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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:74
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 19

Capítulo 19: 38 de fiebre

El depto de Lucas, en Polanco, olía a limpio y a él. Era luminoso, ordenado con una pulcritud que no cuadraba con un muchacho de veinte, y desde el ventanal se veían las copas de los árboles del barrio. Al fondo, la recámara, con la tina de hidromasaje que se adivinaba tras una puerta entreabierta.

Jenny lo dejó sentado en la orilla de la cama, corrió a la cocina por agua caliente y revolvió los cajones del baño hasta dar con una caja de pastillas para la fiebre.

—A ver, tómate esto. —Volvió con el vaso y una pastilla en la palma—. Y te acuestas derechito. Nada de payasadas, ¿eh? Vine a que te compongas, no a otra cosa.

Lucas estaba acalorado, o eso decía. Se había ido quitando la ropa mientras ella buscaba la medicina —"es que tengo mucho calor, Jenny"— y ahora estaba recostado contra las almohadas con el torso desnudo, la piel joven encendida por la fiebre, el pelo húmedo pegado a la frente. Tenía los párpados caídos, los labios entreabiertos y una expresión inocente y frágil que no pegaba nada con ese cuerpo firme de veinte años. El contraste era, contra toda la voluntad de ella, una tentación en toda regla, y Lucas lo sabía perfectamente. Lo había armado así.

—Me siento mal, Jenny —dijo, con la voz rota justo lo suficiente, y estiró una mano en el aire como pidiendo que se la tomaran.

Ella se acercó a regañadientes. Él tomó la pastilla, bebió el agua a sorbos lentos, dejándose ver débil, indefenso. Y cuando Jenny se inclinó a recoger el vaso de la mesa de noche, la mano de Lucas subió por su muñeca, tibia y firme, y jaló.

—Quédate —murmuró—. Tantito. No te vayas todavía.

—Lucas, estás enfermo. Necesitas dormir.

—Por eso. Cuídame. —La atrajo hacia su pecho, hacia la cama, y bajo sus brazos la fragilidad se le fue transformando en otra cosa, algo tibio y hambriento que no tenía nada de enfermo—. Nadie me cuida más que tú, Jenny. Quédate a cuidarme bien.

—No deberíamos hacer esto hoy —dijo ella, pero no se apartó—. Estás enfermo, Lucas.

—¿Por qué me huyes todo el día? —Le buscó la cara, y en el fondo de esa mirada de niño triste había un filo, una exigencia—. ¿Ya te dio miedo? ¿Ya te arrepentiste de mí?

—No es eso...

—Entonces quédate. —Le rozó el cuello con los labios, justo donde estaba la marca que él mismo había dejado—. Mírame. Estoy ardiendo.

Lucas se detuvo antes de besarla. La mano seguía en su cintura, pero ya no tiraba de ella.

—Si quieres que pare, paro —dijo, mirándola de frente—. Dímelo y te llevo al coche.

Jenny sintió que el suelo se le movía otra vez bajo los pies, igual que aquella primera noche en la suite 1208, igual que siempre que él montaba esa función perfecta de hombre desamparado. «Me está manipulando», pensó con una claridad fría. «Lo sé, lo veo, y aun así lo deseo.» La pesadilla de la madrugada, el diamante rosa de Sebastián, el convenio de divorcio de traje gris: todo se le fue disolviendo en el calor de esa piel. Le sostuvo la nuca, rozó su boca con la de él y respondió contra sus labios:

—No quiero que pares.

El suspiro de Lucas perdió toda apariencia de queja. La recostó con un cuidado que duró apenas hasta que ella lo atrajo encima; después quedaron el calor de la fiebre, la respiración de ambos quebrándose y las manos de Jenny aprendiendo, por segunda vez, exactamente cuánto podía hacerlo temblar.

A varios kilómetros de ahí, a esa misma hora, Sebastián salía temprano de la Torre Alcántara.

No era nada propio de él. El licenciado Alcántara no dejaba juntas a medias ni se iba antes de que se fuera el último del piso. Pero esa tarde había firmado lo urgente de un tirón, había cancelado una reunión de segunda importancia y le había dicho a Iker que se fuera a su casa, que hoy manejaba solo. Iker se lo quedó mirando un segundo de más, sin atreverse a preguntar, y guardó el gesto para pensarlo después.

Sebastián quería sorprender a su esposa. Después de la cena de la otra noche, después de ese "cuando termines tu trabajo" con que ella lo había despachado, había entendido algo que llevaba semanas sin querer ver: que las palabras no le bastaban a Jenny, que nunca le habían bastado, y que si de verdad iba a arreglar las cosas tenía que aparecerse él, en persona, donde ella estuviera. Se pasó por una florería. Se detuvo, con las flores ya en el asiento, y hasta pensó en el restaurante al que podrían ir. Manejó él mismo, sin chofer, con una impaciencia rara en el pecho.

Llegó al edificio del estudio, en la Condesa. Octavo piso, recordó; ella se lo había dicho alguna vez. Subió en el elevador tamborileando los dedos contra el barandal.

El estudio estaba a oscuras. La puerta, cerrada con llave.

Frunció el ceño. Tocó. Nada. Pegó la cara al vidrio esmerilado y forzó la vista: adentro, sobre el respaldo de una silla, colgaba la bolsa de Jenny. La reconoció al instante. La bolsa estaba ahí, con sus cosas, con su celular seguramente. Pero ella no.

Algo pequeño y frío se le movió en el estómago.

Sacó su teléfono y le marcó. Uno, dos, tres tonos. "El teléfono que usted marcó no está disponible..." Colgó y volvió a marcar, más rápido. Lo mismo. No entraba.

Se quedó parado frente a la puerta cerrada, con el teléfono muerto en la mano y una inquietud fría subiéndole por la espalda. Repasó los hechos como quien revisa un contrato: la bolsa adentro, con todo lo de ella; la luz apagada; el estudio cerrado con llave por fuera; y su esposa ilocalizable, un día en que él, por primera vez en meses, había venido a buscarla. Se dijo que seguro había salido a comer, que ya volvería, que no era nada. Pero la voz que se lo decía no le sonaba convencida.

Bajó al elevador. En el trayecto, las puertas se abrieron en un piso intermedio y entró un hombre: alto, de camisa clara, con cara de galán de otra época y dos hoyuelos que no se le borraban ni serio. Traía en la mano una caja de madera y el gesto tranquilo de quien conoce el edificio de memoria. Mateo iba subiendo al estudio a devolver, de pretexto, la caja bento; al ver a aquel desconocido de traje caro que apretaba el botón del estacionamiento con el ceño apretado y el teléfono todavía en la mano, lo miró de reojo. Un hombre así, con esa cara de pocos amigos, no era del barrio de creativos. Memorizó sin querer los rasgos, por costumbre de comerciante que fía y desconfía, y siguió en lo suyo. Bajaron unos pisos en silencio, dándose la espalda, sin que ninguno de los dos sospechara cuánto iba a enredarlos el destino ni que aquel cruce de treinta segundos les iba a costar caro a los tres.

Sebastián subió al coche y, antes de arrancar, marcó a la casa.

—Doña Remedios —dijo—. ¿Ya regresó la señora?

—No, patrón —contestó la voz al otro lado—. La señora todavía no llega. Ella normalmente sale del estudio entre cinco y seis, no antes.

Eran más de las seis.

—Está bien. Gracias.

Colgó. Se quedó un buen rato con las manos sobre el volante, mirando la nada gris del estacionamiento, sin arrancar. Un mal presentimiento, sordo y sin nombre, se le fue asentando en el pecho como agua que se filtra. No eran celos; todavía no sabía —o no quería— ponerle esa palabra. Era solo la certeza incómoda, cada vez más pesada, de que algo, en alguna parte de la ciudad, no estaba donde debía estar. Su esposa no estaba donde debía estar. Y él, que manejaba grupos enteros con una llamada, no tenía ni idea de dónde buscarla.

Las flores seguían en el asiento del copiloto, perdiendo el frescor. Sebastián las miró, apretó la mandíbula y encendió el motor.

En Polanco, la habitación se había quedado en penumbra. Lucas, que de febril tenía cada vez menos, deslizó la mano hasta la nuca de Jenny y la jaló despacio hacia sí.

—Jenny —susurró contra su boca, y ya no había ni rastro de fragilidad en la voz—. No te arrepientas.

Y afuera empezaba a caer la noche sobre la ciudad, sobre los dos hombres que aún no sabían el uno del otro, y sobre la mujer que estaba, otra vez, en el lugar equivocado.

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