Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
NovelToon tiene autorización de Flor Aguilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El tiempo no se detuvo
Los años pasaron sin pedir permiso.
Cuando Valeria miraba hacia atrás, a veces le parecía increíble que aquella adolescente que corría por las calles del pueblo con una mochila al hombro hubiera sido ella.
Ahora tenía una vida diferente.
La ciudad se había convertido en su hogar. Había terminado sus estudios, conseguido un trabajo y aprendido a desenvolverse por sí misma. Ya no necesitaba que alguien le indicara qué camino tomar.
Pero había cosas que no habían cambiado.
En una caja guardaba las cartas de Mateo.
Nunca las había tirado.
Nunca había sido capaz de hacerlo.
De vez en cuando, cuando estaba sola, abría aquella caja y leía alguna.
No porque esperara que él regresara.
Sino porque aquellas cartas pertenecían a una etapa de su vida que había sido demasiado importante para olvidar.
Mateo también había cambiado.
La vida en la ciudad lo había obligado a madurar rápidamente.
Había terminado sus estudios y comenzado a trabajar. Su relación con Elena se había vuelto cada vez más seria.
Elena era buena con él.
Lo escuchaba.
Lo apoyaba.
Estaba presente cuando Mateo la necesitaba.
Y, con el tiempo, Mateo comenzó a pensar que quizá eso era lo que debía buscar en una relación adulta.
Una tarde, mientras caminaban juntos por una avenida, Elena tomó su mano.
—¿En qué estás pensando?
Mateo sonrió.
—En muchas cosas.
—Eso no es una respuesta.
—En el futuro.
—¿Y qué quieres para tu futuro?
Mateo guardó silencio.
Había muchas respuestas posibles.
Una familia.
Una casa.
Estabilidad.
Pero durante una fracción de segundo apareció otro recuerdo.
Valeria.
La chica que había conocido cuando tenía quince años.
La que había prometido no olvidar.
La que había perdido sin dejar de querer.
Mateo apartó aquel pensamiento.
—Quiero estar tranquilo —respondió.
Elena sonrió.
—Yo también.
No sabía que aquella conversación sería importante años después.
Porque el tiempo estaba preparando una nueva etapa para ambos.
Valeria conoció al hombre que se convertiría en su esposo algunos años después.
No fue una historia de película.
No hubo un amor instantáneo.
Fue algo tranquilo.
Él se llamaba Daniel.
Era trabajador, responsable y tenía una forma de tratarla que le daba seguridad.
Valeria tardó en enamorarse.
Quizá porque una parte de su corazón seguía comparando todo con aquel primer amor.
Pero finalmente entendió que no podía vivir esperando algo que probablemente nunca volvería.
Aceptó la propuesta de matrimonio.
Y comenzó una nueva vida.
Cuando nació su hijo, Valeria sintió que su mundo había cambiado completamente.
Lo llamó Samuel.
Desde el primer momento supo que aquel pequeño sería su prioridad.
Daniel estaba feliz.
Valeria también.
Durante algunos años consiguió dejar de mirar hacia atrás.
La caja de las cartas permaneció guardada.
Cada vez más al fondo de un armario.
Hasta que una noche, mientras buscaba unas cosas, la encontró.
La abrió.
Sacó una de las cartas.
La letra de Mateo seguía allí.
No voy a olvidarte.
Valeria sonrió con tristeza.
—Éramos unos niños —murmuró.
Guardó nuevamente la carta.
Cerró la caja.
Y continuó con su vida.
En el pueblo, mientras tanto, Mateo había formado su propia familia.
Después de varios años de relación, se casó con Elena.
Sus padres estaban orgullosos.
Para ellos, todo había salido como esperaban.
Mateo tenía una esposa que consideraban adecuada, un buen trabajo y una familia que crecía.
Con el tiempo llegaron los hijos.
Mateo descubrió que ser padre era una responsabilidad enorme.
Había noches en las que no dormía.
Días en los que estaba agotado.
Momentos en los que sentía que no sabía qué hacer.
Pero también había una felicidad que nunca había experimentado.
Amaba a sus hijos.
Y quería darles todo lo que él había aprendido.
Elena estaba a su lado.
La vida parecía estable.
Perfecta desde afuera.
Pero había un pequeño espacio en el pasado que Mateo nunca había conseguido cerrar completamente.
Nunca hablaba de Valeria.
Ni siquiera con Elena.
No porque quisiera regresar con ella.
Sino porque algunas historias eran demasiado antiguas para explicarlas.
Una tarde, mientras ordenaba unas cajas, encontró una fotografía.
Era la misma fotografía que había guardado durante años.
Él y Valeria.
Dos adolescentes.
Sonriendo.
Mateo se quedó mirándola.
Elena entró en la habitación.
—¿Qué encontraste?
Mateo guardó rápidamente la fotografía.
—Nada importante.
Elena lo observó.
—¿Seguro?
—Sí.
Ella no insistió.
Pero la expresión de Mateo había cambiado.
Los años siguieron pasando.
Samuel creció.
Era un niño inteligente, curioso y cariñoso.
Valeria siempre intentaba darle una vida tranquila.
Daniel trabajaba mucho y pasaba bastante tiempo fuera de casa.
Aun así, los tres formaban una familia.
Valeria había aprendido a sentirse agradecida por las cosas que tenía.
Ya no pensaba constantemente en el pasado.
Hasta que una noche ocurrió algo inesperado.
Daniel llegó a casa con una expresión extraña.
—Tenemos que hablar.
Valeria dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué pasa?
Él se sentó.
—Me ofrecieron un trabajo en otra ciudad.
—¿Otra vez?
Daniel asintió.
—Es una buena oportunidad.
Valeria sintió una pequeña preocupación.
—¿Tendríamos que mudarnos?
—Sí.
Ella miró hacia la habitación donde Samuel dormía.
—¿Y tú quieres hacerlo?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—Creo que sería bueno para nosotros.
Valeria aceptó.
Una nueva mudanza.
Una nueva etapa.
Pero esta vez no podía imaginar que aquel cambio terminaría acercándola nuevamente al pueblo donde había crecido.
Pasaron varios años más.
La vida de Valeria cambió de manera inesperada.
Daniel enfermó.
Al principio parecía algo que podía superarse.
Los médicos hablaban de tratamientos y recuperación.
Valeria permanecía a su lado.
Samuel también.
Pero con el paso del tiempo la enfermedad empeoró.
Valeria comenzó a sentir que su mundo se desmoronaba.
Había noches en las que permanecía sentada junto a la cama de Daniel, sosteniendo su mano.
—No quiero perderte —le decía.
Daniel intentaba sonreír.
—Tienes que ser fuerte.
—No quiero ser fuerte.
—Tienes que hacerlo por Samuel.
Valeria lloraba.
—Lo sé.
Daniel la miraba con ternura.
—Prométeme que vas a seguir adelante.
—No me pidas eso ahora.
—Prométemelo.
Valeria apretó su mano.
—Te lo prometo.
Poco tiempo después, Daniel murió.
Valeria quedó viuda.
La pérdida la dejó completamente vacía.
Durante meses no supo qué hacer con su vida.
Samuel era quien la obligaba a levantarse cada mañana.
Su hijo necesitaba que ella continuara.
Así que Valeria comenzó a pensar en regresar al único lugar donde alguna vez había sentido que todo era sencillo.
Su pueblo.
No porque quisiera encontrar a alguien.
No porque estuviera buscando un nuevo amor.
Solo quería empezar de nuevo.
—Mamá, ¿de verdad vamos a vivir allí? —preguntó Samuel.
—Sí.
—¿Te gusta ese lugar?
Valeria miró por la ventana.
—Fue mi hogar.
—¿Tenías amigos?
Ella sonrió.
—Muchos.
—¿Y todavía viven allí?
Valeria se quedó pensativa.
—Algunos.
—¿Y tu escuela?
—También está.
Samuel sonrió.
—Entonces quiero verla.
Valeria sintió algo extraño.
Hacía años que no pensaba en aquella escuela.
En aquel salón.
En aquel árbol.
En el río.
En Mateo.
Pero al regresar, inevitablemente tendría que enfrentarse a todos esos recuerdos.
El día de la mudanza llegó.
Valeria cerró la última caja.
Samuel llevó su mochila.
—¿Lista?
Ella respiró profundamente.
—Sí.
Antes de salir, Valeria miró una última vez la casa donde había vivido tantos años.
Luego cerró la puerta.
Durante el viaje, Samuel se quedó dormido.
Valeria condujo en silencio.
Mientras la carretera avanzaba, comenzó a reconocer algunos paisajes.
El corazón le latió con fuerza.
No sabía por qué.
Tal vez era nostalgia.
Tal vez tristeza.
O simplemente el recuerdo de una época que creía olvidada.
Cuando finalmente vio el cartel que anunciaba la entrada al pueblo, disminuyó la velocidad.
Habían pasado muchos años.
Demasiados.
Valeria miró por la ventana.
Las calles habían cambiado.
Algunas casas eran nuevas.
Otras seguían iguales.
La plaza todavía estaba allí.
La iglesia también.
Y, a lo lejos, podía distinguirse la escuela.
Sintió un nudo en la garganta.
No sabía que, en algún lugar de ese mismo pueblo, Mateo continuaba viviendo.
No sabía que sus hijos estudiaban cerca.
No sabía que pronto volverían a encontrarse.
Y mucho menos sabía que sus vidas estaban a punto de cruzarse de una manera que ninguno de los dos había imaginado.
Valeria había regresado buscando paz.
Pero el destino tenía otros planes.
Porque a veces uno vuelve al lugar donde comenzó todo no para recordar el pasado...
sino para descubrir que el pasado todavía tiene algo pendiente que decir.