Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 6
El trayecto hacia la suite privada de David fue un borrón de luces de neón y silencio cargado. En el ascensor de cristal, ninguno habló. No hacían falta palabras; el aire entre sus cuerpos estaba tan saturado de necesidad que el más mínimo roce de sus manos enviaba descargas eléctricas por sus columnas vertebrales. Anna observaba su propio reflejo en el espejo del ascensor: el vestido esmeralda brillaba bajo la luz artificial, pero era su mirada lo que no reconocía. Había una vulnerabilidad salvaje en sus ojos, una grieta en la lógica que siempre había gobernado su vida.
Al entrar en la suite, el mundo exterior desapareció. David cerró la puerta y, sin encender las luces, la acorraló contra la madera oscura. Sus manos, grandes y seguras, se posaron a ambos lados de la cabeza de Anna. El aroma de él —madera, lujo y una masculinidad abrumadora— la envolvió como una red.
—Todavía puedes irte —gruñó David contra sus labios. Su voz era un recordatorio de su control, pero el temblor casi imperceptible en sus dedos delataba que estaba al borde del abismo.
Anna lo miró fijamente. Su mente analítica intentó, por última vez, presentar un informe de riesgos: Es un extraño. Mañana tienes una cena con tu esposo. Estás rompiendo todas tus reglas. Pero su corazón, ese órgano que ella había tratado como una variable insignificante, latía con una fuerza que acallaba cualquier duda.
—No quiero irme —susurró ella, y su voz fue el contrato definitivo.
David la besó con una intensidad que le quitó el aliento. No fue un beso de cortesía; fue una declaración de propiedad. Sus labios reclamaron los de ella con una urgencia que Anna nunca había experimentado. Ella respondió enredando sus manos en el cabello de él, atrayéndolo más, sintiendo la dureza de su pecho contra la sensibilidad de sus pechos bajo el satén.
Con movimientos lentos y deliberados, David bajó la cremallera del vestido verde. El sonido del metal deslizándose fue el único ruido en la habitación. El vestido cayó al suelo, un charco de seda esmeralda a sus pies. Anna se quedó frente a él, vestida solo con su piel y la luz de la luna que se filtraba por el ventanal.
En ese momento, la vulnerabilidad la golpeó de frente. Anna nunca se había entregado a nadie. Había guardado su cuerpo con la misma cautela con la que guardaba sus secretos financieros, esperando algo que nunca llegó... hasta ahora. Sus dedos temblaron levemente mientras él la observaba con una devoción casi religiosa.
David se detuvo. Sus ojos grises recorrieron cada curva de Anna, desde la línea de su cuello hasta la longitud de sus piernas. Notó la vacilación en su aliento, el leve estremecimiento de sus hombros. Su instinto posesivo, siempre alerta, se transformó en algo más profundo, algo extrañamente protector.
—Estás temblando —notó él, su voz suavizándose.
—Es... nuevo para mí —confesó Anna, su honestidad humanizándola por completo ante él—. No suelo perder el control.
David dio un paso adelante y la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo caliente. Sus manos recorrieron su espalda, reconociendo la suavidad de su piel como si estuviera memorizando un mapa valioso.
—No vas a perder el control. Me lo vas a dar a mí. Yo te sostendré.
La llevó hacia la cama de sábanas blancas y frescas. El contraste del calor de David con el frío de la seda hizo que Anna jadeara. Cuando él se deshizo de su propia ropa, Anna lo observó con una fascinación pura. Era una escultura de músculo y poder, pero en sus ojos había una urgencia que la hacía sentir la mujer más deseada del planeta.
El primer roce de piel con piel fue una explosión silenciosa. David se posicionó sobre ella, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarla, pero manteniendo el contacto total. Sus manos, posesivas y hambrientas, exploraron cada rincón del cuerpo de Anna. La acarició con una mezcla de reverencia y demanda, marcando su territorio en cada centímetro de su piel.
Anna sintió que su lógica se fragmentaba en mil pedazos de cristal. Cada caricia de David encendía un fuego que ella no sabía que podía contener. Sus gestos se volvieron erráticos, sus uñas marcaron los hombros de él mientras buscaba más contacto. La sensualidad del momento no era solo física; era la unión de dos soledades que finalmente encontraban un lenguaje común.
Cuando David penetró en ella con una lentitud tortuosa, el tiempo se detuvo. Anna soltó un gemido que fue una mezcla de sorpresa y alivio. Sus ojos se abrieron de par en par, encontrando los de él. En ese instante de unión absoluta, David sintió un tirón en su pecho que no tenía nada que ver con el deseo carnal. Sintió que esa mujer le pertenecía de una manera que ningún contrato podría igualar. Ella era suya, no por ley, sino por alma.
—Mírame, extraña —susurró David, su voz rota por la emoción—. Mírame y dime que estás aquí.
—Estoy aquí —respondió ella, sus ojos empañados por lágrimas de puro sentimiento—. Soy tuya.
El acto de amor fue una danza de sombras y luz. David se movía con una cadencia posesiva, cada embestida era un reclamo, cada beso una promesa. Anna se entregó por completo, dejando que su "primera vez" fuera grabada con la intensidad de un hombre que no aceptaba menos que la totalidad de su ser. El placer fue tan agudo que dolió, una catarsis que limpió tres años de indiferencia y soledad.
En el clímax, Anna gritó el nombre que no conocía, y David la estrechó contra sí con una fuerza que amenazaba con fusionarlos. Se quedaron allí, envueltos el uno en el otro, mientras sus respiraciones se sincronizaban lentamente.
David besó la frente de Anna, sus manos aún recorriendo sus caderas con una posesividad que no disminuía con la satisfacción. Ella apoyó la cabeza en el pecho de él, escuchando el latido errático de su corazón. La noche de cristal había cumplido su promesa: la transparencia total de sus deseos.
—No te vayas —susurró David contra su cabello.
Anna no respondió. Su mente analítica empezaba a despertar, recordándole que el amanecer traería la realidad de vuelta. Pero en esa suite, bajo el amparo de la oscuridad, ella se permitió ser simplemente una mujer amada. Había entregado su tesoro más preciado a un extraño que, sin saberlo, era el único hombre que tenía derecho legal sobre ella. La ironía era dolorosa, pero la pasión había sido real.
Esa noche, la lógica no perdió la batalla; simplemente dejó de existir. Anna y David, dos herederos de imperios de hielo, se habían consumido en un incendio que ni el tiempo ni la verdad podrían apagar. La "Noche de Cristal" fue el momento en que sus vidas se rompieron para siempre, dejando solo los fragmentos brillantes de una conexión que ningún contrato podría haber previsto.