Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.
Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.
Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.
Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.
Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.
¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?
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Capítulo 2
Capítulo 2: Siete años de deuda ajena
La doble puerta del quirófano se abrió con un suspiro de aire frío y Renata salió quitándose el gorro. Tenía la nuca empapada y las manos todavía firmes, esa firmeza rara que solo le quedaba después de cerrar bien.
El doctor Horacio Zamora la esperaba apoyado en la pared, con una sonrisa que en él equivalía a un abrazo.
—Cuarenta minutos —dijo—. Yo le dije a los de arriba que se podía. Dos de tus colegas firmaron que el paciente era inoperable, ¿lo sabías? Lo mandaron a cuidados paliativos esta mañana.
—Lo sé. —Renata se bajó el cubrebocas hasta el cuello—. Por eso lo subí al quirófano antes de que alguno cambiara de opinión.
Zamora soltó una risa baja y caminó a su lado por el pasillo. Bajó la voz.
—Sigue pendiente tu nombramiento. Jefa de la unidad. El consejo se reúne en quince días y hay dos que te tienen ganas, así que de aquí a entonces no le des municiones a nadie. Yo te estoy cubriendo, pero cúbrete tú también.
—Gracias.
Lo dijo seca, sin adornos. En otra persona habría sonado a ingratitud. Zamora la conocía desde que era residente y sabía leerla: aquella sequedad no era desprecio, era una costumbre vieja, una manera de no deberle nada a nadie. No se molestó. Le apretó el hombro un segundo y la dejó ir hacia los vestidores.
Renata se cambió en silencio. Colgó la bata, abrió el casillero y sacó el teléfono.
Una llamada perdida. Un mensaje de voz.
El nombre en la pantalla decía Papá.
Lo miró tres segundos exactos. No más. Después puso el dedo sobre el buzón y se llevó el aparato a la oreja mientras se abrochaba el reloj con la otra mano.
"Hola, soy yo. Necesito que vengas a la casa hoy en la tarde. Es… Es por la familia. Te necesito aquí. Eres nuestra hija."
Esa última frase. Renata se quedó mirando el interior del casillero sin verlo. Siete años llevaba escuchando la misma fórmula. Cada vez que Hugo Beltrán decía "es por la familia", a alguien le tocaba pagar algo, y casi siempre le tocaba a ella. La familia era una cuenta abierta a su nombre que nunca terminaba de saldarse.
Devolvió la llamada. Contestó al primer tono, como si hubiera estado con el teléfono en la mano.
—Renata. Qué bueno que llamas. —Hablaba rápido, en ese código suyo que evitaba decir las cosas por su nombre—. Necesito que vengas hoy. Es urgente. No es por teléfono. Es por la familia, ya sabes, una cosa que solo podemos resolver entre nosotros.
—Estoy saliendo de cirugía.
—En la tarde. A las siete. ¿Puedes?
Renata cerró el casillero. Sin darse cuenta, su mano izquierda se había cerrado en un puño, los nudillos blancos, la cicatriz pálida que le cruzaba el pulgar tensándose con el resto de la piel. No sabía por qué su cuerpo hacía eso cada vez que esa casa la llamaba. O sí lo sabía, y prefería no mirarlo de frente.
—Voy en una hora —dijo, y colgó antes de que él agradeciera.
Salió de los vestidores con el saco al brazo. El pasillo de neurocirugía daba al vestíbulo grande del hospital, y el vestíbulo estaba más lleno de lo normal: tripiés, una pantalla reflectante, una chica de producción con un fólder. Una sesión de fotos. Una de esas campañas benéficas que el hospital armaba para salir en las revistas.
En el centro de las luces, con una bata blanca que nunca había usado para nada, posaba Julián Ríos.
Renata no aminoró el paso.
Él la vio. Claro que la vio; Julián siempre sabía exactamente quién entraba a un cuarto y qué tan importante era. El maquillista todavía le retocaba la frente cuando se enderezó, separó los labios y dio medio paso fuera de la marca de cinta en el piso.
—Renata.
Lo dijo con esa entonación cuidada que usaba para los reencuentros, la que daba por hecho que del otro lado había ganas de detenerse.
Renata no se detuvo. Pasó a tres metros de él, sin girar la cara más de lo necesario.
—Tengo prisa, Julián.
Y dobló la esquina hacia la salida antes de que él alcanzara a montar la segunda frase. Atrás quedó el clic de una cámara y la voz de la chica de producción pidiendo silencio en el set.
—————
La puerta automática la escupió al mediodía caliente de la calle. El ruido de los coches, un organillero a media cuadra, el olor a elote asado de un puesto en la esquina. Renata buscó las llaves en el bolso y avanzó hacia el estacionamiento.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez el nombre era otro, y la cara de Renata se aflojó medio grado.
—Ximena.
—¿Por qué tienes esa voz? —La pregunta llegó directa, sin saludo, como llegaban todas las de Ximena Toledo—. Te oigo rara. ¿Otra vez te hablaron de esa casa?
Renata no se molestó en negarlo. Su comadre llevaba quince años leyéndole los silencios y no le quedaban mentiras nuevas que contarle.
—Me hablaron.
—¿Qué quieren ahora?
—Voy para allá a averiguarlo.
Del otro lado hubo una pausa cargada, ese resoplido tan suyo.
—Renata, esa gente no te merece. Lo digo en serio. El día que dejes de contestarles el teléfono te invito un tequila. —Bajó la voz—. ¿Quieres que te acompañe?
—No hace falta —dijo, sin dejar de caminar—. Yo me encargo.
—Eso dices siempre. —Otro silencio—. Me marcas saliendo. Aunque sea para insultarme. ¿Me oíste?
—Te oí. —Y antes de colgar, casi sin querer, lo más parecido a un gracias que le salía—: Yo te marco.
Guardó el teléfono.
Pasó frente a una farmacia. En el aparador, entre los protectores solares y las básculas de baño, alguien había montado una promoción de temporada: ropa de bebé. Mamelucos diminutos colgados de ganchos diminutos. Un par de calcetas del tamaño de dos dedos. Un gorrito blanco con orejas.
Renata se detuvo.
Fue un segundo. Menos. El tiempo que tarda un cuerpo en olvidar que iba caminando.
Después apartó la mirada, ajustó el bolso al hombro y siguió de frente hacia el coche, sin volver a mirar el aparador, como quien aprieta los dientes sobre algo que duele exactamente igual que hace cinco años.
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .