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EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

Status: Terminada
Genre:Completas
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6. ABANDONADOS A LA DERIVA

Vestirse con la misma ropa de la noche anterior debería ser un delito penal, pero en ese momento era lo último que me importaba. Me subí el cierre del vestido negro con dedos torpes y furiosos, mientras Héctor se abrochaba la camisa blanca a medio planchar, con una expresión tan oscura que parecía que iba a matar a alguien con la mirada. No nos dirigimos la palabra mientras salíamos del camarote. La tensión entre nosotros ya no era sexual; era pura pólvora corporativa a punto de estallar.

Caminamos a pasos agigantados por los pasillos alfombrados hacia la zona de las suites reales, el sector más ridículamente caro del barco donde se hospedaban nuestros padres. Yo iba al frente, sintiendo cómo el labial rojo que me había retocado a la rápida funcionaba como mi pintura de guerra. Héctor iba a mi lado, con los puños metidos en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tan apretada que juraría escuchar el crujir de sus dientes.

—Suite mil cuatrocientos dos —masculló Héctor cuando nos detuvimos frente a una enorme puerta de madera de caoba con acabados dorados—. Esta es la de mi viejo. La de tu padre es la de al lado.

No me molesté en tocar el timbre. Golpeé la madera con los nudillos con una fuerza salvaje que hizo eco en todo el pasillo VIP.

—¡Papá! ¡Abre la maldita puerta ahora mismo! ¡Sé lo que hicieron y esto se va a terminar ya! —grité, ignorando por completo la diplomacia que suelo usar en las juntas de Índigo Gastronómica.

Nadie respondió. El pasillo se quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado del crucero. Héctor me apartó suavemente con el brazo y probó la manija de la puerta. Para nuestra sorpresa, cedió de inmediato. La puerta estaba sin seguro.

Entramos como un torbellino, listos para desatar la tercera guerra mundial, pero la suite estaba completamente vacía. Las maletas no estaban, las camas de lujo estaban perfectamente tendidas y la habitación lucía impecable, como si nadie hubiera dormido allí la noche anterior. En la mesa central de la sala, justo al lado de una botella de champán sin abrir, había un sobre blanco con nuestros nombres impresos en letras doradas.

Héctor se adelantó, tomó el sobre de un tirón y lo rasgó. Sacó una sola hoja de papel membretado del crucero y leyó en voz alta, su voz volviéndose cada vez más gélida a medida que avanzaba:

“Queridos hijos: Si están leyendo esto, significa que ya han descubierto el certificado y que la resaca ha comenzado a pasar. No nos busquen por el barco. Una lancha privada de la constructora de la Vega nos recogió a las seis de la mañana en una parada técnica programada cerca de la costa. Nos pareció que la mejor manera de que procesen su nueva realidad es dándoles espacio a solas. Tienen cinco días más de crucero por delante antes de que el barco regrese al puerto de la ciudad. Consideren este viaje como su primera prueba de convivencia. Las oficinas de relaciones públicas de ambas empresas ya tienen las instrucciones para anunciar la fusión comercial el próximo lunes. Disfruten del paisaje. Con cariño, sus padres.”

—¡Se han ido! —grité, perdiendo los estribos por completo y lanzando un jarrón decorativo de la mesa contra la pared. El cristal se estrelló en mil pedazos, pero no alivió en absoluto el fuego que sentía en el pecho—. ¡Nos han dejado tirados en mitad del océano! ¡Nos encerraron en una trampa y huyeron como ratas!

—Ese viejo infeliz... —Héctor arrugó el papel en su puño con una fuerza brutal, sus ojos grises destellando una furia peligrosa—. Lo tenía todo planeado desde que me sugirió el dichoso viaje de negocios. Sabía que si nos quedábamos en tierra firme, habríamos buscado a nuestros abogados en menos de una hora para destrozar ese papel de matrimonio.

—¡Pues busquemos un teléfono! ¡Llamemos a la capitanía! —exigí, caminando hacia el teléfono de la suite, pero al levantar el auricular, no había tono—. ¿Qué demonios pasa con esto?

—No te gastes, Claudia —dijo Héctor, caminando hacia el ventanal que daba a la cubierta privada—. Mira afuera.

Me acerqué al cristal. La suite tenía vista a la zona de antenas y radares del barco. Había un letrero de "Mantenimiento" bloqueando el acceso al centro de comunicaciones. Nuestros padres tenían suficiente dinero e influencias como para sobornar a la tripulación entera y cortar nuestra comunicación exterior durante el viaje si así lo deseaban. Estábamos completamente incomunicados en una jaula de oro flotante.

Me dejé caer en el sofá de la suite, pasándome las manos por la cara. La cabeza me volvía a doler con fuerza. A mis veintiséis años, había manejado crisis de proveedores, huelgas de personal y devaluaciones financieras, pero nada me había preparado para ser secuestrada legalmente por mi propio padre.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, mirando a Héctor. Por primera vez en el día, mi voz no sonaba furiosa, sino extrañamente vacía, cansada.

Héctor se giró, apoyándose contra la barandilla de la suite. Nos miramos fijamente, y en ese momento de desespero, una extraña chispa de comprensión mutua cruzó entre los dos. Éramos rivales, sí. Éramos arrogantes, también. Pero ambos éramos tiburones de los negocios, y un tiburón no se deja morir de hambre solo porque le cambiaron el tanque de agua.

—Hacemos un pacto, girlboss —dijo Héctor, caminando lentamente hacia mí y deteniéndose a un par de pasos. Su presencia volvía a sentirse imponente, magnética—. Odiamos a nuestros padres. Odiamos este matrimonio. En eso estamos de acuerdo, ¿verdad?

—Totalmente —respondí, enderezando la espalda.

—Bien. El lunes, cuando el barco atraque, los medios van a estar esperando el gran anuncio de la fusión. Si salimos del barco gritando que fue un fraude y que nos drogaron, las acciones de Índigo Gastronómica y de mi constructora van a valer menos que el papel de baño de este crucero. Perderemos el control de nuestras propias empresas ante las juntas directivas por causar un escándalo de inestabilidad mental.

Tragué saliva. Detestaba admitirlo, pero el maldito mujeriego tenía toda la razón del mundo. El mercado financiero odia la impredecibilidad.

—¿Cuál es tu propuesta, de la Vega? —pregunté, cruzando los brazos.

—Fingir, Claudia —sonrió de lado, una sonrisa fría pero decidida—. Vamos a jugar su maldito juego durante el viaje. Nadie en este barco debe saber que nos queremos arrancar los ojos. Ante la tripulación y los pocos empresarios a bordo, seremos la pareja perfecta que se enamoró locamente en una noche. Mantendremos las empresas estables. Y mientras tanto, usaremos estos cinco días para planificar cómo destruir el acuerdo de nuestros padres desde adentro, sin perder un solo centavo de nuestros imperios. Una alianza temporal. Una tregua de guerra.

Miré su mano extendida hacia mí. Tenía dedos largos, firmes, la misma mano que anoche me había sujetado con una urgencia salvaje. Sabía que aceptar esto significaba pasar cinco días enteros compartiendo el mismo camarote, fingiendo ante el mundo y resistiendo una atracción física que seguía latente a pesar de la furia. Era un juego peligroso, casi oscuro, donde las líneas entre el odio y el deseo iban a borrarse muy rápido.

—Trato hecho, de la Vega —dije, estrechando su mano con firmeza—. Pero que te quede claro una cosa: en cuanto pisemos tierra firme y salvemos las acciones, te voy a pedir el divorcio más caro de tu jodida vida.

Héctor soltó una risa ronca, cerrando el agarre sobre mi mano con una fuerza que me hizo contener el aliento.

—Que gane el mejor, mi hermosa esposa —susurró con un brillo oscuro en sus ojos grises.

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Doris Torre
excelente novela 👍
Faby Mena
Estoy impresionada por la escritura y trama de esta novela. muchas felicitaciones.
Isabella Varela
EXCELENTE NOVELA ,FELICITACIONES A LA AUTORA, BUENA TRAMA ,SIN EXCESO DE VIOLENCIA ,PERSONAJES MUY RECURSIVOS ( PROTAGONISTA)
Violette Hernandez
jajajaja eso les paso por calientes y con el ego inflado
Violette Hernandez
interesante 🤔🧐 aunque ella ya es ceo de sus restaurantes y él aunque es ceo la empresa y negocios son de su padre, una desventaja 😌
Graciela Zugarramurdi
Muy linda novela,espero ansiosa los proximos capitulos ,incluido el final
EM
que bello🥰
Perla Arbos
Excelente historia!!!. Felicitaciones!!!
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