
Después añadió:
THIAGO:
Pero no vas a librarte de mí tan fácilmente.
Y finalmente:
THIAGO:
Te amo.
Envió el mensaje.
Dejó el teléfono sobre el escritorio y se reclinó en su silla.
Cien días.
Solo cien días.
Él veía una cuenta regresiva hacia el día en que Luna sería oficialmente su esposa.
Yo veía una cuenta regresiva hacia el día que más miedo me daba.
La misma fecha.
Dos personas.
Dos maneras completamente diferentes de verla.
Y mientras yo permanecía sentada en el suelo de aquella lujosa boutique, con un vestido de novia que no había elegido, entendí algo.
Los cien días no eran solamente tiempo.
Eran mi oportunidad.
Porque si Thiago estaba contando los días para hacerme su esposa...
yo iba a contar los días para encontrar la manera de recuperar mi libertad.
Y esta vez no pensaba dejar que nadie decidiera por mí.