Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 14: Una esposa de mentira
Clarisa seguía mirando la llave que había encontrado dentro de la pequeña caja.
La nota no dejaba lugar a dudas:
“Si quieres conocer la verdad sobre Samuel, abre la habitación que nadie debe abrir.”
Miró hacia la puerta del pasillo.
Por un momento pensó en acercarse.
Pero recordó las palabras de Samuel.
No quería comenzar su matrimonio mintiendo ni actuando a espaldas de él.
Guardó la llave en el bolsillo de su pijama y regresó a su habitación.
—Mañana —se dijo—. Primero hablaré con Samuel.
Sin embargo, antes de poder dormir, escuchó unos pasos.
Alguien caminaba por el pasillo.
Clarisa abrió la puerta.
No vio a nadie.
Solo escuchó una puerta cerrarse al final del corredor.
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A la mañana siguiente, la casa Flores estaba más agitada de lo habitual.
Samuel había organizado una reunión con algunos familiares y socios cercanos.
Clarisa bajó las escaleras.
Todos los ojos se dirigieron hacia ella.
Beatriz fue la primera en hablar.
—Clarisa, espero que entiendas que a partir de ahora tendrás que acostumbrarte a ciertas responsabilidades.
Clarisa mantuvo la calma.
—¿Qué responsabilidades?
—Acompañar a Samuel en eventos, reuniones y compromisos familiares.
Samuel intervino inmediatamente.
—Solo las que ella acepte.
Beatriz lo miró.
—Samuel, ahora es tu esposa.
Clarisa sintió un pequeño sobresalto.
La palabra todavía le resultaba extraña.
Esposa.
Habían firmado un contrato, pero emocionalmente seguían siendo dos personas intentando entender en qué se habían metido.
—Soy su esposa ante un documento —dijo Clarisa—, pero sigo siendo yo misma.
Beatriz levantó una ceja.
—Eso está por verse.
Samuel se colocó junto a Clarisa.
—Ella no tiene que demostrarle nada a nadie.
La tensión aumentó.
Entonces Rosa anunció:
—Señor Samuel, los invitados ya llegaron.
Samuel miró a Clarisa.
—Tenemos que bajar.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Qué esperan de nosotros?
Samuel respondió con sinceridad:
—Que parezcamos una pareja feliz.
Clarisa soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso será difícil.
—No tienes que fingir conmigo.
Ella lo miró.
—Pero sí frente a ellos.
Samuel asintió.
—Exactamente.
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El salón estaba lleno de personas elegantes.
Socios, familiares y amigos de la familia Flores conversaban mientras esperaban la llegada de Samuel y Clarisa.
Cuando ambos entraron, las conversaciones disminuyeron.
Samuel tomó suavemente el brazo de Clarisa.
—Tranquila.
—Estoy tranquila.
—Estás apretando demasiado las manos.
Clarisa soltó una respiración.
—No estoy acostumbrada a esto.
—Yo tampoco.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Tú?
—No estoy acostumbrado a fingir.
Clarisa sonrió.
—Entonces estamos igual.
Un hombre mayor se acercó.
—Samuel, finalmente conocemos a tu esposa.
Samuel respondió:
—Ella es Clarisa.
El hombre sonrió.
—Una joven muy hermosa.
Clarisa agradeció el comentario.
Pero desde el otro lado del salón, una mujer los observaba.
Victoria.
Llevaba un vestido elegante y una expresión tranquila.
Se acercó lentamente.
—Felicidades.
Samuel endureció el rostro.
—Victoria.
Ella miró a Clarisa.
—Así que tú eres la famosa Clarisa Hernández.
Clarisa respondió educadamente.
—Mucho gusto.
Victoria sonrió.
—El gusto es mío.
Luego miró a Samuel.
—Debo admitir que no esperaba que te casaras tan rápido.
—Las cosas cambian.
—Sí. Algunas personas cambian demasiado rápido.
Clarisa notó el tono de sus palabras.
Samuel también.
—Si has venido a provocar, no es el momento.
Victoria sonrió.
—Solo vine a felicitarte.
Antes de alejarse, se inclinó ligeramente hacia Clarisa.
—Disfruta mientras puedas de tu nueva vida.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Victoria se limitó a sonreír.
—Ya lo descubrirás.
Se marchó.
Clarisa miró a Samuel.
—¿Siempre habla así?
—Cuando quiere causar problemas, sí.
—Entonces definitivamente no le agrado.
—No debería importarte.
—¿Y si tiene razón?
Samuel la miró.
—¿Sobre qué?
—Sobre que todo esto podría terminar mal.
Samuel respondió con firmeza:
—No permitiré que nadie decida nuestro futuro.
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Más tarde, cuando los invitados comenzaron a marcharse, Clarisa regresó a su habitación.
Sacó la llave que había encontrado la noche anterior.
La sostuvo entre los dedos.
Estaba a punto de salir cuando escuchó la voz de Samuel.
—¿Qué tienes ahí?
Clarisa se volvió.
Samuel estaba en la puerta.
Por un momento dudó.
Después decidió decir la verdad.
—La encontré anoche.
Le mostró la llave.
Samuel la reconoció inmediatamente.
Su expresión cambió.
—¿Dónde?
—En una caja que dejaron frente a mi habitación.
—¿Quién la dejó?
—No lo sé.
Samuel tomó la nota que Clarisa también había guardado.
La leyó.
Su rostro se volvió serio.
—¿Qué habitación abre?
—Eso quiero descubrir.
Samuel levantó la mirada.
—No vas a entrar sola.
—¿Vienes conmigo?
Samuel asintió.
—Sí.
Ambos caminaron por el pasillo.
Llegaron frente a la puerta antigua.
Clarisa introdujo la llave.
El mecanismo hizo un sonido seco.
La puerta se abrió lentamente.
Dentro había una habitación cubierta de polvo.
Un escritorio.
Varias cajas.
Fotografías antiguas.
Y un gran retrato de la familia Flores.
Samuel entró primero.
Clarisa lo siguió.
Sobre el escritorio había un documento.
Samuel lo tomó.
Lo leyó.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué dice? —preguntó Clarisa.
Samuel no respondió.
—Samuel.
Él levantó lentamente la mirada.
—Este documento fue escrito por mi padre.
Clarisa se acercó.
—¿Y qué dice?
Samuel apretó el papel entre sus manos.
—Que mi matrimonio contigo no fue una coincidencia.
Clarisa sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Samuel volvió a mirar el documento.
—Mi padre te conocía.
Clarisa quedó paralizada.
—Eso es imposible.
Samuel negó lentamente con la cabeza.
—No.
Entonces señaló una fotografía que estaba dentro de la carpeta.
En ella aparecía Elena, la madre de Clarisa, muchos años atrás.
Y junto a ella estaba el padre de Samuel.
Clarisa dejó escapar un suspiro.
—Mi mamá…
Samuel la miró.
—Nuestros padres se conocían.
Y en ese momento ambos comprendieron que aquel matrimonio que parecía haber comenzado como una simple mentira podía estar conectado con una historia que había comenzado mucho antes de que ellos nacieran.