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OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La caída por las escaleras

Las escaleras principales del castillo no eran simples escalones: eran un escenario de piedra de veinte metros de alto, barandillas de hierro forjado y un vacío brutal al final. Según el manual de novelas baratas, eran el lugar obligatorio para el tropo número uno en muertes accidentales y acusaciones falsas. Tony lo sabía de memoria.

«Regla 7 de ChicleFM: si hay escaleras, alguien cae. Si cae, te culpan a ti. Siempre. Sin excepciones», pensó, bajando despacio. Había salido del banquete antes de que terminara, necesitaba aire, necesitaba pensar, necesitaba que la dejaran en paz. Pero el guion no le daba tregua.

Raffaele la alcanzó a mitad de la escalera. Venía rojo, temblando de rabia, con los ojos inyectados en un resentimiento que no sabía disimular. No había perdido solo dinero: había perdido rostro. Y en este mundo, el rostro era más peligroso de perder que la vida.

—Tú —escupió, cerrando el paso—. Crees que ganaste. Crees que por un truco de cocina ya eres una Paccioli. Te equivocas. Esto no termina aquí.

Tony se detuvo. Miró los escalones que tenía debajo, luego a él.

—Raffaele, sube a tu habitación, cuenta tus monedas de cobre y déjame pasar. Estoy cansada, no tengo ganas de ser tu villana de turno esta noche.

—¿Villana? —se rio, seco y cruel—. Tú eres la intrusa. Y hoy vas a aprender que los lugares se ganan con sangre, no con papeles.

Tony sintió el impulso antes de verlo. «Ahí va. Tres, dos, uno…».

Él dio un paso hacia ella, la mano cerrada en puño, listo para empujarla con fuerza suficiente para enviarla rodando hasta el final. Pero Tony ya había visto esta escena cientos de veces. No esperó el golpe. Se agachó, lo agarró de la muñeca y, usando su propio impulso, lo giró de modo que él perdió el equilibrio hacia adelante.

—Si vas a empujar, al menos asegúrate de tener buen centro de gravedad —dijo ella, soltándolo.

Pero el tropo no estaba escrito para ser desviado tan fácilmente. Raffaele tropezó, se aferró a la barandilla… y en su caída desesperada, la agarró del tobillo con todas sus fuerzas. Tony perdió el equilibrio de golpe. El mundo se inclinó. Piedra fría contra su espalda, un golpe seco en el costado, y la sensación de caer, caer, mientras él rodaba junto a ella, gritando tan fuerte que su voz rebotaba en los muros.

Cayeron tres escalones, cuatro, cinco… hasta que Tony logró engancharse de un peldaño con una mano y frenar la caída. Raffaele rodó hasta el rellano, golpeándose contra la pared, gimiendo de dolor y rabia. Ella se quedó suspendida un instante, el corazón desbocado, antes de subir con dificultad al escalón seguro.

El tobillo izquierdo le ardía con fuego vivo. Al apoyarlo, un dolor agudo la hizo morder los labios. No era un esguince leve. Era algo peor.

Y entonces, como estaba escrito, aparecieron los testigos.

Las puertas del gran salón se abrieron de golpe. Lucrezia, tres damas de honor y dos guardias salieron corriendo hacia ellos, con las manos en la boca, fingiendo horror absoluto.

—¡Dios mío! —gritó Lucrezia, señalándola—. ¡La empujó! ¡La empujó por las escaleras! ¡Es una asesina!

—¡Yo lo vi! —se sumó una de las mujeres—. ¡La arrojó con todas sus fuerzas! ¡Pobre señor Raffaele!

Tony se apoyó contra la pared, respirando con dificultad, el dolor subiendo por su pierna como un líquido caliente. Miró a la multitud que se acumulaba. «Exactamente como en el capítulo 3. Empujón, caída, grito, testigos pagados, condena inmediata. Tan predecible que da risa… excepto que duele de verdad».

—Cállate —dijo Tony, y su voz tembló un poco por el dolor—. Él me empujó. Se aferró a mi pierna al caer. Tengo el tobillo destrozado por su culpa.

—¡Mentira! —chilló Lucrezia, acercándose con falsa preocupación hacia Raffaele—. Tú estabas arriba, él abajo. ¡Todos lo vieron! ¡Eres una monstruo!

Tony miró a su alrededor. Y entonces vio algo que no esperaba. En el escalón donde Raffaele había estado parado antes de lanzarse, brillaba un frasco pequeño de cristal, medio escondido entre las sombras. Alguien lo había dejado ahí. No era él. Raffaele no era lo suficientemente listo para llevar veneno y empujar a la vez.

Alguien más había preparado la escena.

Tony señaló el frasco con la barbilla, sin soltarse de la pared.

—¿Todos lo vieron? Perfecto. Entonces todos también vieron ese frasco que Raffaele llevaba en la mano cuando vino hacia mí. ¿No es así? —miró a cada uno de los presentes, uno por uno—. ¿O acaso nadie vio nada? Qué conveniente.

El silencio cayó sobre el grupo. Lucrezia palideció un instante, luego recuperó su máscara de inocencia.

—Eso… eso no significa nada. ¡Lo empujaste! ¡Es obvio!

—Lo que es obvio es que alguien quería que yo cayera y me callara para siempre —dijo Tony, apoyando con cuidado su pie herido—. Y no fue solo él.

Se hizo un silencio pesado. Nadie se atrevía a hablar. Nadie se atrevía a mirarla a los ojos.

Entonces una sombra se proyectó sobre ellos. Dante Monteverdi apareció en lo alto de la escalera, sin prisa, sin ruido, como si siempre hubiera estado ahí. Bajó despacio, paso a paso, y el aire se volvió más frío con cada movimiento. Se detuvo frente a Tony, miró su tobillo hinchado, luego el frasco en el escalón, y finalmente a ella.

—Caída accidental —dijo él, su voz baja, segura, sin permitir réplica—. El suelo está pulido y resbaladizo. No hay testigos fiables. No hay cargos.

Lucrezia abrió la boca para protestar, pero Monteverdi la miró una sola vez y ella calló, pálida como la cera.

—Retírense —ordenó él.

Los presentes se dispersaron como ratas, llevándose su falso horror y sus verdaderas intenciones. Raffaele fue ayudado a levantarse, murmurando maldiciones, y se marchó cojeando. Quedaron solos en la escalera: ella, apoyada en la pared, él de pie, imponente, entre la luz y la sombra.

—Te lastimaste —dijo él, no como pregunta, sino como hecho.

—Me agarró al caer —respondió Tony, sin bajar la mirada—. Lo esquivé. El tropo falló. Pero el precio fue este.

—¿El tropo? —repitió él, con una ceja levantada—. Hablas como si todo esto estuviera escrito.

—Porque lo está —respondió ella, mordiéndose el labio al intentar mover el pie—. Solo que no siempre sale como lo planean.

Monteverdi se arrodilló sin previo aviso. Antes de que ella pudiera protestar, tomó su tobillo con manos firmes, frías y sorprendentemente cuidadosas. Un instante de presión, un movimiento rápido… y el dolor agudo disminuyó, aunque no desapareció.

—Es un esguince fuerte —dijo, levantándose—. Podrás caminar, pero no correr. No pronto. Y no confíes en que nadie te ayude a subir.

—No necesito tu ayuda —respondió ella, aunque agradecía el alivio—. Y no te creo. Nadie es tan amable sin querer algo a cambio.

Él la miró a los ojos, y por un segundo Tony sintió que él veía más allá de su rostro. Que veía la verdadera Antonia, la que venía de otro mundo.

—Regla número uno del castillo, Antonia —dijo él, con voz grave—. Nadie hace nada sin un motivo. Yo te protegí aquí. No esperes que lo haga siempre.

Se dio la vuelta y subió las escaleras, dejándola sola con su dolor y su frasco de veneno.

Tony bajó la mirada al frasco, luego a su tobillo vendado con un trozo de la capa de Monteverdi que él le había dejado. Había ganado el tropo: no la culparon, no la expulsaron, no la humillaron públicamente. Pero había perdido algo más importante: su cuerpo ya no era intocable. El guion no se rompía sin dejar marca.

Y el detalle que la heló: el frasco no tenía marca de Raffaele. Tenía el sello de la casa de un noble que ni siquiera estaba presente esa noche.

Alguien más estaba escribiendo su escena. Y esa persona no era Lucrezia. No era Raffaele.

Tony apretó los dientes y caminó cojeando hacia su habitación. «Gané el cliché», pensó, sintiendo el dolor en cada paso. «Pero la conspiración… la conspiración acaba de volverse mucho más grande».

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EspirituCreativo
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