Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Miradas de detective, expedientes de homicidio y sombras en la foto
El lunes por la mañana, Sandra Bautista se despertó con una misión secreta: investigar a Diego Sosa.
Doña Carmen se había ido el domingo por la noche, pero sus palabras se habían quedado pegadas en el techo del departamento como un chicle molesto. Te ama desde los siete años.
Mientras se cepillaba los dientes, Sandra se miró al espejo. Es una locura, pensó. Diego es Diego. Mi Diego. El que me presta sus suéteres y me hace chilaquiles. Pero mientras escupía la pasta dental, una duda traicionera le susurró: ¿Y si lo miras tanto porque te gusta, o porque él te mira a ti?
Salió de su habitación con el ceño fruncido, en modo "abogada en investigación". Diego estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. Sandra se apoyó en el marco de la puerta y lo observó en silencio.
Notó cosas que su cerebro, programado para ignorarlas, siempre había filtrado. Notó cómo sus hombros se tensaban cuando se concentraba. Notó la forma en que se mordía el labio inferior al leer algo en su teléfono. Y entonces, Diego se giró.
Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella. Y por un segundo, solo un segundo, Sandra vio algo en su mirada. No era la mirada de un hermano. Era una mirada cálida, profunda, que la recorrió entera antes de que él sonriera y la rompiera con su habitual tono burlón.
—¿Qué ves, San? —preguntó él, alzando una ceja—. ¿Tengo espinacas en los dientes o estás practicando tu mirada de "te voy a objetar" para el tribunal?
—Nada —respondió Sandra rápidamente, sintiendo que las mejillas le ardían—. Solo pensaba que deberías cortar ese cabello. Te ves como un león melancólico.
Diego soltó una carcajada, sirviéndole el café. —A ti te encanta mi melena de león. No mientas.
Sandra tomó la taza, evitando su contacto visual. Punto para la investigación, pensó. Me miró. Definitivamente me miró.
A las 9:00 a.m., el licenciado Galvis la citó a su oficina. Cuando Sandra entró, Julián ya estaba allí, de pie junto a la ventana, revisando unos documentos.
—Siéntate, Bautista —dijo Galvis, sin levantar la vista de su escritorio—. Tengo un caso para ti. Y quiero que lo lleves sola.
Sandra se enderezó en la silla. ¿Sola? En el Bufete Galvis, los juniors no llevaban casos solos. Siempre había un socio senior supervisando cada coma.
—¿Sola, licenciado? —preguntó ella, sorprendida.
Galvis deslizó un expediente grueso y gris sobre el escritorio. —Caso Lucía Méndez. Acusada del homicidio de su esposo, Roberto Méndez, un empresario inmobiliario. La encontraron junto al cuerpo con el arma homicida en la mano. El tipo fue envenenado con cianuro en su whisky de las noches.
Sandra abrió el expediente. La foto de la escena del crimen era espeluznante. Un hombre de unos cincuenta años, caído sobre un escritorio de caoba. Y en la esquina de la foto, una mujer de unos treinta, delgada, pálida, con la mirada perdida y las manos esposadas.
—Todo apunta a ella —continuó Galvis—. Era la única en la casa. Él le acababa de cambiar el testamento a favor de su amante, y Lucía se enteró esa misma tarde. El móvil es perfecto. La prensa ya la condenó. La llaman "La Viuda Negra de las Lomas".
Sandra levantó la vista, frunciendo el ceño. —¿Y por qué me lo asigna a mí, licenciado? Si todo está tan claro, el Ministerio Público ya tiene el caso ganado.
—Porque la defensa pública está saturada y el juez me presionó para que tomáramos el caso pro bono —explicó Galvis, entrelazando los dedos—. Pero no te voy a mentir, Bautista. La evidencia es abrumadora. Si logras encontrar una sola grieta en la teoría de la fiscalía, te ganarás el respeto de todo el bufete. Si pierdes... bueno, al menos habrás intentado defender a una mujer que todo el mundo odia.
Julián se acercó al escritorio. Su expresión era seria, profesional. —Es un caso complicado, licenciado. La fiscalía tiene el testimonio de la empleada doméstica que dice que escuchó a Lucía gritarle que lo iba a matar.
—Lo sé, García —dijo Galvis—. Por eso se lo doy a Bautista. Necesita un caso que la obligue a pensar fuera de la caja, no a seguir el manual. Bautista, tienes dos semanas para la audiencia inicial. No me falles.
Sandra tomó el expediente. Pesaba en sus manos como una losa. —No lo haré, licenciado.
Al salir de la oficina, Sandra caminaba por el pasillo, hojeando las primeras páginas del expediente. Su mente ya estaba analizando: El cianuro es de acción rápida. ¿Dónde lo consiguió? ¿Había rastros en la copa? ¿Qué dice el informe toxicológico?
—Sandra.
Ella levantó la vista. Julián la esperaba junto a la máquina de café. Llevaba una sonrisa suave, pero sus ojos la escaneaban con preocupación.
—Te vi salir de la oficina de Galvis con cara de que te asignaron la defensa de un asesino en serie —dijo él, sirviéndole un vaso de agua, ya que sabía que ella no tomaba café después de las once.
—Peor. La defensa de una asesina en serie —bromeó Sandra débilmente, tomando el agua—. Me dieron el caso Méndez. Sola.
Julián silbó suavemente. —Vaya. Galvis no te tiene miedo, ¿eh?
—Me tiene fe —corrigió Sandra, suspirando y apoyándose en la pared—. O me está usando de carne de cañón para ver si aguanto la presión. La evidencia es brutal, Julián. La mujer está jodida.
Julián se acercó un paso. No invadió su espacio, pero su presencia fue un ancla en medio de su pánico. —Entonces vas a tener que ser más lista que la evidencia —dijo él, con una voz firme y segura—. Y no estás sola, Sandra. Si necesitas que alguien lea los testimonios a las tres de la mañana, o si necesitas que te ayude a armar la estrategia de interrogatorio, aquí estoy. No para llevarte el caso, sino para ser tu sounding board.
Sandra lo miró. La sinceridad en sus ojos color miel era absoluta. —Gracias, Julián. De verdad.
Él sonrió, y por un segundo, su mano rozó la de ella sobre el vaso de agua. —Confío en ti, Bautista. Vas a sacar a esa mujer de ahí.
Esa noche, el departamento en la colonia Roma estaba en silencio, iluminado solo por la lámpara de la mesa de comedor. Sandra estaba rodeada de fotos de la escena del crimen, transcripciones de interrogatorios y mapas de la casa de los Méndez.
Lucía Méndez no parecía una asesina. En las fotos de su declaración, temblaba, lloraba, se encogía en su silla. Pero el cianuro estaba en su bolso, y la empleada doméstica juraba que la había escuchado amenazarlo.
Sandra frotó sus ojos cansados. ¿Dónde está la grieta?, pensó. Tiene que haber una grieta.
Diego salió de su habitación, con el cabello alborotado y una camiseta de Star Wars. Al verla rodeada de fotos de un cadáver, frunció el ceño y se acercó.
—¿Todo bien, San? Pareces el FBI —dijo él, apoyándose en el respaldo de su silla.
—Es mi nuevo caso —murmuró Sandra, sin levantar la vista—. Una mujer acusada de envenenar a su esposo. Todo apunta a ella, Diego. Todo. Y no encuentro nada.
Diego se inclinó sobre la mesa, mirando las fotos. Como diseñador gráfico, sus ojos estaban entrenados para notar detalles visuales que la gente común ignoraba: la composición, la luz, las sombras, los ángulos.
Se quedó mirando la foto principal de la escena del crimen: el escritorio del esposo, la copa de whisky derramada y el cuerpo.
—Oye, San... —dijo Diego de repente, señalando la foto con el dedo—. ¿Quién tomó esta foto?
—El perito de la policía científica, supongo. ¿Por qué?
—Mira la sombra de la copa sobre el escritorio —dijo Diego, entrecerrando los ojos—. La luz de la lámpara del escritorio viene de la izquierda, ¿verdad? Pero la sombra de la copa cae hacia la izquierda también. Eso es físicamente imposible. Si la luz viene de la izquierda, la sombra tiene que caer hacia la derecha.
Sandra se congeló. Se acercó a la foto, entrecerrando los ojos. Diego tenía razón. La sombra estaba mal.
—¿Y eso qué significa? —preguntó ella, con el corazón empezando a acelerarse.
—Significa —dijo Diego, mirándola con una sonrisa pequeña y orgullosa— que la foto fue alterada. O que la escena fue montada después de que apagaron la lámpara principal y usaron otra luz. Alguien movió esa copa, Sandra. O alguien tomó la foto en otro momento.
Sandra lo miró, boquiabierta. Su mejor amigo, el diseñador gráfico que hacía logos de tiendas de mascotas, acababa de encontrar la primera grieta en un caso de homicidio.
—Diego... —susurró ella, con los ojos brillando—. Eres un genio.
—Lo sé —dijo él, guiñándole un ojo y dándole un beso suave en la coronilla antes de caminar hacia la cocina—. Ahora, ¿quieres té o café? Porque vas a estar despierta toda la noche, abogada.
Sandra se quedó mirando la foto, con el corazón latiéndole a mil por hora. No solo por el caso. Sino porque, mientras Diego le preparaba el té en la cocina, ella no pudo evitar pensar en las palabras de Doña Carmen.
Te ama desde los siete años.
Sandra miró su espalda, la forma en que se movía, la forma en que la cuidaba. Y por primera vez, la duda no fue un susurro. Fue un grito.