Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 12
El beso accidental del sofá
Esa misma tarde, cuando los niños dormían la siesta, agotados después de una mañana de correr por el jardín, Dante me buscó en la sala, con dos tazas de café que no había pedido y que sostenía con una torpeza poco habitual en él, como si no supiera bien qué hacer con las manos.
—Te debo una explicación —dijo, sentándose frente a mí, aunque guardando una distancia cuidadosa en el sofá, como quien mide con regla el espacio prudente—. No puedo darte los detalles todavía. Pero quiero que sepas que no es nada que tenga que ver contigo directamente.
—Está bien. —Y para mi propia sorpresa, era verdad: no necesitaba forzarlo, no sentía el hueco de la mentira—. Todos tenemos secretos que no estamos listos para contar. Yo tengo casi seis años de recuerdos en blanco, así que no soy quién para juzgar el suyo.
—¿Y los tuyos? —Me miró con una curiosidad genuina, inclinándose apenas hacia adelante—. Todavía no sé nada de tu pasado, más allá del accidente.
—Porque no hay mucho que contar, en realidad. Coma cuatro años y medio. Desperté hace seis meses sin memoria de los meses previos al accidente ni de todo lo que vino después. A veces sueño con lluvia y con un llanto que se aleja, y no sé por qué despierto con la cara mojada.
Algo cruzó por su rostro, una sombra fugaz, como si esas palabras hubieran tocado algo enterrado en él también, algo que se removió incómodo bajo la superficie. Bajó la vista hacia su taza, girándola despacio entre los dedos sin llegar a beber.
—Yo también tengo un vacío parecido —murmuró, con la voz más baja de lo habitual—. No de memoria. De… otra cosa. Igual que si hubiera algo importante que se me escapa cada vez que intento alcanzarlo, algo en la punta de los dedos que nunca termino de tocar.
No supe qué decir. Nos quedamos en silencio, cada uno perdido en su propio hueco, el vapor de las tazas de café subiendo entre nosotros, hasta que la puerta se abrió de golpe.
—¡Camila vino! —anunció Don Simón, entrando apresurado, sin aliento—. Dice que quiere ver a los niños. Ya está en el jardín, no logré detenerla a tiempo.
Dante se levantó de inmediato, el rostro endurecido en un segundo, la taza olvidada sobre la mesa, un poco de café derramándose sobre la madera sin que a nadie le importara ya.
—Dile que no es un buen momento. Que se vaya.
—Los niños están asustados —dije, poniéndome de pie también, porque acababa de oír a Luna llorar desde el jardín, un llanto que reconocí de inmediato entre mil.
Corrimos afuera. Luna estaba escondida detrás de mis piernas en cuanto la alcancé, temblando, aferrada a la tela de mi falda, mientras Leo se plantaba delante de su hermana con los puños cerrados, la barbilla en alto como un pequeño guerrero dispuesto a pelear contra alguien tres veces su tamaño.
—¡Vete! —le gritaba a Camila—. ¡No te queremos aquí, vete ya!
—Solo quería saludarlos —insistía Camila, con la voz quebrada, dando un paso hacia los niños que solo consiguió que Luna se apretara más fuerte contra mí.
—Es hora de que se vaya —dijo Dante, interponiéndose entre Camila y los niños con una autoridad que no admitía discusión, la voz cortante como un cuchillo—. Ella no es su niñera. Ella no es una empleada más. Es su madre en todo lo que importa, y ustedes lo saben perfectamente bien.
Camila palideció, murmuró algo ininteligible, y se retiró sin insistir más, lanzándome una última mirada extraña, casi de miedo, antes de subirse a su auto con prisa, sin despedirse. Por un segundo, sus ojos se quedaron fijos en los míos con una intensidad que no encajaba con una simple visita rechazada, algo mucho más parecido al terror.
—¿Por qué siempre pasa lo mismo cuando ella viene? —pregunté, una vez que el auto de Camila desapareció por el camino de grava, todavía con Luna aferrada a mi cintura, temblando.
—No es momento de hablar de eso —respondió Dante, con una sequedad que no era hostil, sino cansada, como si cargara ese secreto desde hacía demasiado tiempo—. Lo prometo, Ximena. Algún día vas a saberlo todo. Pero hoy no.
Me tragué la siguiente pregunta, aunque me quedó atorada en la garganta como una espina. Agachándome, tomé a Luna en brazos, todavía temblorosa, y la sentí relajarse poco a poco contra mi hombro, su respiración calmándose al ritmo de la mía, mientras Leo caminaba pegado a mi otra pierna, todavía con los puños apretados, vigilando el camino por donde Camila se había ido.
Entramos a la casa en silencio, un silencio distinto al de siempre, más denso, cargado de todo lo que nadie decía. Sentí a Dante caminar detrás de nosotros, más lento de lo normal, como si algo lo mantuviera anclado a la escena que acababa de terminar en el jardín. Cuando por fin sentamos a Luna en el sofá con su cobija favorita, él se quedó parado en el umbral un momento largo, observándonos a los tres con una expresión que no supe leer del todo, mitad ternura, mitad algo más pesado, más antiguo.
—◆—
Esa noche, después de la cena, un caos absurdo se desató en la sala: Leo, acusado de haber roto un jarrón mientras jugaba a ser portero de fútbol, corría en círculos entre los muebles mientras Dante intentaba, sin éxito, atraparlo para el sermón correspondiente, ambos riendo a pesar de la seriedad fingida. Me interpuse en medio del enredo para calmar los ánimos, y en el forcejeo, mi mano se cerró por accidente sobre la corbata de Dante, tirando de ella justo cuando él perdía el equilibrio al esquivar a Leo.
Caímos juntos sobre el sofá. Yo encima, él debajo, y por la fuerza del impulso, nuestras bocas se rozaron durante un instante que se estiró más de lo que ninguno de los dos hubiera querido admitir, un roce breve pero completamente real.
Nos quedamos paralizados, los labios apenas a un centímetro, su aliento tibio contra el mío, sus ojos abiertos de par en par mirándome igual que si tampoco él entendiera qué acababa de pasar, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese único centímetro de aire. Podía sentir el latido de su corazón bajo mi mano, todavía apoyada en su pecho, tan rápido como el mío.
Me aparté de un salto, el corazón desbocado, sintiendo la cara arder.
—Perdón, yo… fue un accidente.
—Sí. —Su voz sonó ronca, extraña, distinta a como la había oído antes—. Un accidente.
Leo, que había presenciado toda la escena desde el marco de la puerta con el jarrón roto olvidado a sus pies, soltó una risita que no logró contener, tapándose la boca con las dos manos.
—Se besaron —susurró, con los ojos como platos, girando hacia donde Luna dormía sin haber visto nada—. ¡Luna, Luna, despierta, te lo perdiste!
—No nos besamos —dijimos Dante y yo al mismo tiempo, con una sincronía que solo empeoró las cosas, porque Leo soltó una carcajada tan fuerte que despertó a su hermana de verdad.
—A la cama, los dos —ordenó Dante, con una autoridad que sonaba mucho menos convincente que de costumbre, la voz todavía ronca por lo que fuera que hubiera sentido segundos antes—. Ahora.
Leo obedeció, pero no sin antes lanzarme una mirada por encima del hombro, una mirada de complicidad tan descarada que tuve que morderme el labio para no reírme, a pesar de la vergüenza que todavía me quemaba las mejillas.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo más de lo necesario, ninguno de los dos comentó nada más sobre lo ocurrido esa noche, aunque ambos sabíamos que algo había cambiado, algo pequeño pero irreversible, como una grieta fina en un cristal que hasta entonces había parecido perfecto. Y esa noche, tumbada en mi cama, mirando el techo oscuro, no logré cerrar los ojos sin volver a sentir, una y otra vez, el fantasma de ese roce imposible de olvidar, dibujado con precisión exacta sobre mis propios labios, mientras me preguntaba, sin atreverme a responderme del todo, qué habría pasado si ninguno de los dos se hubiera apartado.