Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 24: El Juicio del General
La sala del trono táctico del General Petrov era una sala acorazada en el corazón mismo de la montaña. Detrás de una pared de cristal blindado de cinco pulgadas de grosor, el viejo comandante de las fuerzas del norte observaba los monitores de seguridad que mostraban la masacre de sus tropas en los túneles inferiores.
Petrov, un hombre de setenta años con uniforme militar repleto de condecoraciones soviéticas, rostro surcado por cicatrices de guerra y ojos vacíos de piedad, sostenía un detonador remoto en la mano derecha. El dispositivo estaba conectado a las cargas de demolición colocadas en los pilares de la montaña; si la fortaleza caía, estaba dispuesto a sepultar a todos bajo miles de toneladas de roca.
A su lado, sus últimos seis guardias de elite personales mantenían sus ametralladoras apuntadas hacia la puerta de acceso de titanio.
La puerta no fue abierta con claves. Una explosión de masa compacta de hielo y energía de sangre reventó las bisagras de titanio, proyectando la lámina de dos toneladas hacia el interior de la sala como un proyectil que aplastó a tres de los guardias de inmediato.
De entre la nube de polvo y vapor de la explosión emergieron Victoria y Alexey.
Alexey abatió a los tres guardias restantes con disparos a quemarropa antes de que pudieran accionar sus armas, dejando la estancia sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido de los monitores de seguridad.
Victoria caminó hacia el cristal blindado que la separaba de Petrov. Su figura, manchada de sangre y polvo de granito, irradiaba una majestad aterradora. Sus pupilas doradas resplandecían en la penumbra de la sala con una intensidad que hizo que las manos del viejo General temblaran sobre el detonador.
—General Petrov —anunció Victoria con su voz modulada y serena, que atravesó el cristal blindado mediante un pulso de resonancia mágica—. Ha convocado a dos mil hombres en mi frontera para exigir la devolución de unas rutas que jamás le pertenecieron. Ha llegado el momento de saldar las cuentas de su insolencia.
—¡Si das un solo paso más, vuelo la montaña entera! —amenazó el viejo General, mostrando el detonador remoto con una sonrisa desquiciada—. ¡Nos sepultaré a todos bajo este infierno de piedra! ¡El Cartel del Norte no se rinde ante una niña y su perro de presa!
Alexey dio un paso adelante, colocándose al lado de Victoria. Miró el cristal blindado, luego el detonador en la mano del viejo, y dejó escapar una risa baja, profunda y llena de un desprecio absoluto.
—Ese detonador funciona mediante frecuencias de radio de alta banda, General —comentó Alexey, sacando de su bolsillo táctico un pequeño dispositivo de interferencia militar que activó con un pulso de su pulgar—. Y tus transmisores acaban de quedar deshabilitados hace cinco segundos. Tu montaña no se va a mover, pero tú vas a salir de esta sala en pedazos.
Petrov apretó el botón del detonador presa del pánico. Nada ocurrió.
Victoria no esperó más. Concentró el resto de su energía mágica en la yema de sus dedos y golpeó el cristal blindado de cinco pulgadas. La barrera transparente no se rompió en pedazos; la estructura molecular del vidrio se congeló instantáneamente bajo la influencia del pulso de sangre de la Reina, volviéndose frágil como el cristal barato.
Alexey dio un paso atrás, tomó vuelo y le asestó una patada brutal en el centro del cristal congelado. La pared blindada se pulverizó en miles de esquirlas diminutas que llovieron sobre la oficina del General.
Victoria atravesó el marco destruido, tomó a Petrov por el cuello de su uniforme repleto de medallas y lo levantó del suelo con una fuerza que desmentía la fragilidad de su apariencia.
—Tu tiempo en este continente ha terminado —sentenció la Reina.
Con un movimiento seco de su mano, la aguja de sangre atravesó el corazón del General Petrov. El viejo comandante se desplomó sobre la mesa de control, mientras su sangre teñía los mapas tácticos de las provincias del norte.
El Cartel del Norte había sido descabezado en su propia fortaleza.