Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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Las Cenizas de la Noche y el Peaje del Vórtice
La oscuridad no cayó sobre la Capital Radiante como un atardecer suave; cayó como un hachazo.
En una fracción de segundo, la iluminación constante de cuarzo que alimentaba los bulevares, las fuentes alquímicas y las luminarias de las grandes torres se extinguió por completo. El calor sofocante del mediodía solar fue reemplazado por una ola de frío helado que descendió de las capas altas de la atmósfera, congelando en pleno aire la llovizna que caía sobre la ciudad.
Gritos de pánico primario resonaron en los distritos nobles. Para la aristocracia solar, acostumbrada a vivir bajo el resplandor ininterrumpido de su astro rey, la pérdida repentina de la luz no era solo una desventaja táctica: era una amputación espiritual. Cientos de ciudadanos corrían a ciegas por las calzadas de mármol, tropezando contra sus propios carruajes, mientras que la servidumbre sin magia observaba el cielo carmesí con una mezcla de conmoción y una esperanza febril.
—¡Mantengan la disciplina! ¡Por la gracia del Sol, mantengan las filas! —gritaba un coronel de la Guardia del Halcón Dorado en la Gran Plaza de las Columnas, intentando canalizar fuego de su espada para iluminar a sus tropas.
Sin embargo, la magia solar en las venas de los soldados ya no era un torrente, sino una llama agónica que parpadeaba y se apagaba como una vela al viento. Sin el ancla telúrica de la estrella diurna, el poder de la nobleza se disolvía a cada segundo.
En el extremo sur de la plaza, la marea rebelde rompió las barricadas de madera. Klen avanzaba a la cabeza, rodeado por la penumbra que a él no le causaba ningún temor. Para los hombres y mujeres de la tierra, criados en la oscuridad de las minas y en las noches frías del norte, la Noche Eterna no era un castigo divino, sino su elemento natural.
—¡No usen antorchas! —ordenó Klen, con la voz ahogada por el polvo de piedra y el humo de las explosiones—. ¡Guiense por el sonido del bronce! ¡Aislen a los oficiales y desarmen a quienes rindan las espadas!
A su lado, Vespera era un fantasma de precisión mortal. Sin la luz cegadora del Sol para sobrecargar sus sentidos, su percepción marcial se había agudizado. Usaba el brillo tenue de las runas de su estoque para desviar los últimos proyectiles inestables de plasma que los guardias imperiales disparaban a ciegas.
—Klen... mira hacia la colina del Templo —dijo Vespera, deteniéndose un instante para tomar aire, señalando con la punta de su espada la gran escalinata de alabastro que conducía al santuario superior.
Allí, los restos de la brigada de élite de la Inquisición, dirigidos por los Inquisidores de la Pira, construían una línea defensiva desesperada utilizando escudos pesados y cañones de dispersión alquímica que funcionaban con reservas de azufre embotellado, independientes de la red telúrica. Querían ganar tiempo para que el Emperador y Arcadius completaran el rito del sacrificio en el altar interior.
—Están protegiendo la entrada del altar con baterías mecánicas —analizó Vespera, apretando los dientes—. Si intentamos subir la escalinata a pie, nos despedazarán antes de llegar a la mitad.
—No subiremos solos —respondió Klen, señalando hacia la retaguardia.
Desde el Círculo de la Inversión, una comitiva de sombras se abría paso entre las ruinas de la muralla colapsada.
Corvus y seis caballeros de la guardia personal del ducado lunar flanqueaban a Valerius y Aurelius. El aspecto de los dos hombres principales era desgarrador, pero su sola presencia infundía un terror casi místico entre las tropas imperiales que los veían avanzar.
Valerius caminaba apoyándose en el hombro de Corvus, con los labios manchados de sangre seca y los ojos oscuros rodeados por profundas ojeras violetas. La canalización del vórtice había agrietado parte de su red psiónica; cada paso que daba enviaba un chispazo de dolor agudo a través de su médula. Y sin embargo, su compostura seguía siendo la de un soberano implacable. Su mano izquierda no soltaba la mano de Aurelius.
El joven príncipe estaba pálido como el mármol, con la piel cruzada por delgadas líneas de cicatrices doradas que aún emitían un fulgor tenue, semejante al magma enfriándose bajo la roca. Vestía una capa militar de la Luna que Valerius le había colocado sobre sus hombros para cubrir su torso lastimado.
A pesar del cansancio extremo que amenazaba con hacerlos colapsar, cuando los ojos de Aurelius se cruzaron con los de Valerius entre el murmullo de la batalla, un hilo de fuerza invencible volvió a tensarse entre ambos.
—¿Puedes mantenerte en pie, pequeño príncipe? —murmuró Valerius en el espacio mental de Aurelius, con una voz exhausta pero teñida de un afecto feroz.
«Si tú no caes, yo tampoco», respondió la mente de Aurelius, apretando los dedos fríos del Archiduque. «Siento el corazón de mi tío latiendo con pavor en la cima del Templo. Está asustado, Valerius. Por primera vez en su vida, siente el frío que nos hizo sentir a todos nosotros».
Valerius sonrió con amargura y alzó la cabeza para dirigirse a Klen y Vespera.
—Las baterías mecánicas del Templo están sintonizadas con la frecuencia del azufre —dijo el Archiduque, hablando con lentitud para ahorrar aliento—. Puedo desorientar la puntería de los artilleros durante noventa segundos usando lo que me queda de proyección psiónica. Pero necesitaré que el fuego de Aurelius abra la puerta de bronce.
—Noventa segundos son más que suficientes —declaró Klen, alzando su guadaña—. Vespera y yo limpiaremos la escalinata.
—No se queden atrás —pidió Aurelius, mirando a Vespera con una mezcla de respeto y complicidad entre príncipes de la misma sangre—. El Emperador no morirá por un decreto de la nobleza. Morirá porque el pueblo que pisoteó ha venido a cobrar la cuenta.
Valerius cerró los ojos y respiró hondo. Concentró los últimos fragmentos de su voluntad psiónica. De su frente brotó una onda de choque invisible de color violeta que se expandió en abanico hacia la cima de la escalinata.
Arriba, los Inquisidores de las baterías mecánicas comenzaron a gritar de pronto, llevándose las manos a la cabeza, presa de alucinaciones repentinas que les hacían ver sombras devorándolos desde la penumbra. Los cañones de dispersión dispararon de forma errática hacia el vacío, destruyendo sus propias barricadas de piedra.
—¡AHORA! —rugió Klen.
La marea final se lanzó al asalto de la gran escalinata. Klen, Vespera, Valerius y Aurelius avanzaron codo a codo sobre los peldaños de alabastro cubiertos de nieve y sangre. A cada escalón que subían, la luz carmesí de la Luna de Sangre se volvía más intensa sobre sus rostros, marcando el camino hacia el templo donde el destino del Imperio estaba a punto de ser ejecutado.