Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.
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El monstruo que nadie conocía
Dicen que los monstruos nacen de la oscuridad. Que se alimentan del miedo y que nunca tienen nombre. Pero yo lo conocí antes de que el mundo decidiera llamarlo monstruo. Lo conocí cuando no era más que un niño, igual que yo.
Tenía seis años. Fue por una travesura, de esas que solo se hacen a esa edad, cuando aún no se sabe que hay lugares prohibidos y secretos que pesan demasiado. Me aparté de mis nodriza, me colé por una puerta entreabierta y bajé corriendo hacia donde nadie me dejaba ir: el Laberinto.
Quería ver. Quería saber. Pero pronto las paredes se cerraron sobre mí. Los caminos se parecían todos. Las sombras se alargaban y me miraban. Y de pronto no supe volver.
Grité. Llamé a mi madre, a mi padre, a cualquiera. Escuchaba sus voces muy lejos, arriba, pero no sabía hacia dónde correr para alcanzarlas. Las escaleras habían desaparecido. El silencio se tragó mis gritos.
Lloré hasta que me dolieron los ojos. Tenía hambre, frío, miedo. Me deslicé hasta sentarme en el suelo, apoyada contra la piedra húmeda, y me abracé a mí misma, temblando. Creí que nadie me encontraría. Creí que me quedaría allí para siempre.
Hasta que escuché una voz suave, muy cerca:
—¿Quién eres?
Levanté la cabeza. Allí estaba. Un niño, un poco mayor que yo, con el pelo oscuro y… cuernos. Su rostro era distinto al de los demás, sus rasgos más grandes, sus ojos enormes y tristes. Dio un paso atrás, avergonzado.
—Te he asustado. Disculpa.
Pero yo no me asusté. Vi en él lo que nadie más vería: un niño solo, igual que yo. Me levanté despacio y le tomé la mano.
—Hermano… hermano mayor —dije, con la voz quebrada por el llanto—, quiero salir de aquí. Tengo miedo, tengo frío, tengo hambre.
Su mano era grande, cálida, y me apretó con ternura. La inocencia de un niño no distingue formas ni apariencias. Solo sabe reconocer un corazón bueno. Y yo lo vi en él desde el primer instante.
—Ven —dijo, suave—. Tengo algo de comida.
Me llevó a un rincón donde la luz entraba tenue y sacó fruta y pan seco. Comí con avidez, mientras él me miraba, quieto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ariadna —respondí, limpiándome la boca—. Ariadna, hija del rey Minos y de la reina Pasifae.
Bajó la cabeza.
—Ah… eres la hija de mi tío. Entonces somos primos.
Guardó silencio un instante, y cuando volvió a hablar, su voz era pequeña:
—Soy el secreto de la familia. La vergüenza. Mi madre era tu tía. Murió al tenerme. Y él decidió encerrarme aquí. Para que nadie me viera. Para que desapareciera.
Lo miré bien. No vi maldad. No vi horror. Vi a un niño que no había pedido nacer, que no merecía estar solo. Le tomé la mano de nuevo.
—Pero tú eres bueno —dije, con toda la certeza de mis seis años—. Eres muy bueno.
Levantó la vista, y una sonrisa tímida le iluminó el rostro.
—Me llamo Asterión.
—Yo soy Ariadna —repití, sonriéndole con toda mi alma—. Y me alegro de conocerte, Asterión.
Me tomó de la mano y me guió por los pasajes oscuros, seguros, sin soltarme.
—Ya es tarde —dijo—. Quédate aquí. Come, descansa. Mañana te sacaré.
—¿Sabes cómo salir? —pregunté, asombrada.
—Claro. Llevo dos años viviendo aquí. Conozco cada piedra, cada recodo. Pero hay una maldición: no puedo cruzar la puerta principal. Me detiene algo más fuerte que yo.
Lo miré y prometí, sin dudar:
—Vendré a verte. Siempre que pueda. Lo prometo. ¿Estás contento?
Sonrió de verdad entonces, con una luz que jamás olvidaría.
—Sí. Mucho.
Han pasado diez años desde ese día. Diez años en los que fui fiel a mi palabra.
Bajaba siempre que podía, con comida, con libros, con noticias del mundo que él no podía ver. Él me esperaba siempre junto a la rendija de luz. Al principio se acercaba con timidez, temiendo que mi cariño se enfriara, que su aspecto me asustara. Pero yo ya lo conocía. Sabía que detrás de esa forma imponente, de ese cuerpo que parecía hecho para asustar, vivía el alma más tierna de todas.
Creció mucho. Se hizo descomunal, gigantesco, llenó la cámara con su presencia. Pero nunca se acercaba demasiado, por miedo a asustarme. Se quedaba a una distancia prudente, me hablaba bajito, escuchaba todo con atención infinita. Era sensible, curioso, ansioso por saber cómo era el sol en el mar, cómo eran las flores, cómo sonaba la gente reír. Aprendió a leer con los libros que le llevaba. Me contaba historias que inventaba en la soledad. Cantaba canciones que su madre le había enseñado antes de que todo se rompiera.
Para el mundo era el Minotauro, la bestia que debía morir. Para mí… era Asterión. El primo que me tomó de la mano cuando estaba perdida. El niño que compartió su pan conmigo. El único ser que jamás me escuchó de verdad.
Y lo amé. No por lástima. No por deber. Porque él fue mi refugio cuando el mundo era demasiado grande y demasiado frío. Y ahora, nadie, nadie en este reino, tiene derecho a arrebatármelo.