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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 5 CUANDO EL MIEDO NOS OBLIGÓ A ESTAR JUNTOS

Todo parecía una mañana cualquiera. El sol entraba suave por las ventanas de la cocina, donde yo tomaba el desayuno mientras hojeaba una revista que había encontrado en la sala. Dante ya se había marchado a la oficina hacía un par de horas, y Don Eliseo había dicho que bajaría en un momento para acompañarme. La casa estaba en calma, con ese silencio agradable que solo se rompía por el sonido lejano de los pájaros en el jardín.

Pero la tranquilidad se rompió de golpe cuando oí los pasos apresurados de Clara por el pasillo. Entró en la cocina con el rostro desencajado y las manos temblando.

—¡Señorita Aitana! Venga rápido, por favor. Es don Eliseo. Se ha sentido mal en su habitación. No logra incorporarse y dice que le duele mucho el pecho.

Dejé la revista y la taza de café sobre la mesa de un golpe. El corazón se me subió a la garganta.

—¡Vamos! —dije, poniéndome de pie de un salto.

Corrimos escaleras arriba hasta la habitación del abuelo. Al entrar lo vi sentado en el borde de la cama, con la mano apoyada en el pecho y el rostro pálido como el papel. Respiraba con dificultad y una expresión de dolor le deformaba los rasgos.

—Don Eliseo —me acerqué a él rápidamente, tomándole la mano que estaba fría y sudorosa—. Aguante un poco. Vamos a llamar al médico ahora mismo.

—Clara —ordené con voz firme, aunque por dentro estaba aterrada—, llame al médico de cabecera de la familia, y llame también a Dante. Diga que es urgente, que su abuelo está mal.

La joven asintió y salió corriendo de la habitación. Yo me quedé al lado de Don Eliseo, hablándole despacio para mantenerlo tranquilo, ayudándolo a respirar hondo, acariciando su mano con cariño. El anciano me miró con una sonrisa débil.

—No te preocupes, querida… Seguro que es solo un susto… Estos años ya pesan —logró decir entre jadeos.

—No hable, guarde fuerzas —le respondí, tratando de mantener la calma por los dos—. El médico viene en camino.

Pocos minutos después oí unos pasos furiosos subiendo las escaleras. Dante apareció en la puerta, con el traje desaliñado, la corbata medio desabrochada y el rostro descompuesto por el pánico. No lo había visto nunca así: su habitual frialdad había desaparecido por completo, dejando al descubierto a un hombre asustado, vulnerable, que temía perder a la única persona que le quedaba de su familia.

—¿Abuelo? —se acercó a la cama de un salto, arrodillándose a su lado y tomándole la otra mano—. ¿Qué te pasa? Dime algo.

—Estoy… bien, muchacho… —murmuró Don Eliseo, esforzándose por sonreírle—. Solo un pequeño malestar. No te pongas así.

—No es un pequeño malestar —replicó Dante con voz quebrada, mirándolo con los ojos llenos de una angustia que me partió el corazón—. Te veo pálido, te cuesta respirar. ¿Por qué no llamaste antes?

En ese momento llegó el médico, un hombre de edad mediana con expresión seria y tranquila. Nos pidió que saliéramos de la habitación un momento para poder examinar a Don Eliseo con calma. Dante se resistió al principio, queriendo quedarse, pero al final yo lo tomé del brazo y lo convencí de salir conmigo.

Nos quedamos en el pasillo, frente a la puerta cerrada. Dante caminaba de un lado a otro, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido, sin poder estar quieto. Su respiración era agitada y sus ojos no dejaban de mirar la puerta, como si quisiera atravesarla con la mirada.

—Estará bien —le dije suavemente, acercándome a él—. Don Eliseo es fuerte. Seguro que es solo un susto, como él dice.

Dante se detuvo y me miró. Sus ojos estaban brillantes, húmedos, y por un segundo vi en ellos al niño de la foto que había encontrado en la biblioteca, asustado y solo.

—No puedo perderlo también —dijo con voz baja, rota, casi un susurro—. Él es todo lo que me queda. Si le pasa algo…

No supe qué decir. Solo me acerqué más y, sin pensarlo demasiado, lo abracé. Lo rodeé la cintura con los brazos y apoyé mi cabeza en su pecho, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza y desorden. Dante se quedó rígido un segundo, sorprendido por mi gesto, pero luego poco a poco sus brazos me rodearon también, apretándome contra él con una fuerza que me habló de todo el miedo que llevaba dentro.

Nos quedamos así un rato, abrazados en medio del pasillo, sin decir una palabra. En ese momento no había contratos, ni reglas, ni distancias. Solo había dos personas que compartían el mismo miedo y buscaban consuelo la una en la otra. Sentí cómo su cuerpo se relajaba poco a poco contra el mío, cómo su respiración se calmaba.

Cuando la puerta se abrió y el médico salió, nos separamos rápidamente, como si nos hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Dante se pasó una mano por el cabello, recuperando en parte su compostura, aunque sus ojos seguían delatando su preocupación.

—¿Cómo está? —preguntó con voz tensa.

El médico sonrió con tranquilidad.

—Pueden estar tranquilos. Ha sido un susto pasajero, un episodio de hipertensión debido al estrés y a las horas de sueño que ha perdido estos días. No es nada grave, pero necesita reposo absoluto durante al menos una semana. Nada de esfuerzos, nada de preocupaciones, y tomar la medicación que le recetaré con regularidad.

Sentí cómo se me quitaba un peso enorme de encima. Miré a Dante y vi cómo sus hombros se relajaban y un suspiro de alivio escapaba de sus labios.

—Gracias, doctor —dijo, apretándole la mano con gratitud—. Haremos todo lo que nos diga.

El médico se marchó después de dejarnos las indicaciones y la receta. Entramos en la habitación de Don Eliseo, que ya se veía un poco mejor, con más color en las mejillas. Nos sonrió al vernos.

—¿Ven? Les dije que no era nada.

Dante se acercó a su cama y se sentó a su lado, tomándole la mano con mucho cariño.

—No vuelvas a asustarme así, viejo terco. Tienes que cuidarte. Tienes que estar aquí mucho tiempo más.

—Lo haré, lo haré —respondió el anciano, mirándolo con ternura—. Pero ahora necesito que vosotros dos os encarguéis de algunas cosas que yo tenía pendientes. Hay unos documentos importantes en mi escritorio, una reunión familiar que debía atender el próximo fin de semana, y algunos asuntos de la fundación que no pueden esperar.

—Yo me encargo de todo —dijo Dante rápidamente—. Tú solo descansa.

—No solo tú —corrigió Don Eliseo, mirándome a mí también con una sonrisa—. Aitana también puede ayudarte. Ella tiene buena cabeza y un corazón grande. Juntos podréis con todo.

Dante me miró. Por un momento vi duda en sus ojos, como si no estuviera seguro de querer compartir sus asuntos conmigo. Pero luego asintió lentamente.

—Está bien. Juntos.

Los días siguientes fueron diferentes a todo lo que habíamos vivido hasta entonces. Don Eliseo se quedó en cama siguiendo las órdenes del médico, y Dante y yo nos convertimos en un equipo. Por las mañanas yo me encargaba de llevarle la medicación y el desayuno al abuelo, de leerle un rato para que no se aburriera y de asegurarme de que descansara. Dante, por su parte, atendía los asuntos urgentes de la empresa y la familia, pero muchas veces regresaba a casa antes de lo habitual para preguntar por su abuelo.

Pasamos mucho más tiempo juntos que antes. A veces cenábamos en la habitación de Don Eliseo, charlando de cosas sencillas, de los libros que a él le gustaban, de los proyectos de la fundación, de recuerdos de su infancia. Otras veces, cuando el abuelo dormía, nos quedábamos en la sala de al lado, revisando documentos o simplemente hablando en voz baja para no despertarlo.

Una noche, mientras estábamos así, Dante levantó la vista del papel que estaba leyendo y me miró fijamente.

—Gracias —dijo de repente, con voz suave.

—¿Por qué? —pregunté sorprendida.

—Por todo. Por haberte quedado con él cuando llegué, por cuidarlo tan bien, por… por estar aquí. No sé qué habría hecho sin ti esos primeros momentos.

Sus palabras me llenaron el pecho de una calidez que no había sentido nunca. Sonreí levemente.

—No tienes que agradecerme nada. Don Eliseo ha sido muy bueno conmigo desde el primer día. Lo quiero mucho. Y tú… —hice una pausa, atreviéndome a mirarlo a los ojos—, tú no estás solo, Dante. Ya no tienes que cargar con todo tú solo.

Él se quedó callado, mirándome con una expresión que no supe descifrar. Parecía que quería decir algo importante, que algo en su interior estaba luchando por salir a la luz. Pero al final solo asintió y volvió a mirar los papeles, aunque sus movimientos eran más relajados, menos tensos que antes.

Aquellos días cuidando a Don Eliseo nos habían acercado de una manera que ningún contrato ni ninguna regla hubieran podido prever. Habíamos compartido miedo, alivio, momentos de silencio y pequeños gestos de apoyo que habían roto muchas de las barreras que nos separaban.

Y mientras yo me acostaba aquella noche, sabía que algo había cambiado para siempre entre nosotros. Dante ya no era solo el hombre frío y distante que me había firmado un contrato. Ahora era alguien a quien yo había visto llorar por miedo, a quien yo había abrazado en un momento de debilidad, alguien que me había agradecido estar a su lado.

Y eso, me dije mientras cerraba los ojos, era mucho más peligroso para mi corazón que cualquier regla que él hubiera podido poner.

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FIN DEL CAPÍTULO 5

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