Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 11
Cap 11: La madre asesina
Vivir con Adrián resultó ser lo más extraño y lo más fácil del mundo.
Una semana bastó para que Villaverde se llenara de costumbres nuevas: él cocinando en las mañanas, ella robándole el café, discusiones tontas por quién dejaba la toalla tirada. Una noche, en la cama, con la cabeza de ella sobre su pecho, Adrián por fin le contó lo que ella nunca le había preguntado en tres años.
—Esa noche, en el Caballo Negro, no pasó nada. —Le acariciaba el pelo, con los ojos en el techo—. Te dormiste a los diez minutos, borracha. Yo me quedé cuidándote para que ningún baboso te tocara. Y a la mañana siguiente, cuando despertaste tan segura de que habíamos… —sonrió— me sacaste la chequera y me dijiste que de ahora en adelante tú me mantenías. —Se encogió de hombros—. Y yo pensé: por qué no. Nunca nadie me había querido por algo que no fuera mi apellido. Tú ni sabías cómo me apellidaba. Así que me callé. Y me dejé mantener.
Ximena levantó la cabeza, entre indignada y desarmada.
—O sea que en tres años nunca…
—Nunca te mentí sobre lo que había pasado. Tú nunca preguntaste. —La besó en la frente—. Reglas, ¿recuerdas? Nada de amarnos. Respeto a tu privacidad. Solo tú y yo. Las cumplo todas.
Ella se recostó de nuevo, sin saber qué hacer con lo que sentía.
La paz duró exactamente hasta el domingo.
El domingo había concurso de audiencia en la cadena: los televidentes votaban a su presentador favorito, y de eso dependía, en parte, el estelar. Ximena iba ganando cómodamente cuando, a media mañana, una tendencia estalló en redes como una bomba.
#LaMadreAsesinaDeXimenaSalazar
Ximena la abrió con el estómago encogido. Alguien había desenterrado su historia más íntima —la que casi nadie conocía— y la había vestido de escándalo: que la conductora estrella del noticiero era, en realidad, la hija verdadera de una tal Rosaura Nava; y que Rosaura Nava estaba presa, acusada de haber matado a su propio marido. "La sangre tira", decían los comentarios. "De tal palo, tal astilla." "¿Y esta le da las noticias a nuestros hijos?"
En minutos, la votación se volteó. Los mismos que la adoraban ahora la insultaban.
Ximena entró a la redacción con la cabeza en alto. Lili estaba en un rincón, "consolando" a Vivian, las dos con caritas de pena fingida.
—Ay, Xime, qué horror —dijo Lili, acercándose—. No te preocupes, nosotras sabemos que tú no tienes la culpa de tu mamá…
—No te molestes, Lili. —Ximena la cortó con una frialdad de cuchillo—. Y tú tampoco, Vivian. Guarden su teatro para quien se lo crea.
El jefe Tafoya la llamó a su oficina y, sin mirarla a los ojos, hizo lo de siempre: lavarse las manos.
—Ximena, con este escándalo no puedo tenerte al aire. Tómate una semana. Descansa. Cuando se calme, vemos.
"Descansar." Ximena sabía leer entre líneas. La estaban congelando.
En Villaverde, Adrián ya estaba enterado antes de que ella llegara. No preguntó si quería ayuda. Simplemente le puso el teléfono en la mano, con una captura y un informe.
—Lo revisé. —Su voz era hielo puro, del que reserva para los enemigos—. Gael rastreó la publicación. Metadatos, hora de subida, la cuenta madre desde donde salió antes de que los bots la replicaran. No es magia; es rastreo. —Señaló la pantalla—. Quien lo publicó primero fue Vivian Rueda. Tu compañera.
Ximena miró el informe largo rato. Luego negó con la cabeza.
—Vivian no. —Le devolvió el teléfono—. Vivian es tonta, envidiosa, pero no tiene ni la información ni el estómago para armar esto. Lo de Rosaura casi nadie lo sabe. A alguien le cosen el vestido, Adri; Vivian solo es la que aprieta el botón. Detrás hay otra mano. Una que me conoce muy bien. —Apretó la mandíbula—. Yo lo resuelvo. Sola. No te metas.
—Ximena…
—Es mi guerra. —Lo miró—. Respeto a mi privacidad, ¿te acuerdas? Déjame esta.
Adrián no estuvo de acuerdo. Pero por una vez, calló.
El sábado siguiente era el cumpleaños de Toño Escalante, uno de los jóvenes herederos del círculo, en el restaurante Cumbre. Adrián la llevó de acompañante. Cuando entraron al privado —lleno de herederos y niñas bien que la reconocieron al instante como "la del escándalo"—, se hizo un silencio incómodo.
Adrián no lo permitió. Pasó un brazo por la cintura de Ximena, la pegó a su costado, y ante toda la sala dijo, con una naturalidad que retumbó:
—Ella es Ximena. Mi novia.
El privado enmudeció. El heredero más codiciado de la Capital, el hombre que jamás había presentado a nadie, acababa de decir "mi novia" delante de todos. Los demás herederos se quedaron con la copa a medio camino de la boca.
Y una de las presentes se puso de pie de golpe.
—¿Tu novia? —Sofi Escalante, la hija consentida de la familia, tenía la cara descompuesta—. ¿Cómo que tu novia, Adrián? ¡Tú y yo estamos comprometidos! ¡Nuestras familias lo acordaron! ¡Toda la Capital lo sabe!
—Yo no acordé nada —dijo Adrián, gélido.
Sofi, humillada delante de todos, tomó de la mesa el pastel de cumpleaños entero y se abalanzó sobre Ximena para estrellárselo en la cara.
Fue un movimiento torpe, de niña rabiosa. Ximena lo vio venir con una claridad que a nadie le pareció rara: se hizo apenas a un lado, con un gesto mínimo, casi imperceptible, y con la punta de los dedos desvió la muñeca de Sofi lo justo. La inercia hizo el resto. El pastel entero terminó estampado contra el pecho y la cara de la propia Sofi, que quedó cubierta de crema y fresas, chillando.
—¡Ay! —Ximena se llevó las manos a la boca, la viva imagen de la fragilidad asustada—. Perdón, perdón, me quité sin querer, ¿estás bien?
—¡Zorra! ¡Me empujaste! —gritó Sofi, embarrada.
—Ni la tocó. —Adrián ya tenía a Ximena detrás de sí, protegiéndola con el cuerpo, la voz baja y letal—. Todos lo vieron. Una más, Sofía, y hablo con tu padre. —Tomó a Ximena de la mano—. Nos vamos.
Afuera, en el estacionamiento, Ximena caminaba en silencio, pensando. Y cuando llegaron al coche, lo miró de reojo con una media sonrisa que él ya empezaba a temer.
—Ya entendí para qué me sirves. —Se cruzó de brazos—. No es que te mueras por mí. Es que necesitabas una novia con quién romper el compromiso que los Escalante te impusieron. Alguien a quien echarle la culpa de todo. Una zorra oficial. —Torció la cabeza—. Por eso el "es mi novia" tan público. Yo soy tu escudo.
Adrián no lo negó. Solo le abrió la puerta del coche.
—Piensa lo que quieras —dijo—. Sube.
Ella subió, medio divertida, medio picada de que su teoría no le doliera tanto como esperaba.
Pero en el fondo de su mente, otra cosa seguía trabajando, fría y afilada, sin descanso.
Vivian apretó el botón. Pero alguien le pasó la información de Rosaura. Alguien que la conocía de muy atrás, desde antes de la fama, desde antes de los Ayala. Alguien con una carita dulce, ojos húmedos y una voz que temblaba en el momento justo.
Ximena miró por la ventanilla la noche de Monteverde correr afuera, y pensó en Lili acariciándose el vientre, en Lili susurrándole cosas a Vivian en los rincones, en Lili sonriendo con toda la inocencia del mundo.
"Eres tú", pensó. "Siempre fuiste tú."
Y esta vez, se prometió, iba a arrancarle la máscara delante de todos.