Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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PROTOCOLO DE LIMPIEZA CERO
El estático rasposo de los radios militares en frecuencia Ultra Alta Frecuencia (UHF) bajó por la rampa de mármol negro del piso 6 como un susurro cargado de plomo.
—...Sector Penthouse aislado... Proceder a la purga de contención en tres minutos... Sin excepciones de filiación...
Mateo retrocedió dos pasos en la rampa, extendiendo el brazo izquierdo para detener a Don Guillermo, quien ya alzaba la escopeta de caza con el dedo en el gatillo. La nube de polvo de ladrillo aún no se disipaba en el ambiente cuando las primeras dos sombras irrumpieron en la meseta superior de las escaleras.
No eran infectados de movimientos erráticos ni sobrevivientes aterrorizados. Eran dos hombres vestidos con trajes de protección NBQ (Nuclear, Biológica, Química) de color gris plomizo, equipados con máscaras panorámicas de doble filtro de carbón activado, cascos de Kevlar balístico y chalecos tácticos con placas de cerámica reforzada. En los hombros llevaban el insignia bordada en hilo negro del Comando Conjunto de Operaciones Especiales.
Ambos soldados empuñaban fusiles de asalto de calibre 5.56 mm equipados con supresores de destello y linternas tácticas de alta potencia.
El haz de luz blanca de una de las armas barrió el pasillo del piso 5, encandilando a Mateo, a Sofía y a los catorce residentes que se apretujaban tras el marco del apartamento 502.
—¡IDENTIFÍQUENSE! —rugió la voz amplificada por el diafragma de la máscara del primer soldado—. ¡MANOS SOBRE LA CABEZA Y AL SUELO! ¡AHORA!
Don Guillermo, cegado por la linterna táctica y dominado por el pánico acumulado durante horas, no bajó el arma. Comenzó a levantar el cañón de la escopeta de caza hacia la silueta del soldado.
—¡Don Guillermo, no! —gritó Mateo.
El chasquido del cerrojo militar fue instantáneo. Antes de que el anciano pudiera acomodar la culata en su hombro, una ráfaga corta de tres disparos con supresor retumbó en la escalera como tres golpes secos de martillo neumático.
¡PFT-PFT-PFT!
Tres impactos perforaron la puerta de madera del 502 y el piso a centímetros de las botas de Don Guillermo. El impacto cinético de los proyectiles contra las baldosas hizo saltar esquirlas de cerámica que cortaron el tobillo de Marcela. El anciano cayó de espaldas contra la pared, dejando caer la escopeta con los ojos desorbitados de terror, mientras la niña pequeña en el apartamento dejaba escapar un alarido desgarrador.
—¡NO DISPAREN! ¡SOMOS CIVILES Y PERSONAL MÉDICO! —gritó Sofía, poniéndose de rodillas de inmediato con las manos abiertas en el aire, entrelazando los dedos sobre su nuca en la postura de rendición.
Mateo imitó el movimiento de su esposa a escasos centímetros de ella, manteniendo la mirada fija en el suelo para evitar que la luz de las linternas le anulara la visión periférica.
El soldado del frente avanzó dos peldaños por la rampa de mármol. Su fusil no dejó de apuntar al pecho de Mateo. Detrás de él, un tercer hombre de traje gris descendió lentamente. Llevaba en la mano derecha un maletín rígido de resina de alto impacto y en el hombro un dosímetro de radiación y contaminación biológica que emitía un bip constante.
El tercer hombre —un oficial médico o un epidemiólogo asignado a la unidad— acercó la sonda del sensor al aire del piso 5.
El bip del aparato cambió de frecuencia, pasando de un tono pausado a una alarma de tono agudo y continuo.
—Capitán, el piso está comprometido —dijo el oficial técnico a través del canal interno del casco, con una voz fría y desprovista de emoción—. Carga viral en suspensión en el umbral crítico por rotura de muros en el ala sur. Muestra exposición prolongada en los civiles.
El capitán del equipo táctico apoyó la culata del fusil contra su hombro.
—Procedimiento estándar de contención del perímetro hospitalario —respondió el oficial al mando—. No hay transporte de evacuación disponible en el techo. Todos los expuestos son vectores potenciales de esporulación. Iniciar eliminación quirúrgica.