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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: LA NOCHE QUE DEJARON DE BURLARSE

Fátima la encontró sola en el patio, dos días después de la visita de Gabriel, en el único momento del día en que los guardias solían relajar la vigilancia: el cambio de turno de las seis de la tarde.

—¿Todavía sigues aquí soñando con volver a ser alguien, princesita? —La voz de Fátima llegó desde atrás, acompañada del sonido de al menos dos pares de pisadas más, las de las mujeres que la acompañaban en cada una de sus rondas de intimidación desde el primer día que Camila había pisado Altavista—. Deberías aceptar de una vez que estás aquí eres igual a las demás.

Camila no se giró de inmediato. Contó, mentalmente, hasta tres —una técnica que Trinidad le había enseñado meses atrás, no para calmar la rabia, sino para pensar con claridad a pesar de ella— y solo entonces volteó a mirar a las tres mujeres que la rodeaban.

—Nunca dije que fuera distinta a ustedes, Fátima.

—No hace falta que lo digas. Se te nota en cómo caminas. En cómo hablas con esa amiga tuya, la Doctora, como si estuvieran planeando algo importante. —Fátima se acercó un paso más, con esa sonrisa cargada de desprecio que Camila había aprendido a ignorar durante casi dos años—. ¿Qué están tramando ustedes dos, eh? ¿Van a comprarse la libertad con sus cuentas bancarias secretas?

Camila sintió que algo se tensaba en su interior, no por miedo, sino por una certeza fría y repentina: Fátima había estado observando más de cerca de lo que Camila había supuesto. Y en un lugar como Altavista, donde cualquier información podía convertirse en moneda de cambio, eso representaba un riesgo que ya no podía permitirse ignorar.

—No estamos tramando nada que te incumba.

—Todo lo que pasa en este patio me incumbe. —Fátima dio otro paso, y sus dos acompañantes se movieron ligeramente para cerrar el círculo alrededor de Camila—. Aquí las cosas funcionan distinto a como funcionaban en tu mansión, princesita. Aquí, si alguien tiene información que vale algo, esa información se comparte. O se paga.

—¿Me estás extorsionando?

—Le llamo cuota de convivencia. —Fátima sonrió ampliamente, disfrutando visiblemente del momento—. Vas a empezar a compartir con nosotras lo que sea que estás recibiendo de tus visitas. Dinero, favores, información. Y a cambio, nadie va a tener ningún problema contigo.

Camila permaneció completamente inmóvil durante un segundo que se extendió, para las cuatro mujeres presentes, mucho más allá de su duración real. Y en ese segundo, algo cambió en su rostro que ninguna de las tres esperaba ver.

No miedo. Tampoco la resignación cansada que habían visto en tantas otras internas nuevas a lo largo de los años. Lo que vieron fue algo mucho más inquietante: una calma absoluta, casi clínica, la misma calma con la que un depredador evalúa a su presa antes de decidir si vale la pena el esfuerzo de atacar.

—Fátima. —Camila dio un paso hacia ella, en lugar de retroceder, lo que descolocó visiblemente a las tres mujeres—. Voy a explicarte algo, y quiero que me escuches con mucha atención, porque solo lo voy a decir una vez.

—¿Ah, sí? ¿Y qué me vas a...?

—Sé que tu hermana está afuera, en libertad condicional, trabajando en una lavandería industrial en el centro de la ciudad. —La voz de Camila salió tan tranquila que resultaba casi más aterradora que un grito—. Sé que su libertad condicional depende de que no tenga ningún contacto con antecedentes penales relacionados con tráfico de sustancias dentro de instituciones penitenciarias. Y sé, porque me lo confirmó hace tres semanas alguien con acceso directo a los registros de este centro, que tú llevas meses introduciendo pastillas a este patio a través de visitas familiares que, técnicamente, involucran a esa misma hermana.

El rostro de Fátima palideció visiblemente.

—¿Cómo...?

—No importa cómo lo sé. —Camila dio otro paso, quedando ahora a apenas medio metro de ella—. Lo que importa es que, a partir de este momento, tú y yo tenemos un problema completamente distinto al que creías tener hace treinta segundos. Porque si a mí me pasa algo, cualquier cosa, un empujón, un rasguño, una sola palabra más sobre "cuotas de convivencia", esa información va a llegar exactamente a la persona que decide si tu hermana termina de cumplir su condena en libertad o de vuelta detrás de estos mismos muros.

El silencio que siguió fue absoluto. Las dos mujeres que acompañaban a Fátima intercambiaron miradas nerviosas, retrocediendo instintivamente medio paso, como si de pronto hubieran comprendido que la mujer frente a ellas ya no era la misma que llevaban meses acosando sin ninguna consecuencia real.

—Estás mintiendo —dijo Fátima, aunque su voz ya no sonaba con la misma seguridad de minutos antes.

—Puedes comprobarlo tú misma. Pregúntale a tu hermana la próxima vez que venga a visitarte cuánto sabe sobre el estado real de su expediente. —Camila se dio media vuelta, dándole deliberadamente la espalda, un gesto calculado de desprecio absoluto—. Y mientras lo compruebas, piensa bien si de verdad quieres seguir buscando problemas conmigo.

Caminó de vuelta hacia el interior del edificio sin mirar atrás, sintiendo las miradas de las tres mujeres clavadas en su espalda, sintiendo también, por primera vez desde que había llegado a Altavista, algo parecido a un poder genuino, tangible, que ella misma había construido con sus propias manos.

Esa noche, en la biblioteca, le contó todo a Trinidad.

—¿De verdad tenías esa información sobre la hermana de Fátima? —preguntó Trinidad, con una ceja levantada, evidentemente impresionada.

—No tenía absolutamente nada. —Camila esbozó una sonrisa que, meses atrás, jamás hubiera reconocido como propia—. Lo inventé todo en el momento.

Trinidad guardó silencio un instante, y luego dejó escapar una risa breve, genuinamente sorprendida.

—Camila Duarte, creo que acabas de aprender la lección más importante de todas.

—¿Cuál?

—Que la mayoría del poder que ejerce la gente en este mundo no viene de lo que realmente saben o realmente tienen. Viene de la absoluta certeza con la que actúan como si lo tuvieran. —Trinidad se recostó en su silla, observándola con una mezcla de orgullo y algo parecido a la cautela—. Fátima nunca va a acercarse a ti otra vez, no porque tu información fuera verdadera, sino porque ahora cree que existe la posibilidad de que lo sea. Y esa duda, bien sembrada, vale exactamente lo mismo que la verdad.

Camila asintió lentamente, guardando esa lección en el mismo lugar donde guardaba todas las demás, junto a los fideicomisos, las sociedades fantasma, y el nombre de una hermana que quizás nunca había sido, en realidad, su hermana.

—Todavía nos quedan casi tres años, Trinidad. ¿Qué sigue?

—Sigue que dejes de pensar en pequeño. —Trinidad abrió una nueva página de su libreta, con una expresión decidida—. Fátima era solo una prueba, Camila. Un ensayo de bajo riesgo antes del verdadero juego. Porque las personas contra las que vas a enfrentarte cuando salgas de aquí no van a asustarse con un farol improvisado en un patio de prisión.

—Entonces enséñame a jugar el juego de verdad.

Trinidad sonrió, y esa noche, por primera vez, empezó a explicarle no solo cómo leer el dinero de otras personas.

Empezó a enseñarle cómo construir, desde cero, el suyo propio.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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