Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LO QUE LOS PADRES DEBEN
Patrick no dijo nada durante los primeros diez minutos.
Estábamos sentados en el sofá de su estudio, con las cortinas cerradas, el único sonido el del reloj de péndulo que Victoria había traído de Londres hacía décadas. Mi diario estaba sobre la mesa entre nosotros, abierto en una página cualquiera, con mi letra apretada describiendo la noche en que Lucas murió en la carretera de los Hamptons. La primera vez.
—Entonces es verdad —dijo finalmente Patrick, sin mirarme—. Desde el principio. Todo lo que sentí. Todo lo que soñé. No eran fantasías. Eran recuerdos.
—Sí.
—Y en esa vida —su voz se quebró—, yo te destruí.
—Sin saberlo. —Me acerqué a él, tomé su mano—. Patrick, en esa vida, tú no sabías lo que hacía tu madre. No sabías lo que hacía Marcus. No sabías nada.
—Pero te amé. —Me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto nunca. Culpabilidad pura—. Y aun así, te dejé morir.
—No me dejaste morir. —Las lágrimas corrían libremente ahora—. Me destruiste sin querer. Porque elegiste la comodidad sobre la verdad. Porque elegiste no preguntar. Porque elegiste creer las mentiras de tu madre antes que enfrentar la realidad.
—Y ahora —susurró—, ¿cómo sé que no voy a hacer lo mismo?
No respondí.
Porque no tenía respuesta.
Porque en otra vida, le había hecho la misma pregunta. Y él no había sabido responder.
Pero esta vida no era la otra.
Este Patrick no era el otro.
Este Patrick había elegido quedarse.
—Patrick —dije, tomándole el rostro entre las manos—, no lo sé. No puedo prometerte que no vas a fallar. No puedo prometerte que no vas a tener miedo. Solo puedo prometerte una cosa.
—¿Qué?
—Que esta vez, si fallas, yo también voy a estar ahí para ayudarte a levantarte. Porque eso es lo que no hicimos la otra vez. Nos dejamos caer solos.
Patrick cerró los ojos. Y cuando los abrió, había algo nuevo en ellos.
No era esperanza.
Era *decisión*.
—Vamos a ver a Richard —dijo, poniéndose de pie—. Juntos.
—Patrick, no. Es peligroso. Si Richard tiene el expediente activado...
—Entonces es hora de que enfrente a mi padre. —Su voz era acero—. Al verdadero. Al que me abandonó. Al que me preparó para ser su chivo expiatorio. Es hora de que sepa lo que significa tener un hijo que no se deja controlar.
Me puse de pie. Tomé su mano.
—Juntos.
—Juntos.
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La oficina de Richard Sterling estaba en un edificio discreto de la calle 53. Nada que ver con la ostentación de Sterling Holdings. Nada que ver con la mansión del Upper East Side. Era el tipo de oficina que usan los hombres que quieren pasar desapercibidos mientras mueven los hilos del mundo.
La recepcionista nos miró con sorpresa.
—El señor Sterling no tiene citas programadas...
—Dígale que Elena Vasquez está aquí. —Mi voz salió más fría de lo que pretendía—. Y que su hijo está conmigo.
Tres minutos después, estábamos en su despacho.
Richard Sterling estaba de pie junto a la ventana, con la espalda recta, el cabello blanco impecable, las manos apoyadas en el alféizar. Como si nos hubiera estado esperando.
—Elena. —Se giró. Y entonces me vio a mí, detrás de ella, y algo en su expresión se quebró—. Patrick.
—Hola, padre. —La palabra fue un cuchillo—. O debería decir, el hombre que no es mi padre.
Richard cerró los ojos. Un segundo. Solo un segundo.
—Siéntense.
—No. —Patrick dio un paso adelante—. Vine a hacer una pregunta. Y quiero una respuesta. Ahora.
—Pregunta.
—¿Tú también recuerdas?
El silencio que siguió fue más denso que el aire de Manhattan en agosto.
Richard me miró. Luego a Patrick. Luego otra vez a mí. Y en sus ojos, vi algo que me heló la sangre.
No era sorpresa.
Era *reconocimiento*.
—Dios mío —susurré—. Tú también.
Richard se dejó caer en su silla. Con un gesto que lo hacía verse, por primera vez, viejo. Realmente viejo.
—Siempre he recordado —dijo, con la voz baja—. Desde que nací. O al menos, desde que tengo memoria consciente. Sueños. Fragmentos. Una mujer que me amaba y que yo destruía sin saberlo. Un hijo que abandonaba. Una vida que no era esta.
—¿Y por qué no dijiste nada? —La voz de Patrick era un latigazo—. ¿Por qué nos dejaste vivir esto otra vez?
—Porque tenía miedo. —Richard se pasó una mano por el rostro—. Porque en esa vida, yo también fui un cobarde. Y pensé que, si les contaba la verdad, iban a rechazarme. Iban a odiarme. Iban a destruirme.
—Y lo hiciste de todas formas. —Patrick se acercó a la mesa. Apoyó las manos en la madera—. Con tu silencio. Con tus mentiras. Con tu expediente.
Richard levantó la vista. Y en sus ojos vi lágrimas.
—Patrick, el expediente...
—Sí, el expediente. —Patrick sacó su teléfono. Lo deslizó sobre la mesa—. El que acabas de entregar a la Fiscalía. El que me convierte en el responsable legal de cada crimen de Victoria y Marcus. ¿Eso también es parte del plan? ¿Entregarme para salvar el apellido?
—No. —Richard negó con la cabeza, con desesperación—. No era eso. Era... era mi seguro. Mi póliza. Si Victoria hablaba, si Marcus cantaba, yo necesitaba tener una forma de protegerte. De proteger a Elena. De proteger lo poco que me quedaba.
—¿Protegerme? —Patrick soltó una risa corta. Amarga—. ¿Entregándome a los federales?
—Haciendo que la condena fuera mía. —Richard sacó un documento de su escritorio. Lo deslizó hacia Patrick—. Una confesión. Firmada. Notariada. Donde yo asumo la responsabilidad de todo. De cada crimen. De cada muerte. De cada decisión.
Patrick tomó el documento. Lo leyó. Una vez. Dos. Tres.
Y entonces, algo que no había visto en él en toda la noche.
Se quebró.
—¿Por qué? —susurró—. Después de todo lo que me hiciste. Después de abandonarme. Después de mentirme. Después de prepararme para ser tu chivo expiatorio. ¿Por qué harías esto?
—Porque eres mi hijo. —Las lágrimas corrían libremente ahora—. Biológico o no. En esta vida o en la otra. Eres mi hijo. Y yo... yo no voy a repetir los errores de la última vez. No voy a dejarte caer. No voy a huir. No voy a ser el cobarde que fui.
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Confusión.
Pura. Destilada. Familiar.
—Elena —susurró—, ¿qué hacemos?
No respondí de inmediato.
Porque en ese momento, supe que Richard Sterling, el hombre que había destruido a mi familia en dos vidas, acababa de hacer algo que no esperaba.
Había elegido.
Por primera vez en dos vidas, había elegido hacer lo correcto.
Y eso, más que cualquier otra cosa, me desarmaba.
—Patrick —dije finalmente—, creo que tenemos que pensar esto con calma.
—¿Pensar qué? —Richard se puso de pie—. No hay tiempo para pensar. La Fiscalía tiene el expediente. Los medios ya están afuera. En dos horas, el nombre de Patrick Sterling va a estar en todas las portadas del país.
—Entonces tenemos dos horas —dijo Patrick, con la voz firme—. Para decidir qué hacemos.
—¿Y qué sugieres?
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
*Confianza*.
Pura. Incondicional. Absoluta.
—Sugiero —dijo, tomándome de la mano—, que hagamos lo que Elena diga. Porque si hay alguien en este mundo que sabe cómo salir de esta, es ella.
Richard nos miró. A Patrick. A mí. Y en sus ojos vi algo que no había visto nunca.
*Esperanza*.
—Entonces —dijo, sacando su teléfono—, vamos a trabajar. Porque en dos horas, el mundo va a saber la verdad. Y esta vez, la verdad va a ser la que nosotros decidamos.
Mi teléfono vibró.
Lo miré.
Silvia.
*"Elena, estoy en la puerta de la Fiscalía. Tengo algo que puede salvar a Patrick. Pero necesito que vengas. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde."*
Levanté la vista. Patrick me observaba con preocupación.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Solo sabía que, otra vez, el juego había cambiado.
Y esta vez, Silvia tenía algo que podía salvarlo todo.
O destruirlo todo.
—Patrick —dije, tomando mi abrigo—, tenemos que ir a la Fiscalía. Ahora.
—¿Por qué?
—Porque Silvia está ahí. —Me giré hacia la puerta—. Y dice que tiene algo que puede salvar a Patrick.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces —dije, abriendo la puerta—, vamos a caer juntos.
Pero no lo era.
Lo supe en el momento en que vi a Silvia, de pie frente a la entrada de la Fiscalía, con una carpeta bajo el brazo y los ojos llenos de lágrimas.
No era una trampa.
Era una rendición.
Y esta vez, iba a cambiarlo todo.
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