Bella Lombardi siempre supo que ser hija de un capo de la mafia tendría consecuencias. Lo que nunca imaginó fue que el precio de su libertad sería un matrimonio con el hombre más poderoso del país.
Ricardo Colombo, presidente reelegido y viudo desde hace años, necesita una esposa para silenciar un escándalo que amenaza con destruir su carrera política. Bella necesita escapar del yugo de su familia. La solución: un contrato frío, cuatro años de matrimonio fingido y la promesa de que ninguno de los dos cruzaría la línea.
Pero las reglas se rompen cuando los silencios se vuelven cómplices, las miradas empiezan a decir lo que las palabras callan, y un beso que debería haber sido actuación se convierte en el punto de no retorno.
Entre el deber y el deseo, entre el palacio presidencial y los secretos de la Cosa Nostra, Bella y Ricardo descubrirán que el amor no pide permiso — ni siquiera cuando hay un contrato de por medio.
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Capítulo 3 — El escándalo del presidente
Ricardo
Todo sucede demasiado rápido.
Mi cuerpo actúa por puro instinto. La mujer frente a mí permanece paralizada, incapaz de reaccionar. Sin pensarlo, lanzo mi cuerpo sobre el de ella para protegerla.
Caemos al suelo.
El impacto me arranca el aire de los pulmones.
Por un instante, el tiempo parece detenerse.
La morena me contempla con esos ojos intensos, como si intentara comprender lo que acaba de ocurrir. Entonces, sin previo aviso, acerca su rostro al mío.
Sus labios suaves encuentran los míos.
Ella cierra los ojos.
Y me besa.
Durante una fracción de segundo, correspondo. El beso es breve, pero lo bastante intenso como para desordenar por completo mis pensamientos.
Entonces la realidad estalla a nuestro alrededor.
—¡Evacuar! ¡Evacuar ahora! —la voz de Guilhermo retumba por el jardín.
Interrumpo el beso de inmediato.
Me levanto deprisa y le tiendo la mano para ayudarla. Ella la toma sin vacilar.
Corremos.
El equipo de seguridad forma un cordón a nuestro alrededor mientras avanzamos hacia el estacionamiento. Solo cuando alcanzamos el auto blindado me doy cuenta de que aún le sostengo la mano.
Le abro la puerta.
Ella sube al vehículo y, durante unos segundos, simplemente la observo.
Es hermosa.
Una belleza natural, delicada, sin esfuerzo alguno.
Pero... parece demasiado joven.
La puerta del conductor se abre.
Guilhermo aparece con la calva brillando de sudor y la respiración agitada.
—El tirador ya fue contenido, señor presidente.
Hago un breve gesto con la cabeza.
La morena vuelve a fijar la vista en mí.
—Gracias por salvarme la vida, presidente.
Hace ademán de bajarse del auto.
Antes de que lo consiga, le sujeto con delicadeza la muñeca.
—¿Cómo te llamas?
Ella esboza una sonrisa.
Una sonrisa bonita... de esas que iluminan el rostro entero.
—Bella Lombardi.
Y desaparece por el estacionamiento antes de que logre decir cualquier otra cosa.
A mi lado, Guilhermo empieza a reírse como un loco.
Frunzo el ceño.
—¿Cuál es la gracia?
Él cruza los brazos, visiblemente satisfecho.
—Es ella.
—¿Ella quién?
—La mujer ideal para ti, Ricardo.
Arqueo una ceja.
—Bella Lombardi. Hija de la médica fundadora del hospital. Hermosa, inteligente, carismática... siempre involucrada en proyectos sociales y acciones benéficas.
Curva los labios como si acabara de resolver el mayor problema del país.
—Si existe alguien con el perfil para ser la primera dama perfecta... es esa mujer.
—¿Te volviste loco?
Clavo los ojos en Guilhermo como si hubiera perdido completamente el juicio.
—Esa chica tiene edad para ser mi hija.
Él suelta una carcajada.
—Ah, Ricardo... eso es lo más normal hoy en día.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Normal para quién?
—Para la mitad de los políticos, empresarios y millonarios de este país.
Dejo escapar una risa ahogada y niego con la cabeza.
—Ni empieces.
Guilhermo continúa, completamente entusiasmado.
—Y hay más. Bella Lombardi es muy activa en redes sociales. Millones de seguidores. La gente la adora. Hace campañas benéficas, participa en proyectos sociales, visita comunidades, hospitales... Su imagen es impecable.
Levanto la mano, interrumpiendo su discurso.
—Guilhermo...
Ni me deja terminar.
—Escúchame, Ricardo.
Me río.
—No.
—¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir!
—Y ni quiero saberlo.
Él resopla, claramente ofendido.
—Si perdemos esta elección, ¡la culpa va a ser tuya, carajo!
Suelto una carcajada.
—Claro. La culpa es mía por no querer convertir a una chica en primera dama.
Él refunfuña algo que prefiero fingir que no escuché antes de dejarse caer en el asiento a mi lado.
El chofer enciende el auto.
Los portones del teatro quedan atrás mientras avanzamos en dirección a la residencia presidencial.
Pero, por alguna razón, durante todo el trayecto, un par de ojos verdes y un beso completamente inesperado se niegan a abandonar mi cabeza.
Minutos después, finalmente llego a la residencia presidencial.
Bajo del auto sin decir una palabra.
Guilhermo sigue hablando detrás de mí, completamente obsesionado con la idea de Bella Lombardi.
Finjo que ni lo estoy escuchando.
Durante la cena, mantiene el mismo discurso.
Habla sobre encuestas electorales, redes sociales, imagen pública... y, de alguna forma, siempre consigue meter el nombre de ella en medio de la conversación.
Yo solo como en silencio.
Cuando por fin se calla, exhalo con alivio.
—Por fin... —murmuro, levantándome de la mesa.
Subo a mi habitación.
Un baño caliente es todo lo que necesito después del caos de ese día.
Me cambio de ropa, apago las luces y me dejo caer en la cama.
Cierro los ojos...
Pero, en lugar de encontrar paz, siento nuevamente esos labios suaves sobre los míos.
El beso inesperado.
Los ojos verdes.
El perfume delicado.
Esa maldita morena invade mis pensamientos como si aún estuviera frente a mí.
Me paso la mano por el rostro y mascullo para mí mismo:
—Olvídate de esta mierda, Ricardo.
Me volteo de costado.
Esta vez, el sueño finalmente me vence.
...
Parece que apenas parpadeé.
La claridad invade la habitación cuando las cortinas se abren de golpe.
—¡Señor presidente! ¡Despierte!
Abro los ojos, ya irritado.
Guilhermo está parado frente a la ventana, ya vestido para el trabajo, con una sonrisa que definitivamente no va con la hora.
—Tenemos un escándalo que contener.
Me siento en la cama, todavía intentando despertar, pasándome la mano por el rostro.
—¿De qué diablos estás hablando?
Sin pronunciar una sola palabra, toma un periódico de la mesa y me lo lanza.
El ejemplar cae sobre mis piernas.
Frunzo el ceño y lo abro.
El titular ocupa prácticamente la página entera.
EL ESCÁNDALO DEL PRESIDENTE. DESCUBRIMOS LA RELACIÓN OCULTA. ¿BELLA LOMBARDI SERÁ NUESTRA PRIMERA DAMA?
Debajo del título, una secuencia de fotografías.
La primera registra el instante exacto en que Bella me toma el rostro y me besa.
La segunda muestra mis brazos rodeándole la cintura.
En la tercera, la conduzco de la mano hasta el estacionamiento.
En otra imagen, los dos desaparecemos entre los autos.
Cierro el periódico despacio, respirando hondo.
Mierda.
Una sola noche.
Un solo beso.
Y ahora el país entero cree que tengo una relación secreta.
Levanto la vista hacia Guilhermo.
Está prácticamente temblando de tanto contener la risa.
—Puedes reírte.
Deja de fingir seriedad y suelta la carcajada.
—Señor presidente... —dice entre una risa y otra—. Pasé años apagando incendios políticos, crisis económicas, escándalos diplomáticos... pero necesito agradecerle a Dios por esta bendición divina.
Cruzo los brazos.
—Perdiste completamente la noción.
—No, gané entretenimiento. Por fin usted es titular por besar a una mujer hermosa y no por aprobar una reforma.
Agarro una almohada y se la arrojo.
Guilhermo la esquiva sin dejar de reír.
—¿Sabes cuál es la mejor parte?
—Ni quiero saberlo.
—El país entero está desesperado por descubrir todo sobre la relación de ustedes. Está en la televisión, en los periódicos y hasta en las redes sociales.
Cierro los ojos un segundo, intentando contener la irritación.
Pero Guilhermo aún no terminó.
—Ya existen perfiles de ustedes como pareja. ¿Y adivina? Ya publicaron hasta montajes de los futuros hijos de ustedes.
Abro los ojos lentamente y me paso la mano por el rostro.
—Te lo dije... Bella es un imán perfecto para la opinión pública.
Me levanto de la silla.
—Vamos a negar todo.
Guilhermo deja de reír en el acto y me observa como si yo hubiera enloquecido.
—No podemos.
—Claro que podemos.
Niega con la cabeza.
—Contra los hechos no hay argumentos, Ricardo. Existen fotos de ustedes besándose. Existen videos. El país entero lo vio. Si lo niegas ahora, vas a parecer un mentiroso, y tu credibilidad se va a desplomar.
Cruzo los brazos.
—¿Entonces cuál es tu maldita solución?
Una sonrisa peligrosa aparece en su rostro.
—Asumir el noviazgo.
Suelto una risa seca.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No. Hice política toda la vida. Y, en este momento, transformar un escándalo en un cuento de hadas es mucho más inteligente que iniciar una guerra contra la prensa.
Me paso la mano por el cabello, sintiendo ya que un dolor de cabeza se asoma.
—Enloqueciste de una vez.
—Tal vez...
—Pero sabes que tengo razón.
Desafortunadamente... lo sé.