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La Sombra De Un Matrimonio

La Sombra De Un Matrimonio

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:6.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Quince años de matrimonio convirtieron la vida de Elena en una prisión sostenida por el desprecio de su propia familia y los abusos de Héctor, su esposo. Con treinta y tres años, soporta la violencia únicamente por Julián, su hijo de doce años, el único motivo que la mantiene en pie. Pero cuando la carga se vuelve insoportable y el deseo de huir es su única salida, el destino cruza en su camino a Gabriel, un hombre atento que descubre las sombras detrás de su sonrisa. Decidido a liberarla, Gabriel le ofrecerá una salida, mientras Elena aprende que salvarse a sí misma también es salvar a su hijo.

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 8

La lluvia caía en torrentes sobre el asfalto, convirtiendo las aceras en espejos de agua gris. Elena caminaba a pasos cortos al salir de Gráficas del Sur, apretando el abrigo gastado contra su pecho.

Las fuerzas le fallaban. Llevaba semanas durmiendo apenas tres horas por noche, dividida entre las jornadas en la imprenta, el terror constante en casa y el dolor punzante en las costillas que no la dejaba respirar con normalidad.

​Dio apenas diez pasos hacia la parada del autobús cuando el mundo comenzó a girar a su alrededor. El ruido del tráfico se volvió un zumbido lejano y amortiguado. Sintió un frío helado recorrerle la nuca, las piernas se le doblaron como si fueran de papel y la visión se le cubrió de un manto negro.

El bolso se le resbaló de la mano y su cuerpo cayó pesadamente sobre el piso húmedo.

​A unos metros, Gabriel acababa de aparcar su camioneta frente al taller. Al ver la figura de Elena desplomarse bajo el agua, abrió la portezuela de golpe y corrió hacia ella sin importar la tormenta que le empapaba la ropa en segundos.

​—¡Elena! —gritó, arrodillándose a su lado en la acera.

​La tomó suavemente por los hombros. Elena tenía el rostro pálido como el mármol, los labios secos y la piel helada. No respondía. Gabriel no lo pensó dos veces: la levantó con cuidado entre sus brazos, asombrado por lo liviana que era, como si apenas se alimentara, y la llevó a toda prisa hasta el asiento del copiloto de su vehículo.

Acomodó su cabeza con delicadeza, encendió la calefacción al máximo y condujo hacia su departamento, un edificio privado a diez minutos de allí donde sabía que nadie la buscaría ni la acosaría.

​El trayecto fue un borrón de luces rojas y limpiaparabrisas a toda velocidad. Al llegar al estacionamiento subterráneo, la volvió a cargar en brazos y subió por el elevador hasta su departamento.

​El departamento era amplio, cálido y silencioso. Gabriel colocó a Elena con infinito cuidado sobre el sofá de cuero de la sala. Corrió a la cocina, sirvió un vaso con agua y regresó con una manta gruesa y seca. Elena comenzó a gemir despacio, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras recuperaba el conocimiento.

​—Tranquila... está segura —dijo Gabriel con voz pausada, hincándose a un lado del sofá para quedar a su altura—. Soy Gabriel. Se desmayó en la calle por la lluvia.

​Elena abrió los ojos lentamente. La vista se le enfocó en el techo alto, en las paredes de tono neutro y finalmente en el rostro preocupado del hombre frente a ella. El pánico instintivo la sacudió de inmediato.

​—¿Dónde... dónde estoy? —alcanzó a decir, intentando incorporarse con brusquedad.

​Un latigazo de dolor agudo en el costado izquierdo le sacó un grito ahogado. Se llevó las manos a las costillas, encogiéndose de lado, jadear con dificultad.

​—No se mueva, por favor —le pidió Gabriel, manteniendo las manos a una distancia prudente para no asustarla—. Está en mi casa. Está mojada por la lluvia y necesita quitarse ese abrigo húmedo o se va a enfermar. Déjeme ayudarla.

​—No, yo... tengo que irme, Héctor me va a matar si no llego... —balbuceó Elena, desorientada por la fiebre y el dolor.

​Gabriel tomó los botones del abrigo de Elena con extrema delicadeza.

​—Solo el abrigo, Elena. Por favor.

​Desabrochó los botones de madera uno a uno. Elena, demasiado débil para oponer resistencia, dejó caer los brazos a los lados. Gabriel tomó las mangas del abrigo y lo deslizó suavemente hacia atrás por sus hombros.

​Lo que vio al quedar al descubierto la blusa fina de algodón hizo que a Gabriel se le congelara la sangre en las venas.

​La tela blanca, entreabierta por el movimiento, dejaba ver un mapa horroroso pintado sobre la piel de Elena. En la clavícula y el cuello descansaban sombras amarillentas y verdosas, vestigios de golpes de hacía semanas. Pero en la zona del hombro y bajando hacia las costillas, la piel mostraba marcas recientes:

hematomas morados, casi negros, acompañados de abrasiones rojas y la forma clara de tres dedos marcados a fuego sobre la carne.

​Gabriel se quedó petrificado, sosteniendo el abrigo mojado en la mano. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que los músculos del rostro se le tensaron. Un temblor de ira y rabia pura le recorrió los nudillos, pero al mirar el rostro de Elena, transformó de inmediato esa furia en una mirada de compasión infinita.

​Elena notó la fijeza de su mirada y el silencio absoluto en la habitación. Bajó los ojos hacia su propio pecho, dándose cuenta de que sus marcas, su mayor secreto y su vergüenza, estaban completamente al descubierto.

​Un escalofrío abrasador la recorrió de pies a cabeza. Ya no había espacio para las excusas, ni para las caídas torpes, ni para las mentiras sobre estantes caídos.

​—Elena... —susurró Gabriel, y por primera vez la voz de aquel hombre firme tembló—. ¿Quién le hizo esto?

​El dique de contención que Elena había construido durante quince años, alimentado por la culpa, la soledad y las palabras hirientes de su propia madre, se rompió en mil pedazos en ese mismo instante.

​Se cubrió el rostro con las manos y soltó un llanto desgarrador, un sollozo profundo y antiguo que le salía desde el fondo de las entrañas. Los hombros le sacudían violentamente mientras las lágrimas le empapaban los dedos y la barbilla.

​—Él... él fue —logró articular entre el llanto, con la voz rota por el dolor de sus heridas y de su alma—. Quince años... Gabriel... quince años soportando esto todos los días de mi vida.

​Gabriel no dijo nada. No la juzgó, no la interrumpió, ni le pidió que se calmara. Simplemente se sentó en la orilla del sillón, le envolvió los hombros con la manta seca por encima del dolor y le tomó las manos con una firmeza cálida, ofreciéndole el único ancla de realidad que ella tenía en ese momento.

​—Me dice que soy una inútil... mi mamá me dice que es mi culpa por no saber tener la casa en paz —continuaba Elena, vaciando el veneno acumulado en su pecho, mirando a Gabriel a través del velo de sus lágrimas

—. Rompió las cosas de mi hijo... anoche destruyó su proyecto de la escuela y cuando quise defenderlo me tiró al piso... me pateó en el suelo, Gabriel. Ya no puedo más. Se me acabaron las fuerzas.

​—Usted no es inútil, Elena. Y nada de esto es su culpa —dijo Gabriel, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad que a ella le devolvió un soplo de aire—. Escúcheme bien: ningún hombre tiene el derecho de ponerle una mano encima. Lo que él hace es un delito, es una monstruosidad.

​—Tengo miedo por Julián —susurró ella, secándose las lágrimas con el borde de la manta, temblando—. Si me voy sin nada, Héctor me lo va a quitar. Su familia tiene dinero y relaciones, la mía me dio la espalda... no tengo a nadie.

​Gabriel apretó suavemente sus manos, mirándola con una promesa implícita que cambiaría el destino de ambos para siempre.

​—Ahora me tiene a mí —sentenció Gabriel con absoluta serenidad y firmeza—. No está sola, Elena. Le juro por mi vida que ese tipo no le va a volver a tocar un solo cabello, ni a usted ni a su hijo. Vamos a sacarla de ese infierno.

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Carolina A²V
claro que di queremos eres el hombre de su vida el que llegó en el momento justo para que ella entendiera que es una mujer valiosa y fuerte capaz de amar y ser amada🥹
Carolina A²V
siiiiiiiiiii 🥳🥳🎉🎉🎉
Carolina A²V
🫢😁🤔🥹 será posible❓️
Carolina A²V
porque a Gabriel sus padres lo enseñaron que la mujer es para amarla, respetarla y no tocarla ni con el pétalo de una flor
Carolina A²V
que lastima que Alicia cometiera el mismo error de 2 maneras distintas
Carolina A²V
que bueno que recapacitaste Alicia 😊 eso es lo que necesita Elena que este con ella la ames y la comprendas 😊😊
Carolina A²V
señora para Elena ese puede ser un truco montado para una trampa ya que es lo que usa su hija Lorena para tratar de embaucarla así que sino le cree no le extrañé
Carolina A²V
que hija tan preocupada por su madre mientras a la que desprecias lo diera todo por poder estar ahí cuidandote
Carolina A²V
y donde estará tu flamante hija Lorena❓️🤔
Carolina A²V
para que sigas preocupada por el que dirán cómo si eso te trajera tranquilidad hay estás internada y una cama de hospital estúpidamente
Fernanda
se nos casa ...que lindo 💯💯💯💯
Fernanda
Elena ahora a ser feliz
Fernanda
Elena súper bien que la perdone
Lobelia
💯💯💯💯💯👍
Betty Saavedra Alvarado
Lobelia felicidades un capítulo familiar lleno de emociones y sentimientos Gabriel le pidió matrimonio a Elena ella acepto todavía no termina el juicio Héctor y Lorena no les harán daño ellos ojalá vayan a la cárcel
Betty Saavedra Alvarado
Alicia estás recibiendo lo que cosechaste Elena te perdono pero no te quiere en su vida Lorena te abandono no te quiere
Carolina A²V: así es tu esta vida todo se paga en el momento justo
total 1 replies
Fernanda
😡😡😡😡😡
Fernanda
este hombre que le pasa 😡
Betty Saavedra Alvarado
Héctor está loco y obsesionado contigo Elena hay que cuidarse de él puede hacerte daño
Betty Saavedra Alvarado
Todo esto es por la mala de Lorena ella investigo todo Héctor debe ir a la cárcel incumplió la ley eso está buscando está lleno de odio y resentimiento
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