Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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A CONTRA RELOJ
“En la inmensidad del universo, el tiempo fluye igual para todos.”
—Tú lees las emociones como vibraciones, colores, pulsos. Y las empujas, las jalas, las ahogas o las sustituyes. Pero hay reglas. Se inclinó hacia él. —Primero: necesitas un vínculo o un estímulo previo. Una emoción mínima, aunque sea un destello. No puedes crear algo de la nada. Segundo: debes ver directamente los ojos de la persona. Sin ese contacto, no puedes entrar. Tercero: si estás inestable, tu poder se descontrola. Puedes absorber emociones ajenas sin querer… o inducir las equivocadas.
Keiren tragó saliva. Yo también. —Y cuarto: las personas manipuladas pueden sentir confusión, vacío o cansancio emocional después del efecto. Tu poder deja… cicatrices invisibles.
—¿Ha pasado antes? —pregunté. Mirando a ambos.
El Bokly asintió. —Hoy, en el pasillo. El hombre que se derrumbó llorando. Él no estaba triste… pero Keiren sí. Estabas conteniéndote, Keiren, y lo desbordaste en él.
Keiren cerró los ojos, como si eso lo atravesara de lleno. —No quería… —susurró.
—Lo sé. Por eso debes entrenarlo. El Bokly se volvió hacia mí. —Ahora tú, Ámbar. Tu poder es muy distinto. Igual de complejo. Sentí un nudo en el estómago.
—Tú tienes eco-desplazamiento temporal —dijo—. Pero no del pasado… sino del futuro. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—No ves el futuro completo —aclaró—. Lo percibes como interferencias: murmullos, sombras, fragmentos rotos de lo que todavía no ha ocurrido. — Se paseó lentamente, como si sus palabras pudieran alterar el aire.
— Puedes escuchar partes de conversaciones que sucederán dentro de minutos u horas. Puedes ver siluetas moviéndose donde no hay nadie, porque estarán ahí después. Sientes vibraciones que anticipan acciones, decisiones, tragedias. Los objetos que aún no han sido usados dejan rastros de lo que va a pasar con ellos.
Mi corazón latió más fuerte. Recordé el bloque, el impulso de huir antes de quedar atrapada, la sensación de asfixia previa al incidente… y mis visiones. —Esa angustia que sentiste dentro del cubo —dijo el Bokly, como si leyera mis pensamientos— fue un eco. No del presente… del futuro donde no lograbas salir. Tragué duro. —Entonces, ¿no puedo evitar lo que viene? —pregunté, sin entender del todo.
—Esa es la limitación —respondió el Bokly—. Los ecos llegan fragmentados, sin orden ni contexto. Son advertencias distorsionadas. Sabes que algo pasará… pero no cuándo, ni cómo, ni por qué. Interpretarlos es tu mayor desafío. Sus ojos se suavizaron un poco. —A veces recibirás ecos dolorosos. De algo que involucra a alguien que quieres. Y no sabrás si puedes evitarlo… o si al hacerlo lo empeoras.
Mi pecho se apretó al escucharlo. —Es como si el tiempo te hablara —continuó— pero en susurros incompletos.
Hice una inspiración temblorosa. Keiren me observaba, serio, con una expresión que no supe descifrar. Quizás preocupación. Quizás algo más. El Bokly dio un paso atrás.
—Sus poderes nacen de las emociones —concluyó—. Keiren proyecta. Ámbar recibe. Uno altera realidades internas. La otra percibe realidades futuras.
—Por eso sus padres los crearon como un par.
Tras algunos minutos el Bokly se marchó, dejándonos a solas. Este camino de descubrimiento se volvía cada vez más estrecho, aunque podía decir que, poco a poco, todo empezaba a aclararse. Nos quedamos de pie, en silencio, con demasiadas cosas revoloteando en nuestra cabeza. Ese silencio me incomodaba.
—Bueno… creo que por ahora deberíamos ir a casa. Nos deben estar esperando —dije, rompiendo la quietud.
—Sí, quiero descansar. Esto ha sido demasiado para mí. ¿Quieres que te acompañe a tu cubículo? —se ofreció, con amabilidad.
—No, no es necesario. Vivo aquí cerca. No te preocupes —sonreí.
—Está bien, salgamos entonces.
Lo seguí hasta el túnel y subí las escaleras tras él. Cuando salimos a la superficie, el viento sopló con fuerza y nos empapó de polvo seco. Lo sentí hasta en los labios. Me sacudí para librarme de la textura áspera. A Keiren no parecía importarle; el polvo cubrió parte de su rostro y, sin pensarlo, pasé mi mano para retirárselo. Él tomó mi mano suavemente y la dejó caer a mi costado. Luego se alejó a paso lento, como siempre, sin despedirse. Emprendí el camino a casa.
Seguro mi familia me esperaba para comer, ya estaba oscuro el cielo. Sonreí para mí misma. Había sido un día largo, lleno de revelaciones inquietantes. Merecía un momento de calma, dejar esos pensamientos en pausa y disfrutar la cena… aunque no fuera deliciosa.
Cené en silencio. Mi familia hablaba sin parar sobre todo lo que les conté acerca del día; parecían emocionados y orgullosos de mí. Omití lo de mi padre; no quería que se sintieran mal. De cualquier forma, en esta nueva vida, mi familia es todo. Y aunque mi padre de aquella vida fuera otro hombre, siempre había admirado la capacidad del padre que me creó en esta, porque él era bueno para brindar calma, su nobleza y su fuerza inagotable para hacer lo mejor por todos. Cuando terminaron de comer, cada quien se fue a su habitación.
Ya acostada sobre mi cama, sintiendo el calor del cuerpo de Axel junto a mí, solo podía pensar en todo lo que había descubierto hoy. Nada parecía sencillo a partir de ahora. La emoción de tener finalmente un propósito se aferraba a mi pecho, pero junto a ella había miedo… miedo de lo desconocido, miedo de aquello para lo que debía estar preparada.
Quizá había llegado el momento de entrenar, de controlar mis poderes, así como mi mentor lo había dicho. Hasta ahora, sabía que podía ver fragmentos del futuro a través de visiones o sueños. Y ahora estaba el Eco… esa habilidad nueva y desconcertante que me permitía desplazarme de manera fugaz hacia mi propio futuro, sentir por un instante lo que aún no había ocurrido, como si mi alma se adelantara mientras mi cuerpo permanecía aquí. Aquello abría un mundo enorme… y peligroso.
Aunque no me había pasado nada nuevo, los sueños donde veía la ciudad quemarse junto a Keiren seguían atormentándome. También estaba lo que me dijo mi abuela: mi capacidad de contactar a quienes ya no están. Si pude verla fue porque la deseé con tanta fuerza que traspasé algo que no sabía que existía. Entonces… ¿por qué no había ocurrido antes, si cada día la extrañaba más?
Y luego, estaba el fuego azul de mis ojos, ese poder capaz de acabar con la vida de cualquiera. No era algo que me agradara. Nunca había pensado en lastimar a nadie. Pero después de ver cómo asesinaron a mi padre y a la madre de Keiren… algo oscuro nació dentro de mí. El deseo de destruirlos, de hacer sufrir a quienes lo hicieron. Ese pensamiento me asustó. No era sano. No era correcto. Aun así, si tuviera que elegir entre salvar a mi familia o dejar las cosas ser… no dudaría en usar mis poderes. Ese pensamiento me destrozaba; ojalá nunca tuviera que enfrentarme a esa realidad.
Keiren… Él también había cambiado. O quizá siempre había sido así, solo que ahora lo sabía. Su capacidad para manipular emociones —para influir en lo que otros sienten, moldearlo, intensificarlo o apagarlo— era tan poderosa como aterradora. No era un don cualquiera; era un arma silenciosa, imposible de ver, imposible de evitar si él decidía usarla. Confiaba en él… pero, aun así, me preguntaba qué tan pesado debía ser cargar con algo así, sentir que podías romper o reparar un corazón con solo desearlo.
Con todos estos poderes, estas cargas y estas verdades nuevas… ¿cómo se suponía que debía dormir? Pero Axel respiraba tranquilo a mi lado, ajeno o quizá confiado, como si supiera que, pese a todo, yo aún era yo. Y aferrándome a eso, dejé que mis ojos se cerraran. Aunque el futuro se sintiera tan incierto, esa pequeña certeza era suficiente para esta noche.
Tres golpes seguidos en la puerta me devolvieron al presente.
—Pasa —dije, sin saber quién sería. Aun así, cualquiera era bienvenido en ese momento.
La puerta se abrió lentamente, y entonces lo vi: mi padre, con su silueta robusta llenando el marco. Su cabello oscuro y rizado caía de forma un poco desordenada, como siempre, y la barba oscura y tupida que enmarcaba su rostro realzaba la calidez de su sonrisa.
—Hola otra vez —saludó con esa voz profunda que siempre lograba tranquilizarme—. ¿Cómo estás? —preguntó mientras se acercaba para sentarse al borde de la cama.
—Bien… solo intento asimilar todo —me incorporé para poder verlo mejor—. Ha sido complejo, y a veces siento que no voy a dar la talla —suspiré, bajando la mirada.
Él negó suavemente con la cabeza.
— Hija, todo parece difícil ahora, pero poco a poco todo encontrará su camino. Todo toma su tiempo —dijo con una sonrisa amplia y sincera, esa que siempre me hacía creerle.
—Sí… no quiero preocuparme más por eso —respondí, devolviéndole una sonrisa débil.
—Mi pequeña niña, quiero que estés tranquila —dijo mientras tomaba mi mano entre las suyas, cálidas y firmes—. Te voy a contar un secreto. —Soltó una pequeña risa, como si fuera algo que hubiera guardado demasiado tiempo.
—¿Un secreto? —alcé las cejas. En esta casa, todos parecían guardar alguno.
—Sí. —Aclaró su garganta antes de continuar—. Cuando te cargué por primera vez, supe que eras diferente. Bastaba con ver tus ojos; eran tan distintos a los míos, a los de tu madre, tu abuela, o tus hermanos. —Negó lentamente, recordando—. Confiaba en tu madre, vivimos juntos todo el embarazo… pero sentía que Isabel ocultaba algo —suspiró profundo—. Creo que, en el fondo, lo sospechaba, pero nunca lo mencioné. Cargué con esa duda siempre. Y cuando ella reveló la verdad, sentí paz.
Me sentí libre… y feliz de que fueras mi hija, fuera cual fuera la forma —susurró.
Sus ojos, normalmente tan seguros, mostraban una fragilidad que pocas veces dejaba ver. Por un momento, el hombre fuerte, cálido y firme que siempre había sido… se veía vulnerable.
—Todos parecen guardar secretos en esta casa —reí suavemente—. Pero… nada puede cambiar nuestro amor como familia —toqué su rostro con cariño. Aunque no hablaba mucho con él porque siempre estaba cansado, sabía que me apoyaba en todo.
—Eso tenlo por seguro —dijo, acariciando mi mano—. Mi niña… mi pequeña niña ha crecido. Floreció para convertirse en la flor más bella.
Sus palabras hicieron un nudo en mi garganta. —Me vas a hacer llorar —hice un puchero—. Ya sabes que soy muy sensible.
—No, no debes llorar. Una flor como tú no debe manchar sus pétalos con tristeza —me abrazó fuerte, cálido, sincero. Yo me aferré a él recordando a mi verdadero padre, el científico. Sé que fue bueno, pero el padre que tenía ahora… era todo para mí. Siempre fui la consentida. La pequeña. Ellos me dieron un hogar real. VR15 había elegido bien.
—Bueno, debemos dormir, pa —dije al separarme de él—. No quiero que trasnoches por mi culpa. Ve a descansar. Te amo mucho muy.
—Yo te amo mucho muy a ti —respondió antes de salir de la habitación.
Axel seguía dormido. Entré al baño a lavarme los dientes. Me puse el pijama. Pensé en Keiren. ¿Qué estaría haciendo él ahora? ¿Cómo estaría lidiando con todo lo que vio, con todo lo que sintió? Imaginé que su mente sería un torbellino, igual que su corazón. Tal vez su familia lo amaba tanto como la mía a mí; debían sentirse orgullosos de saber que su hijo era especial.
Un superhéroe.
Bueno… uno en proceso.
¿Tendríamos traje especial algún día? Imaginé uno brillante, con capa, o quizá una máscara con estrellas. Reí un poco para mí. Tantas ideas, tanto caos interno. Era hora de apagarlo todo. Levanté la manta gris y me metí bajo ella. Axel despertó, buscó mi calor y se acurrucó contra mi pecho. Su camiseta de cuadros grises lo hacía ver aún más adorable; era pequeño, redondo y pesado, mi compañero perfecto para dormir, lo acaricié despacio. Mis ojos comenzaron a cerrarse. Por fin, me rendí al sueño.
A la mañana siguiente fui directo al edificio a trabajar. Pasé un buen rato buscando algunas semillas para sembrar, pero no las encontraba. Se trataba de flores, así que no quería perder la oportunidad de sembrarlas yo misma. Me limité a buscarlas sin pedir ayuda. Los estantes eran enormes y me tomaba bastante tiempo revisar cada uno, aunque ya había descartado los que tenían frutales o tubérculos. No sabía cómo obtenían todas esas semillas; era confidencial. Y el solo hecho de estar allí me llenaba de dudas sobre lo que realmente hacían con tanta comida fresca. Nadie parecía pensar en ello más que yo. Bueno… quizá Keiren también.
Hoy no lo había visto. Ambos estábamos en actividades distintas, en zonas diferentes del gran salón. Todo el ambiente estaba diseñado para que el crecimiento de las plantas fuera perfecto: aspersores en el techo, luz artificial de distintas intensidades, ráfagas de viento suave… Todo para dar la impresión de una huerta al aire libre. Solo que esto no era una huerta. Era enorme, casi descomunal.
—Hola —dijo una voz familiar detrás de mí. Me giré sobresaltada; había estado demasiado concentrada buscando las semillas de girasol.
—Ay… hola, Erian —dije antes de volver a revisar el estante.
—¿Qué buscas? —preguntó mientras se acercaba más. Me tocó el hombro para detener mi agitación—. He notado que llevas aquí toda la mañana.
—Busco unas semillas. No sé dónde pueden estar si se supone que deberían estar aquí —puse mis manos enguantadas sobre mi rostro, frustrada.
—¿Qué buscas exactamente?
—Girasoles —respondí, algo molesta, aunque traté de controlar mis emociones. No quería que mis ojos se encendieran de azul.
—Te ayudo —se arrodilló y empezó a buscar conmigo. Era alguien muy tranquilo y sereno. Su manera de moverse transmitía paz. Observé su rostro por un segundo. Tan calmado.
—Gracias, ya me estaba desesperando —confesé.
—Aquí están —dijo casi gritando.
—¡Déjame ver! —le arrebaté el paquete—. Sí, sí, son estas. ¿Cómo no pude encontrarlas?
—Estaban al fondo —respondió simplemente. Se levantó y me ofreció la mano para ayudarme a hacerlo también.
—Muchas gracias, de verdad —dije mientras me alejaba. Quería sembrarlas cuanto antes.
—No —me sostuvo del brazo suavemente—. Espera, quería decirte algo.
Su rostro mostraba pena, como si estuviera nervioso. Sus ojos se posaron en los míos con una sonrisa tímida.
—Dime —pregunté con amabilidad.
—Bueno, yo quería… emm… —juntó las manos, frotándolas con tensión—. Quería invitarte a un lugar. ¿Puedes hoy al salir… de este lugar? —señaló a su alrededor.
—Sí, sí —respondí un poco apresurada—. Nos vemos en la salida del edificio, ¿te parece?
—Por supuesto. Nos vemos luego, bonita —añadió. Sentí mi rostro calentarse. Sabía que estaba roja, mis mejillas ardían.
Caminé hasta mi estación y comencé a preparar la tierra con abono y nutrientes. Humedecí con una regadera pequeña antes de poner las semillas. Amaba este lugar, a pesar de los secretos que posiblemente ocultaba. Había un trasfondo y quizá pronto lo descubriría. Mientras regaba, mis pensamientos se detuvieron un poco. Solo imaginaba cómo se verían esas flores al crecer. Amarillas, anaranjadas… En tiempos pasados, los hombres se las regalaban a sus parejas en fechas especiales. Ojalá algún día pudiera recibir un girasol o un ramo.
—Hola Ámbar, ¿cómo estás? —saludó Keiren acercándose. Tenía una pequeña sonrisa, casi imperceptible, pero se notaba. Me hizo sentir bien verlo así.
—Ah, hola Keiren. Estoy bien, ¿y tú? —respondí, observando sus movimientos tranquilos.
—Creo que mejor. No puedo seguir negándome a aceptar mi nueva realidad —encogió los hombros.
—Es cierto —sonreí. Sus ojos recorrieron mi rostro, formando un triángulo entre mis ojos y mis labios. Me intimidó. Bajé la mirada.
—Oye, estaba pensando que podríamos ir al laboratorio esta tarde —propuso—. Pedirle a VR15 que nos ayude a controlar nuestros poderes. Como los mentores, que entrenan a sus seguidores… un entrenamiento, exactamente.
—Me parece una gran idea —aclaré mi voz—. Pero hoy no puedo. Tengo planes.
Su rostro cambió por completo. La emoción se desinfló. —Ah… entiendo. Entonces mañana, cuando estés libre.
—Sí, mañana está perfecto. Yo le escribo a VR15 —respondí.
—Bien. ¿Qué harás hoy? —preguntó sin levantar la mirada.
—Erian me invitó a un lugar. No sé a dónde, pero estoy un poco ansiosa —admití con vergüenza.
—¿Ansiosa?… mmm… no entiendo por qué —rió suavemente.
—Pues… es que es muy guapo y… supongo que estaré a solas con él, y no quiero arruinarlo diciendo cosas raras. No soy muy buena socializando.
—Creo que eres muy buena en eso —respondió—. Solo sé tú. Recuerda que hay cosas que no debes mencionar. Y si él te gusta, pues quizás…
—No, no he dicho que me guste —interrumpí—. Solo me parece atractivo. Como cualquier chico atractivo.
Él suspiró. —No hay mucha diferencia. En fin, ve tranquila. Confía en ti. Se levantó, agitó la mano y se marchó. Había algo nuevo en él. Por un instante creí que estaba feliz… pero me equivoqué. Su rostro volvió a ser serio. Aunque ahora parecía soportarme un poco más, quizá por todo lo que habíamos compartido estos días.
La tierra cedía con facilidad entre mis manos. Terminé de acomodarla hasta que quedó perfectamente distribuido el abono con la tierra. Me levanté y regresé a los estantes para devolver las herramientas que había usado en aquella tarea. Se acercaba la hora del almuerzo y estaba cansada.