Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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9
Elena
El fin de semana llegó. Mis amigas me esperaban en la sala; tras arreglarme un poco, salí de mi habitación y me dirigí a la de David. Él me miró de pies a cabeza con una indiferencia gélida antes de ignorarme por completo.
—Saldré. Te quedarás con Ana, no le des dolores de cabeza y, sobre todo, no se te ocurra morirte mientras no estoy —le dije, acercándome a él.
Le acaricié la cabeza y deposité un beso en la parte posterior de su cuello. Él seguía sin querer mirarme.
—Baja a cenar, la comida está rica —añadí antes de salir de la habitación.
Desde el día del incidente, no me dirige la palabra; ni siquiera tolera mi mirada, lo cual me lacera el alma. Sin embargo, mis amigas han hecho lo imposible para sacarme de este agujero y obligarme a distraerme.
Tras abandonar la casa, fuimos a un bar tranquilo. Ellas hablaban con entusiasmo sobre sus nuevos empleos, mientras mi mente, prisionera, se quedaba en casa con David.
—Me gusta mi nueva oficina; es amplia y tiene una ventana increíble —decía Dani con alegría.
—Al fin... me alegro mucho por ti —dije, brindando con ellas, sintiendo cómo el alcohol empezaba a nublar mis sentidos, anestesiando mi ansiedad.
Las horas se volvieron segundos. Ya era demasiado tarde y yo estaba completamente ebria.
—Llamemos a un taxi para llevarla de regreso —escuché decir a Kim.
—Me da tristeza verla así —dijo Eli, acariciando mi mejilla mientras yo descansaba sobre sus piernas.
—A mí también —susurró Dani, observándome con fijeza.
—Yo solo quiero ayudarlo —dije, arrastrando las palabras—. Quiero que salga del abismo donde está —continué con la voz entrecortada, dejando que las lágrimas rompieran la presa de mi contención.
—Sé que lograrás hacerlo. Eres tan capaz y decidida que cumplirás esa promesa.
—Creo que ya no es por la promesa —confesé, sentándome con esfuerzo mientras el mundo daba vueltas—. Creo que me gusta. Creo que solo quiero seguir a su lado porque... porque lo amo.
Mis amigas intercambiaron miradas de asombro.
—¿Hablas en serio? —preguntó Eli.
—Sí —respondí, con la verdad pesando en mis labios.
—Eso explica la dedicación ciega que le pones —concluyó Dani, envolviéndome en un abrazo.
—Pero siento que me quedo sin fuerzas —sollocé—. No creo poder seguir ayudándolo.
—Nos tienes a nosotras —dijo Kim, limpiando mis lágrimas—. Tú también puedes soltar esa carga. Te escucharemos y te apoyaremos, solo deja de esconderte.
Mis amigas; nunca imaginé que ellas terminarían siendo mi único refugio.
Ellas me dejaron en casa, pero el lugar se sentía inmensamente solo, a pesar de que David me observaba en silencio desde el pasillo. El alcohol aún zumbaba en mi sistema, así que me senté frente a la ventana, observando las luces de la ciudad como si fueran estrellas lejanas.
—Me duele la cabeza —murmuré, dejando escapar lágrimas sin querer—. Me duele mucho.
—Ve a dormir —escuché su voz detrás de mí, ronca y grave.
Sentí el peso de una manta cálida sobre mis hombros, pero no pude despegar los ojos del cristal.
—No sabes lo cansada que me siento —dije en voz baja—. Siento que ya... —las lágrimas me impidieron articular palabra—. Me siento inútil. Ya no puedo hacer nada, no puedo cuidarte. No puedo siquiera lograr que comas. Le he fallado a tu madre y no sabes lo... doloroso que es.
El llanto se apoderó de mí, un sollozo desgarrador que finalmente liberó meses de tensión.
—He intentado todo para que ninguno de los tres se derrumbe, pero solo consigo hundirme con ustedes. Me mantengo a flote repitiéndome que es cuestión de tiempo, pero ¿cuánto más podré soportar?
Me di la vuelta para encararlo, pero me encontré con una mirada anegada en lágrimas. Me dolió en el alma verlo así.
—Ayúdame —le rogué—. No me dejes caer contigo.
Caminé hacia nuestra habitación, cegada por una rabia impotente. Con furia, rasgué las cortinas y derrumbé la mesita de noche. Sentí sus brazos rodearme de pronto.
—¡Basta! —me gritó, sosteniéndome—. ¡Vete de mi habitación!
—¡Es nuestra! —le grité frustrada, apartándome de él—. ¡Me cansé! Estoy harta de que te escondas aquí. Yo también sufro, yo también me derrumbo por tu culpa.
Le propiné un golpe con toda la fuerza que me quedaba. Él se quedó inmóvil, observándome con intensidad.
—Estoy cansada de fingir que estoy bien para que tengas un lugar donde refugiarte —dije, descansando mi frente sobre su pecho—. No puedo más.
Me aferré a su camisa, buscando estabilidad. De pronto, sentí sus manos envolviéndome; un abrazo cálido que me hizo sentir, por primera vez, que le importaba algo más que su propia muerte. Me aferré a esa esperanza, a esa pequeña posibilidad de que avanzara.
Me aparté, fui al baño y vomité la angustia y el alcohol. Me quedé allí, escuchándolo recoger los restos de la cortina. Luego me metí a la ducha, dejándome caer bajo el agua fría hasta sentirme sobria. Salí envuelta en una toalla, busqué una de sus camisas en el armario y me la puse. Él me observaba en silencio mientras arreglaba la cama.
No le di tiempo de protestar; me acosté y me cubrí con su manta.
—Ve a tu habitación —dijo con frialdad.
Lo ignoré, cerrando los ojos. Cuando pensé que se iría, sentí el colchón hundirse a mi lado. Intentó quitarme la manta, pero, en lugar de pelear, lo envolví conmigo, pegándome a su cuerpo y pasando mi pierna sobre él. Se quedó completamente rígido, controlando su respiración.
—Duerme —le susurré, dándole un corto beso en la mejilla—. Mañana tenemos que salir temprano.
Poco a poco, lo sentí relajar los músculos hasta que, finalmente, el sueño lo venció. Yo también me dejé caer en un sueño profundo, aferrada a él, deseando con toda mi alma que mañana todo fuera diferente.