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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:31
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21 — Una vida nueva

La mañana en la casa de la familia Wijaya se sentía distinta: más tranquila, más ordenada, como si cada rincón hubiera sido preparado para recibir el día con perfección.

—Lina, no te olvides de terminarte el desayuno. —La voz suave salió desde la cocina.

Camila estaba ahí, con ropa de casa sencilla que, paradójicamente, resaltaba su elegancia. Se movía con ligereza y eficiencia.

Sirvió leche en un vaso, acomodó unas rebanadas de pan en el plato con esmero y llevó todo a la mesa. Antes, se aseguró de que la medicina de su suegra estuviera preparada con exactitud.

—Tome, primero las pastillas —dijo, tendiéndole el medicamento.

Diana, sentada a la mesa, la miró con una sonrisa.

—Gracias, Camila —respondió en un tono cargado de satisfacción.

Habían pasado varios días desde la boda. Y hasta el momento, todo marchaba sin falta.

Camila se levantaba la primera. Preparaba el desayuno, atendía a Lina, cuidaba las necesidades de Diana sin que nadie se lo pidiera. Hacía todo con una dedicación que lucía casi impecable.

—Come rápido o vas a llegar tarde —le indicó a Lina.

Lina asintió sin chistar.

—Pero después me llevas tú, ¿sí, mamá? —pidió.

—Claro que sí, mi amor —contestó Camila.

Al poco rato se oyeron pasos en la escalera. Arman apareció con gesto tranquilo; sus ojos se dirigieron directo a la mesa.

—¿Ya estás listo, cariño? —preguntó Camila.

Arman se limitó a asentir y tomó asiento junto a Lina.

Sin decir más, Camila volvió a la cocina, preparó un café y lo colocó frente a él. Solo entonces se sentó en su silla, enfrente de Lina, al otro costado de Arman.

La mañana se sentía cálida. Casi como la imagen de una familia completa.

Diana los observó con una sonrisa que apenas podía disimular.

—Y, ¿cuándo se van de luna de miel? —preguntó.

Camila y Arman se detuvieron un instante y cruzaron miradas.

—No tenemos planes de luna de miel, mamá —respondió Arman.

Diana frunció el ceño.

—¿Cómo que no? Son recién casados. Tienen que ir de luna de miel y darle otro nieto a su madre.

Arman soltó un suspiro quedo.

—La empresa todavía anda muy movida, mamá. Además, si nos vamos, ¿quién cuida de ti y de Lina?

—Ay, hijo... —Diana resopló—. En la casa hay servicio. No se preocupen por nosotras. Lo importante es que disfruten su tiempo juntos.

Un silencio breve.

Camila miró de reojo a Arman. Él no parecía interesado en prolongar la conversación. Entonces intervino.

—No se preocupe, mamá —dijo con dulzura—. Yo tampoco quiero luna de miel por ahora.

Diana se sorprendió.

—¿Por qué?

Camila sonrió.

—Quiero ayudar a Arman en la empresa.

Arman giró la cabeza, ligeramente desconcertado. Pero no dijo nada.

—Le costó mucho trabajo recuperar la empresa familiar. No quiero quedarme de brazos cruzados —añadió Camila.

Diana asintió complacida.

—Eso es lo que hace una buena esposa. No como cierta persona que solo sabía quedarse en la casa sin hacer nada más que las labores del hogar. —El rencor le asomaba en la voz.

—Ya, mamá. No vuelvas con eso —la cortó Arman.

Pero Diana no se había apaciguado del todo.

—Todavía me hierve la sangre cuando me acuerdo de esa ingrata. Vivió como reina aquí y todavía se hizo la víctima.

Camila sonrió, tomó la mano de Diana con suavidad y se la apretó.

—Todo eso ya quedó atrás, mamá. Lo que importa es que ahora estoy yo aquí.

—Sí —concedió Diana, satisfecha—. Tú sí eres la mejor, Camila.

El ambiente recuperó su calidez.

Arman posó la vista en Camila y esbozó una sonrisa leve. Al fin tenía a la mujer que siempre había deseado: hermosa, atenta y capaz de entender la situación.

Sin embargo, algo iba cambiando de a poco, sin que él pudiera señalarlo. Lo que antes le inspiraba una certeza absoluta ahora se difuminaba, tenue, casi imperceptible.

En otro lugar, la vida transcurría de un modo muy diferente.

En Morana, el sol apenas despuntaba e iluminaba la extensión de terreno que ya hervía de actividad.

Mela ya estaba en la parcela, revisando las plantas, dirigiendo a los trabajadores.

—¡Esas muévanlas para allá!

—¡El agua no tan fuerte!

La jornada avanzaba como de costumbre. Pero no del todo igual.

Dora se plantó con los brazos cruzados, observando. Su mirada iba y venía entre dos personas.

Mela y Dino.

Los dos trabajaban como siempre. Pero ella notaba que hablaban menos de lo normal.

—Yolanda —le susurró.

—¿Qué?

—¿Tú qué crees... qué les pasa a esos dos? —Señaló con la barbilla, alternando entre Mela y Dino.

Yolanda les lanzó un vistazo rápido y se encogió de hombros.

—¿De qué hablas?

—Pues de eso... —Dora se acercó un paso—. Llevo varios días fijándome y los noto raros.

Yolanda los estudió con más detenimiento.

—Ahora que lo dices, sí.

Por lo general, Mela y Dino conversaban sin esfuerzo. A veces bromeaban, a veces discutían por tonterías. Pero ahora estaban callados. No era incomodidad exactamente, sino como si se contuvieran.

—Voy a preguntar —anunció Dora de golpe.

—Espera, no... —Yolanda quiso agarrarla del brazo, pero ya era tarde. La mujer ya estaba junto a Mela.

—¡Mel! —la llamó.

Mela se volvió.

—¿Qué?

Dora se le acercó.

—¿Por qué tú y Dino andan tan... raros?

Mela arqueó una ceja.

—¿Raros?

—Sí —soltó Dora sin rodeos—. Llevo rato viéndolos y no se dicen ni una palabra.

Mela dirigió los ojos hacia Dino, que justo en ese momento también volteó. Por un segundo las miradas se encontraron. Luego ambos la desviaron al mismo tiempo.

—No pasa nada —respondió Mela, escueta.

Dora no se conformó. Se giró hacia Dino.

—¿Y tú?

Dino se encogió de hombros.

—Lo mismo.

—¿Lo mismo qué?

—Que no pasa nada —contestó con naturalidad.

Dora entrecerró los ojos, convencida de que algo le ocultaban. Pero antes de que pudiera insistir, Mela ya había vuelto a su faena. Dino también, como si ambos quisieran escapar de esa conversación.

Dora, sin embargo, no era tonta. Los observó un buen rato.

—Esto no es "no pasa nada" —murmuró para sí—. Algo se traen esos dos. Estoy segura.

Por su parte, Mela trabajaba como siempre. Pero su cabeza no estaba del todo ahí.

Le pasaba igual a Dino. La conversación de aquella noche, sobre el pasado, sobre lo que sentía, los había dejado a los dos en un territorio incómodo.

Pero una cosa era cierta: aquella confesión había transformado algo. Lo que antes era difuso ahora empezaba a cobrar forma, lento pero real.

Y precisamente por eso, Mela se movía con más cautela. Porque no quería repetir el mismo error.

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