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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:132
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

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Capítulo 5

Capítulo 5: El Tigre detrás de la fachada

Al día siguiente, mientras Camila dormía en su cuartucho del sexto piso soñando con exámenes, del otro lado de Ciudad Bravo despertaba otro mundo.

En lo alto de Lomas de Cristal, la colina de los ricos, una mansión de piedra y vidrio se abría al amanecer. Jardines cuidados al milímetro, una fuente, hombres armados fingiendo ser jardineros. Ese era el verdadero domicilio de Dante Salazar. No el cuartucho del sexto piso, con su parrilla eléctrica y su foco fundido. Ese departamento ruinoso era otra cosa: era el último lugar donde vivió su madre, el único techo bajo el que ella fue, a ratos, casi feliz. Por eso lo conservaba. Por eso dormía ahí a veces, entre paredes descarapeladas, con el retrato de la difunta en la repisa.

Porque el hombre que la noche anterior le había preparado sopa de fideo a una mesera, el vecino humilde que salía a la escalera a que se le fuera el olor a alcohol, era en verdad el Tigre.

Así lo llamaban en los bajos fondos de dos plazas. El dueño real del Club Zafiro y del Imperial, de la casa de apuestas la Timba, de media docena de giros rojos y de la carga que entraba de noche por el Puerto. El hombre cuya sola risa, la noche anterior, había puesto de pie a una sala llena de peces gordos. Lorenzo del Valle, el de los lentes finos que Camila creyó importante, no era más que un testaferro: una firma, una cara pública, un paraguas de papel para que los negocios sucios se vieran limpios. Y ese testaferro había cometido, esos días, el error de su vida: mandar espiar a su propio dueño con microcámaras.

El hombre golpeado del cuartito, la cuchillada, el cuerpo dejado donde el señor del Valle desayunaba: todo eso había sido el recado de Dante. Y había funcionado. Esa mañana, Lorenzo del Valle llegó a la mansión de Lomas de Cristal pálido, con las manos temblando, a jurar lealtad y a pedir perdón. Dante lo recibió en el estudio sin levantar la voz una sola vez, y lo dejó ir vivo, que era ya un regalo. El dominio quedó afianzado. En el mundo del Tigre, la sangre no era rabia: era gramática. Una sola frase que todos entendían.

Sobre el hombro izquierdo de Dante, mientras se vestía frente al espejo, el jaguar negro parecía respirar con cada movimiento del músculo. Y en el pecho, sobre el corazón, colgaba la medalla oscura de su madre.

Beto Fierro llegó con el parte del día: las cuentas del Puerto, un problema con un cargamento, dos hombres que había que ver. Dante lo escuchó todo de pie, con los brazos cruzados. Y al final, cuando Beto ya guardaba su libretita, Dante dijo, sin darle importancia:

—¿Se hizo lo de la mesa?

Beto parpadeó.

—¿La… la mesa del cuarto de limpieza del Zafiro? Sí, patrón. Y el foco. Puse uno de los buenos, de los blancos. —Se rascó la nuca—. Oiga, patrón, con todo respeto… ¿de qué se trata? Llevo quince años con usted. Lo he visto pedir muchas cosas. Nunca una mesa de estudiante.

Dante no le contestó. Se puso el saco.

—Y el departamento de enfrente al mío —agregó—. El seis. El casero. Dile que ya no le cobre la humedad ni la reparación de la ventana. Que arregle el foco del pasillo. Que si la muchacha del seis pregunta, diga que es cortesía del edificio por antigüedad.

—El… ¿el seis, patrón? —Beto anotó, cada vez más perdido—. ¿La estudiante? ¿La mesera nueva?

—Camila Cordero —dijo Dante, y el solo nombre en su boca sonó distinto, más despacio—. Y que doña Lupe no la vuelva a subir a atender reservados. Que la deje en el salón, o mejor en caja. Y que la trate bien.

Beto guardó la libreta y se aventuró, con la confianza de los quince años:

—Patrón… ¿quién es esa muchacha?

Dante se acomodó el cuello de la camisa frente al espejo. En el reflejo, el jaguar desapareció bajo la tela. Tardó en contestar.

—Una que me enseñó a ahorrar en el vino —dijo, y en la comisura de la boca le tembló, otra vez, esa media sonrisa que a sus hombres los ponía nerviosos porque no sabían leerla—. Resultó divertida.

No dijo más. Pero Beto, que lo conocía como nadie, salió del estudio con una sensación rara en el estómago. En quince años nunca había visto al Tigre interesarse por nadie. Ni por una mujer, ni por un amigo, ni por nada que no fuera el poder y la memoria de su madre. El Tigre era un témpano. Y los témpanos, cuando empiezan a gotear, es porque algo, en alguna parte, se está calentando.

Del otro lado de la ciudad, Camila despertó tarde, se preparó un café aguado y bajó corriendo a la facultad. Y a lo largo de esa semana empezó a notar cosas. Cosas pequeñas, inexplicables, que no le cuadraban.

El foco del pasillo, fundido desde hacía meses, amaneció un día encendido, nuevo. Cuando le preguntó al casero cuánto le tocaba de la reparación de su ventana rota, el hombre —que siempre le cobraba hasta el aire— le dijo, esquivando la mirada, que "esa iba por cuenta de la administración, por antigüedad". La humedad de su cuarto, que llevaba un año creciendo en la pared como un mapa, apareció un lunes reparada y pintada, sin que ella pidiera nada.

En el Zafiro, doña Lupe, que la primera noche la había tasado como a una res, de pronto la trataba distinto: ya no la mandaba a los reservados, la dejó en la caja —el puesto bueno, el que todas peleaban—, le guardaba de cenar, le decía "mija" con otra suavidad.

Y en el cuarto de servicio, donde ella se metía a estudiar de madrugada, la mesa vieja y coja había sido reemplazada por una alta, firme, con una silla de verdad, bajo un foco blanco y potente que le dejaba leer sin forzar la vista.

Camila se paró frente a esa mesa nueva la primera vez y se quedó mirándola un buen rato, con el ceño fruncido.

Qué raro, pensó. Puras casualidades a mi favor. Como si alguien…

Pero desechó la idea antes de terminarla. ¿Quién iba a hacer todo eso por ella? Nadie tenía por qué. No conocía a nadie con dinero. Su vecino era un pobre mesero como ella, que apenas si tenía para muebles. Seguro era, como decían todos, cortesía del edificio, buena racha, coincidencias. La vida, que de repente se portaba menos cruel.

Se sentó en la silla nueva, encendió el foco blanco, abrió los apuntes, y por primera vez en semanas estudió cómoda, sin encorvarse, sin entrecerrar los ojos. Sonrió sola. "Qué bueno que las cosas a veces salen bien", pensó.

No supo —no podía saber— que a esa misma hora, en la mansión de Lomas de Cristal, un hombre miraba en la pantalla de su teléfono la imagen de una cámara escondida en el pasillo del sexto piso: la puerta del departamento seis, la luz encendida adentro, la sombra de una muchacha estudiando. Y que ese hombre, dueño de dos plazas, temido por capos y por políticos, se quedaba viendo esa sombra más rato del que ningún negocio justificaba, dándole vueltas a un cigarro que no encendía, con una calma extraña en la cara.

Dante apagó la pantalla. Afuera, sobre Lomas de Cristal, caía la noche sobre la ciudad que era suya.

La venda seguía en los ojos de Camila. La pregunta ya no era si se le iba a caer. Era cuándo. Y qué tan hondo estaría metida ella, para entonces, en la vida del hombre de enfrente.

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