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EL NIDO DEL FENIX. ALIANZA DE ALQUILER

EL NIDO DEL FENIX. ALIANZA DE ALQUILER

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Matrimonio arreglado / Matrimonio contratado / Romance / Completas
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 11 EL NIDO DEL FENIX

Londres amaneció envuelta en su habitual neblina gris, una cortina densa que trepaba por los rascacielos de la City y se reflejaba en las aguas mansas del Támesis. Desde el ventanal de mi oficina, situado en el piso veinticuatro de una de las torres de cristal más exclusivas del centro financiero, el mundo parecía un tablero de ajedrez en miniatura. Los coches rojos, los peatones apresurados y los ejecutivos con trajes a medida se movían con un ritmo frenético, ajenos a la mujer que los contemplaba desde las alturas.

Me llamo Natalia, estoy apunto de cumplir 25 años y hoy soy la CEO de mi propio destino.

Han pasado cuatro años desde aquella madrugada en la que María y yo nos subimos a un autobús en Ginebra con una mochila llena de ahorros, las aportaciones secretas de mi hermano Thomas y el corazón en un puño. Cuatro años de trabajo salvaje, de noches durmiendo apenas tres horas sobre el sofá de una oficina compartida y de tazas de café frío. Pero el sacrificio dio sus frutos. Hoy, el rótulo de acero cepillado de la entrada de nuestras oficinas principales reza con letras firmes y elegantes: Vanguard & Capital Legal Consultants.

Nuestra firma no es un bufete de abogados cualquiera. María y yo encontramos nuestro nicho de mercado en un terreno tan complejo como lucrativo: el derecho corporativo internacional especializado en la protección de activos, fortunas y patrimonios femeninos frente a los abusos de estructuras familiares o matrimonios de conveniencia. Con el tiempo, nos habíamos convertido en las abogadas más cotizadas por las herederas y altas ejecutivas de toda Europa que buscaban blindar sus imperios. Yo aportaba la frialdad matemática, la estrategia agresiva y el conocimiento profundo de las tácticas comerciales que le había visto usar a mi padre en los astilleros. María, con su intuición brillante y su agilidad para encontrar resquicios legales en el derecho internacional, era el motor perfecto para cerrar los casos más difíciles.

Escuché el sutil pitido de la cafetera de mi despacho y me aparté del ventanal. Me miré un segundo en el reflejo del cristal antes de dar la vuelta. La Natalia de hoy ya no vestía las faldas plisadas de lana gris del internado, ni las sudaderas desgastadas que usaba para trabajar de camarera en Ginebra. Llevaba un traje de chaqueta azul marino de corte impecable, hecho a medida, unos zapatos de tacón que me daban una postura imponente y el cabello castaño recogido en un moño bajo y perfecto. Mi mirada, la misma que mi padre intentó apagar con su autoritarismo, ahora transmitía una seguridad inquebrantable que hacía temblar a los directivos veteranos en las salas de juntas. Había aprendido a ser un tiburón en los negocios, pero sin perder la ética ni el propósito que me había traído hasta aquí.

La puerta de mi despacho se abrió sin necesidad de llamar. Solo una persona en todo el edificio tenía el derecho de entrar así. María cruzó el umbral sosteniendo una tableta electrónica en una mano y una carpeta de cuero en la otra. Vestía un traje de sastre gris claro que combinaba con su energía desbordante.

—Buenos días, jefa —me saludó con una sonrisa amplia, dejándose caer en una de las sillas de cuero frente a mi mesa de roble—. Tienes esa cara de estar repasando mentalmente las cuentas anuales de la firma antes de tomarte el primer café. Relájate un poco, las auditorías de este trimestre han salido impecables. Somos oficialmente una de las firmas emergentes más rentables de la City.

—Buenos días, María —respondí, esbozando una sonrisa sincera y sirviéndome una taza de café negro—. No estaba repasando las cuentas. Solo miraba la niebla. A veces me cuesta creer lo lejos que hemos llegado en tan poco tiempo. Parece que fue ayer cuando contábamos las monedas para pagar el alquiler de aquel sótano húmedo en los suburbios.

—Pues créetelo, porque este imperio lo hemos levantado con nuestras propias manos —afirmó María, abriendo la carpeta de cuero sobre el escritorio—. Y hablando de imperios, el comité de dirección de las industrias Helena Croft acaba de confirmar que aceptan nuestras condiciones para el blindaje de su nueva filial tecnológica en Singapur. Quieren que tú lideres la firma del contrato este viernes. Es un acuerdo de siete cifras, Natalia.

Tomé un sorbo de café, sintiendo el calor del líquido en la garganta, y me senté en mi sillón ejecutivo. El éxito económico y el prestigio profesional eran una realidad palpable, un escudo sólido que me protegía del pasado. En Londres, nadie me conocía como la hija sumisa de Arthur, el magnate de los yates de lujo de Zúrich. Aquí era la abogada corporativa implacable, la CEO que no daba un paso en falso.

Sin embargo, a pesar del lujo de la oficina, del sonido constante de los teléfonos de los asesores en el pasillo exterior y de la agenda repleta de citas con la élite empresarial, había algo que nunca cambiaba en mi rutina. Al sentarme frente al ordenador, abrí el pequeño cajón con llave de mi escritorio, el único al que nadie, ni siquiera María, tenía acceso.

Allí dentro, depositada sobre un paño de terciopelo oscuro, descansaba la pequeña llave de plata que Óscar me había regalado en el parque hacía ya nueve años.

La tomé entre los dedos, sintiendo el relieve del metal frío contra las yemas de mis manos. El recuerdo del chico de las sudaderas anchas, desgarbado y con gafas gruesas, se sentía ahora como una película en blanco y negro de la que apenas recordaba el argumento completo. Los años de extenuante trabajo, el cansancio acumulado de la carrera y el silencio absoluto de su lado habían terminado por desgastar el dolor de la ausencia. Me había rendido hacía mucho tiempo a la idea de volver a verlo. El teléfono que compré en Ginebra nunca recibió su llamada, y las evasivas de mi hermano Thomas a lo largo de los años terminaron por convencerme de que Óscar había seguido con su vida, olvidando el pacto de la adolescencia de la misma manera que el mundo olvida las promesas de año nuevo.

—¿Sigues guardando esa reliquia? —preguntó María con suavidad, sacándome de mis pensamientos. Ella conocía la existencia de la llave, aunque nunca insistía en el tema por respeto a mi silencio.

—Es solo un recordatorio —respondí, devolviendo la llave al cajón y cerrándolo con un giro limpio de muñeca—. Un recordatorio de por qué estudié Derecho. Para que ningún hombre, por muy poderoso que sea o por muchos astilleros que posea, vuelva a decirme lo que vale mi vida o con quién tengo que pasar el resto de mis días.

—Y lo has conseguido, Nat —dijo María, mirándome con una mezcla de orgullo y profunda amistad—. Eres libre. Tu padre puede tener todos los millones de Suiza, pero aquí no es nadie. No tiene poder sobre ti.

—Eso espero, María. Eso espero —susurré, encendiendo la pantalla del ordenador para sumergirme en las densas líneas del contrato de Singapur.

Pasé el resto de la mañana revisando cláusulas de propiedad intelectual, coordinando al equipo de analistas financieros y respondiendo correos electrónicos de clientes internacionales. Mi vida como CEO era un engranaje perfecto, una fortaleza blindada de leyes, éxito y prestigio. Me sentía segura en mi nido de cristal de Londres, convencida de que los cuatro años de silencio absoluto eran la prueba de que me había convertido en un fantasma inalcanzable para el patriarca de mi familia. Pero lo que yo no sabía, mientras firmaba con pluma estilográfica aquellos acuerdos millonarios, era que las sombras del pasado tienen memorias muy largas, y que el imperio de mi padre ya había comenzado a mover sus hilos para arrastrarme de vuelta a la jaula.

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Maria del Carmen Herrera
Una linda historia de amor, de sueños, de superación. Bien narrada. Me gustó! Gracias autora por brindarnos este material! Adelante!!
Adiana Navas
muy linda historiae enamoró
Maria del Carmen Herrera
Lindo capítulo 💕
Shony Zatarain
excelente 🌹
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, sin matadero y maldad, solo un padre que quiso someter a sus hijos a sus decisiones, sin importar lo que ellos querían, los hermanos apoyándose mutuamente....
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️
Yolanda Vaca
Dicen 17 años y ella tiene 25 años y según la novela se firmó ese contrato cuando nació!!!
Maria del Carmen Herrera
Humm...ya sé...es ficción...Perooo...algo de cordura... La salida del problema no impediría que el padre, frustrado por no poder llevar a cabo su plan, igualmente destruya el prestigio de su buffet, aunque sea temporalmente. Solo por venganza
Eva Sirena
Enhorabuena de lo mejor que he leido, gran temática, buena redacción y se entiende perfectamente su drama. Muchas gracias y siga así
Helizahira Cohen
interesante una trama sencilla, pero ese padre es de lo último como es capaz de esa locura
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
Hiradia Cohen
Yo no puedo creer que ella ni el tono de voz le parezca conocido al menos algún rasgos se que son 9 años pero la voz sigue siendo la misma tengo 72 años y es mi misma voz físicamente uno puede cambiar algo pero no como para no reconocer nada
Helizahira Cohen
Va muy interesante y vi que es corta
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