Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 19
Era un hermoso día en L’Ombra del Duomo, una famosa cafetería al aire libre.
Sentía mi vida diferente, pero seguía siendo yo en el interior: esa chica sensible que, por fuera, no se dejaba pasar por encima por nadie.
Miraba cómo los árboles se meneaban al compás del viento mientras tomaba mi macchiato, aunque mi corazón se sentía inquieto por alguna razón.
Mi celular sonó, rompiendo ese silencio que amaba.
—Aló, habla Morgana Sinclair. ¿En qué puedo ayudarle?
Escuché una voz gruesa pero tranquila.
—Hola, señorita Sinclair. Somos del Hospital Real Medical y la llamamos para informarle que la paciente Teresa Castellantes está internada aquí. Lamento informarle que no le queda mucho tiempo.
Sentí que todo a mi alrededor se paraba.
Mi voz temblorosa logró articular una sola frase:
—Ahora mismo voy.
Dejé la taza de macchiato a medio tomar sobre la mesa metálica de L’Ombra del Duomo y salí corriendo hacia la calle. El corazón me retumbaba en los oídos mientras estiraba la mano para frenar el primer taxi que pasó por la avenida.
—Al aeroporto di Malpensa, per favore! Il più veloce possibile! —le dije al conductor con la voz cortada, mientras me acomodaba en el asiento trasero.
El trayecto hacia el aeropuerto fue una nebulosa de luces de Milán desdibujándose a través de la ventanilla. Mi mente no lograba procesar la distancia: estaba a más de diez mil kilómetros y el tiempo jugaba en mi contra. Saqué el celular con los dedos temblorosos y compré el primer pasaje disponible con escala en Buenos Aires.
Durante las catorce horas de vuelo sobre el Atlántico no pude pegar un ojo. Miraba en la pantalla frente a mi asiento cómo avanzaba el pequeño avión sobre el mapa, sintiendo una desesperación sorda. Milán, la ciudad donde había construido mi éxito y mi paz, quedaba atrás en segundos, mientras el pasado me reclamaba de golpe desde la Argentina.
Al aterrizar en Ezeiza, el calor sofocante me recibió como un impacto. No perdí ni un minuto en el equipaje; solo llevaba mi bolso de mano. Tomé un remís directo hacia la terminal para cruzar a la provincia de Entre Ríos.
El viaje por la ruta fue kilométrico y silencioso. A medida que el paisaje urbano de la capital daba paso a la vegetación verde, los ríos y los caminos de tierra característicos del litoral, el nudo en mi estómago se volvía más apretado. Pasamos el puente Zárate-Brazo Largo y la inmensidad del paisaje me hizo sentir diminuta.
Había vuelto. Había dejado atrás Europa, mis exposiciones y la gloria de la cerámica para regresar al lugar donde las raíces del dolor seguían intactas. Solo esperaba no haber llegado demasiado tarde.
Llegué jadeando al hospital y desprolija, lejos de cómo siempre lucía desde que alcancé la fama.
Corrí a la recepción, desesperada:
—Disculpe, ¿dónde está la paciente Castellantes, por favor?
La recepcionista me miró como si no pudiera creer que era yo la que estaba ahí.
—En la habitación 48-B, señorita Sinclair.
Olvidé toda mi cortesía y corrí rápidamente por el pasillo hasta encontrar la habitación indicada.
Entré y vi lo que más temía: mi Teté conectada a un respirador y completamente sola. ¿Dónde estaban mi mamá y mi papá? ¿Cómo les daba el corazón para hacerle esto a mi abuela, siendo que ella se rompió el lomo trabajando toda su vida para criarlo a él?
Me acerqué lentamente a su lado, tomando su mano.
—Teté, ¿qué te pasó?
Mi voz temblorosa estaba al borde de las lágrimas. Sin embargo, ella no parecía notarlo debido a su sonrisa, mientras se quitaba la mascarilla.
—Gurisa, por fin volviste de esa vida soñada en Milán.
—No digas eso, mi Teté, sabés bien que ninguna vida es soñada si vos no estás ahí.
Teté acarició el dorso de la mano de Morgana con sus dedos débiles y ásperos, esbozando una sonrisa melancólica.
—Tus padres están en su mundo, gurisa —dijo Teté, con la voz apagada por el esfuerzo—. Se fueron a hacer unos trámites a la ciudad en cuanto me ingresaron. Ya sabés cómo son... prefieren no mirar lo inevitable.
Morgana apretó los dientes, sintiendo una mezcla de bronca y amargura renacer en el pecho.
—Tendrían que estar acá con vos, Teté. No tienen excusa.
—No les pidas lo que no pueden dar, mi vida —la interrumpió la abuela con ternura, buscando sus ojos—. Ellos siempre le tuvieron miedo al dolor. Pero a mí no me importa que no estén. La única presencia que me hacía falta para estar en paz era la tuya.
Un silencio cálido envolvió la habitación. Morgana apoyó la frente sobre la mano de su abuela, dejando que las lágrimas que había aguantado durante miles de kilómetros finalmente rodaran por sus mejillas.
—Teté, no te me podés ir; todavía no me viste triunfar ni viste que todo el mundo conozca a la primera persona que creyó en mí y no me subestimó.
Ella me aprieta la mano y susurra esas palabras que se clavan en mi mente:
—Vos sos la que hizo mi vida más feliz durante estos años, mi vida. Quiero que cuando yo no esté no te culpes y dejes ese rencor que te consume, porque no te hace bien.
Sostuve su mano pequeña y tibia entre las mías, sintiendo cómo la presión de sus dedos empezaba a ceder despacio. Apoyé la frente sobre el borde de la cama, dejando que mis lágrimas mojaran las sábanas blancas del hospital.
—Te lo prometo, Teté —murmuré con la voz ahogada, buscando sus ojos para que viera la certeza en los míos—. Te prometo que no voy a dejar que el rencor me siga consumiendo. Voy a soltar todo el dolor, toda la bronca que guardé por tanto tiempo.
Teté me miró con una lucidez suave, entornando los ojos con esa paz que solo ella sabía transmitir.
—Voy a seguir creando —continué, tragando el nudo en mi garganta—. Pero ya no para sanar heridas ni para demostrarle nada a nadie. Voy a moldear por mí, por la vida soñada que me deseaste y por todo el amor que me diste cuando nadie más creía en mí.
Una última sonrisa arrugó las comisuras de sus labios. Dio un suspiro profundo, relajando el rostro por completo, y cerró los ojos despacio. El monitor a su lado mantenía un ritmo lento y constante, pero en la habitación solo quedó una serenidad absoluta. Le besé la frente con ternura, sabiendo que, por primera vez en mi vida, le estaba haciendo una promesa que pensaba cumplir hasta el final.
El ritmo del monitor cardíaco comenzó a volverse cada vez más pausado. La respiración de Teté se volvió leve, casi imperceptible, como una brisa suave que se apaga despacio. No había angustia en su rostro; solo una calma profunda, la serenidad de quien completó su misión en la vida y descansaba sabiendo que su gurisa finalmente estaba a salvo.
Sostuve su mano hasta el último segundo, sintiendo cómo el pulso se apagaba lentamente debajo de mis dedos. El sonido continuo y lineal del monitor marcó el final. El tiempo pareció detenerse en la habitación de hospital en Entre Ríos. Le besé los nudillos una última vez y apoyé con cuidado su mano sobre la sábana.
La puerta se abrió con suavidad y el médico entró a la habitación, seguido por una enfermera. Miró el monitor, luego a Teté y finalmente a mí. Tenía una expresión llena de empatía.
—Lo siento mucho, señorita Sinclair —dijo el médico con voz baja y respetuosa, acercándose para verificar los signos vitales—. Ocurrió pacíficamente. No hubo dolor.
Tragué saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta, pero sorprendentemente no me quebré en la desesperación. La promesa que le acababa de hacer a mi abuela actuaba como un ancla en medio de la tormenta.
—Gracias, doctor —respondí con la voz firme, aunque teñida de tristeza—. Ella estaba esperando que llegara. Se fue en paz.
El médico asintió con la cabeza, registrando la hora del fallecimiento en la carpeta clínica.
—Usted hizo posible que se fuera tranquila. A veces los pacientes solo necesitan escuchar la voz de la persona que más quieren para dejarse ir. Si necesita unos minutos a solas con ella antes de hacer los trámites correspondientes, podemos esperarla afuera.
—Se lo agradezco mucho —dije, mirando la figura serena de Teté.
Cuando el médico y la enfermera salieron del cuarto, me quedé sola en el silencio. Ya no había bronca hacia mis padres ni hacia el pasado. Solo quedaba un amor inmenso y la certeza de que la memoria de Teté me acompañaría en cada pieza de cerámica que volviera a moldear.