Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 8: La regla rota
La habitación del primer piso de la posada El Cisne Blanco conservaba el calor del fuego de leña que crujía rítmicamente en la chimenea de piedra caliza. El ardor de los troncos de roble proyectaba sombras largas y doradas sobre las paredes de madera de pino y la amplia cama de dos doseles que dominaba el centro del aposento. Fuera, la brisa de la noche acariciaba suavemente los cristales de la ventana, como un susurro lejano de la tormenta que horas antes los había empujado a refugiarse en la choza del bosque.
Una gran tina de roble pulido, humeante y llena hasta el borde con agua caliente infusionada con flores de lavanda silvestre, descansaba cerca de la chimenea. El vapor denso y perfumado se elevaba en espirales parsimoniosas, mezclándose con el aroma a cera de abejas de las velas de sebo encendidas sobre la repisa.
Lordian cerró la pesada puerta de roble de la habitación. El chasquido seco del cerrojo al encajar en el marco resonó en el espacio cerrado como la cancelación definitiva de todas las leyes, etiquetas y distancias del mundo exterior. Durante años, Lordian Augustus Montagu, noveno duque de Blackwood —oculto tras la sobria identidad de Lordian Vance—, había gobernado cada aspecto de su vida con una disciplina implacable. Cada movimiento, cada palabra, cada gesto diplomático estaba regido por la razón y el autocontrol absoluto. Sin embargo, al girarse y fijar la mirada en Genevieve, sintió que la última barrera de su armadura contenida se desintegraba en el calor de la estancia.
Genevieve permanecía de pie junto a la tina de baño. Se había despojado del delantal de lana húmedo y se encontraba solo con su sencillo vestido verde musgo. Su cabello castaño, seco tras el calor del trayecto, caía en bucles desordenados y salvajes sobre sus hombros. La luz dorada del fuego perfilaba su figura, resaltando el rubor cálido de sus mejillas y el brillo de sus ojos avellana, que lo observaban con una mezcla de picardía contenida y expectativa abrasadora.
—Señor Vance —comenzó ella, rompiendo el silencio con esa voz melosa y divertida que a él le revolvía las entrañas—, ha dejado el cerrojo echado. ¿Es que teme que los fantasmas de la campiña vengan a exigirle cuentas sobre su corbata perdida?
Lordian dio dos pasos lentos hacia ella. Ya no llevaba el abrigo de viaje; su camisa de lino blanco, desabrochada en el cuello y sin la corbata de seda, dejaba al descubierto el nacimiento firme de su pecho y la clavícula esculpida. Su presencia imponente llenaba por completo el aposento.
—Los únicos fantasmas que me preocupan en este momento, Genevieve —respondió él con una voz grave, profunda y teñida de un matiz rasposo que le hizo dar a ella un vuelco al corazón—, son los de mi propia frialdad. Y creo que usted ha demostrado una habilidad casi aterradora para exorcizarlos a todos.
Genevieve ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa lenta. Dio un paso hacia él, caminando con sus pies descalzos sobre la alfombra de lana rústica hasta detenerse a solo una pulgada de su torso.
—¿Frialdad? —murmuró ella, alzando la mano derecha para apoyar la palma directamente sobre el pecho del duque, justo donde su corazón latía con una fuerza desbocada—. El hombre que me besó en la choza mientras la lluvia caía no tenía ni una sola gota de hielo en las venas. Tenía fuego. Un fuego peligroso, debo añadir.
—Un fuego que usted encendió al robarme la libreta y enseñarme a desobedecer —replicó él, bajando la mano para cubrir los dedos de la joven sobre su pecho. Lordian entrelazó sus dedos con los de ella, apretándolos con una firmeza posesiva pero infinitamente delicada—. Toda mi vida me han enseñado que la emoción sin control es la causa de la ruina de los hombres. Se me educó para medir el margen de error, para sopesar los costes de cada impulso. Pero cuando la miro a usted... cuando la tengo a esta distancia... la razón me parece una herramienta absurdamente inútil.
—Entonces no la use —susurró Genevieve, elevando la mirada hacia los labios de él—. Deje de medir. Deje de calcular. Esta noche no hay margen de error, Lordian. Solo estamos nosotros.
El sonido de su nombre propio pronunciado por ella en ese hilo de voz temblorosa terminó por hacer trizas la última reserva del duque. Lordian deslizó sus manos por el talle de Genevieve y la atrajo hacia sí con un impulso decidido, eliminando el último milímetro de espacio entre sus cuerpos. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, denso y desesperado, un choque de brasas que llevaba todo el día fraguándose a fuego lento.
Genevieve ahogó un gemido contra la boca de Lordian al sentir la fuerza dominante con la que él la sostenía. Sus brazos volaron al instante alrededor del cuello del duque, tirando de él hacia abajo, mientras sus dedos se perdían en la masa espesa y oscura de su cabello. Lordian profundizó el beso con una maestría física que dejó a la muchacha sin aliento, inclinando su cabeza para adueñarse por completo de su aliento, saboreando la dulzura cálida de su boca con una pasión que no entendía de títulos ni de etiquetas.
Con pasos firmes y sin romper el contacto de sus labios, Lordian la guió hacia el borde de la gran cama de madera. Cuando las piernas de Genevieve rozaron el colchón cubierto de sábanas de lino fresco, él se separó apenas dos centímetros, dejando que sus respiraciones entrecortadas se mezclaran en el espacio reducido.
Los ojos de Lordian, oscurecidos por un deseo voraz y absoluto, recorrieron el rostro de la joven. Con dedos temblorosos por la intensidad del momento, bajó la vista hacia las cintas de tela que sujetaban el corpiño del vestido verde de Genevieve.
—¿Puedo? —preguntó él en un aliento áspero, manteniendo la mirada fija en sus ojos.
Genevieve sintió un estremecimiento de calor puro recorrerle la columna vertebral. La vulnerabilidad de aquel hombre todopoderoso pidiéndole permiso le pareció la cosa más sensual que había experimentado en su vida.
—Si no lo hace usted, lo haré yo —respondió ella con una chispa de su audacia habitual, aunque el temblor de sus manos traicionaba su propio nerviosismo.
Lordian sonrió, una sonrisa lenta, masculina y de una belleza arrolladora que le transformó el rostro por completo. Con paciencia meticulosa, sus dedos deshicieron los nudos de las cintas de tela del vestido. La prenda de lana verde se abrió poco a poco, deslizándose por los hombros de Genevieve hasta caer al suelo en un halo de tela, dejando a la muchacha únicamente con su camisón fino de lino blanco.
La luz del fuego atravesaba la tela delgada del camisón, revelando la silueta perfecta de sus curvas, la madurez de sus caderas y la firmeza de sus pechos elevándose al ritmo acelerado de su respiración. Lordian contuvo el aliento. Sus manos, habitualmente frías e impasibles, buscaron la piel expuesta de los hombros de ella. El contacto de sus palmas tibias contra la piel suave de Genevieve provocó que ella cerrara los ojos y dejara escapar un largo suspiro de placer.
—Eres magnífica, Genevieve —murmuró él contra la línea de su cuello, bajando la boca para trazar un rastro de besos ardientes sobre su clavícula—. Absolutamente insoportable, exasperante... y dolorosamente hermosa.
Genevieve echó la cabeza hacia atrás, entregándose al contacto de sus labios. Las manos de Lordian descendieron por su espalda, desabrochando con agilidad los lazos del camisón hasta despojarla de la última barrera de tela. Al verla completamente desnuda bajo la luz dorada de la chimenea, los ojos del duque brillaron con una devoción casi sagrada. No había prisa en sus movimientos; cada caricia era una conquista lenta, un aprendizaje deliberado de las geografías de su cuerpo.
Él se deshizo rápidamente de su propia camisa y botas, quedando con el torso desnudo y marcado por una musculatura sobria y firme. Cuando volvió a inclinarse sobre ella en la cama, el contacto piel con piel fue una sacudida eléctrica que hizo gemir a Genevieve.
Lordian la cubrió con su cuerpo, usando sus brazos para sostener parte de su peso mientras sus manos acariciaban la curva de los muslos de la joven, abriendo paso con una delicadeza posesiva. Genevieve se arqueó hacia él, buscando el calor de su vientre, enredando sus piernas alrededor de las caderas del duque con un deseo salvaje que ya no atendía a razonamientos.
—Mírame, Genevieve —pidió Lordian con voz ronca, apoyando su frente contra la de ella mientras la punta de su virilidad rozaba el centro cálido de su intimidad.
Ella abrió los ojos, clavando sus pupilas dilatadas en la mirada abrasadora del duque. En el fondo de aquellos ojos oscuros ya no estaba el aristócrata rígido de la corte, ni el hombre de negocios aburrido: estaba el hombre que la amaba con una intensidad devoradora.
—Te veo, Lordian —susurró ella, apretando sus manos contra los hombros marcados de él—. Y no quiero que te detengas.
Con un movimiento lento, firme y profundo, Lordian se hundió en ella por completo. Genevieve ahogó un grito de placer puro contra el hombro del duque, clavando sus uñas en la espalda de él mientras la sensación de plenitud e intensidad la invadía sin remedio. Lordian permaneció inmóvil un segundo dentro de ella, conteniendo el aliento, disfrutando del estrecho y ardiente abrazo de su cuerpo, antes de comenzar un ritmo pausado, denso y cadencioso.
El ritmo de sus cuerpos sobre la cama se volvió la única música en la habitación. Cada embestida de Lordian era profunda, cargada de una pasión contenida durante años que ahora encontraba su curso natural. Genevieve respondía a cada empuje con un balanceo de caderas instintivo, elevándose hacia él, ahogándose en la marea de sensaciones que amenazaba con hacer estallar su cordura. Los besos se sucedían sin tregua: húmedos, hambrientos, sellando sus promesas en la penumbra.
El calor en la estancia creció hasta volverse casi insoportable. Las respiraciones se convirtieron en jadeos al unísono, las manos se apretaron contra las sábanas de lino y la entrega mutua alcanzó una velocidad desbocada. Lordian aceleró sus movimientos, llevado por la locura dulce de la joven que se retorcía bajo su cuerpo, llamándolo por su nombre entre gemidos desesperados.
—Lordian... ¡Lordian! —clamó ella, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies mientras un estallido de placer intenso y deslumbrante la recorría desde las entrañas hasta la punta de los dedos.
Al sentir la contracción convulsa y dichosa del cuerpo de Genevieve alrededor del suyo, Lordian perdió el último rastro de control. Con un gruñido grave que nació en lo más profundo de su pecho, se entregó al clímax más devastador de su vida, vaciándose en ella con una vehemencia que hizo temblar su propia estructura antes de dejarse caer exhausto sobre su pecho.
El fuego de la chimenea se había reducido a un lecho de brasas rojas que emitía un calor dulce y constante. El silencio en la habitación era absoluto, interrumpido únicamente por el compás pausado de sus respiraciones que volvían poco a poco a la normalidad.
Lordian descansaba de lado, abrazando a Genevieve por la cintura y manteniendo la espalda de la chica pegada a su torso. La sábana de lino los cubría a ambos hasta las caderas. Los dedos de Lordian trazaban círculos perezosos sobre la piel suave del vientre de la joven, un gesto de una ternura tan profunda que parecía impropio de su estampa impasible.
Genevieve, con la cabeza apoyada en el brazo del duque, suspiró con satisfacción, entrelazando sus dedos con los de él sobre su abdomen.
—Dígame, señor Vance... —murmuró ella con una sonrisa ensoñadora—... ¿cuántos puntos de eficiencia le otorga a este encuentro en su balance general?
Lordian dejó escapar una risita baja, un sonido cálido que resonó contra la nuca de Genevieve.
—He roto todas las reglas de mi manual —confesó él, besándole suavemente el hombro expuesto—. He olvidado el tiempo, he destruido el margen de error y he permitido que una muchacha silvestre arruine por completo mi capacidad de cálculo. Y sin embargo... jamás me he sentido tan inmensamente rico.
Genevieve se giró entre sus brazos para mirarlo de frente. Apoyó la barbilla en el pecho desnudo del duque y lo observó con una mirada serena y profunda.
—Mañana el sol volverá a salir, Lordian —dijo ella en un tono más suave, rozando el mentón de él—. Y la posada estará llena de caminos que se separan. Las reglas del mundo exterior siguen allí fuera.
Lordian la miró fijamente, con una firmeza en los ojos que no dejaba lugar a dudas.
—Las reglas del mundo exterior tendrán que aprender a adaptarse, Genevieve —sentenció él, sellando sus palabras con un beso tierno en sus labios—. Porque el hombre que entró en esta choza ya no existe. Y al hombre que está aquí contigo... nadie lo separará de su viento.