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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

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El precio de la Duda.

El silencio dentro de los muros de piedra negra del Salón de los Estandartes no era el de la paz, sino el de una maquinaria milenaria que empezaba a crujir bajo su propio peso.

Afuera, las cumbres de la cordillera del norte ya se cubrían con el manto implacable de un invierno que amenazaba con congelar los caminos comerciales. Pero dentro de la cámara principal del trono, el calor de los enormes braseros de hierro forjado apenas lograba disipar la humedad que emanaba de la roca viva.

El rey Valerius III estaba de pie frente a los ventanales ojivales que dominaban el abismo. Su silueta, envuelta en pieles oscuras y terciopelo carmesí, se recortaba contra el cielo plomizo. A sus cincuenta y ocho años, el monarca cargaba sobre los hombros el peso de un imperio construido a base de sangre, tratados feudales y un absolutismo que jamás había sido desafiado en los anales de la corona. Sin embargo, en su rostro surcado de arrugas profundas y en la forma en que sus nudillos nudosos se aferraban al marco de la ventana, se delataba la sombra de una preocupación silenciosa. Las noticias que llegaban desde las provincias del sur ya no eran simples revueltas de campesinos hambrientos o motines de taberna; los reportes hablaban de graneros intactos que no rendían tributo, de minas que operaban en secreto y de una disciplina militar imprevista que se extendía como una mancha de aceite.

A pocos pasos de él, sentada en una mesa de caoba repleta de mapas topográficos, reportes de impuestos y misivas lacradas, la princesa Vespera examinaba un informe con una intensidad gélida. Su cabello oscuro, recogido en una trenza impecable, y su túnica de corte militar sin adornos reflejaban la pragmática severidad con la que había asumido el control de los asuntos de Estado.

—Los distritos del sur siguen sin responder a los llamados de leva, padre —dijo Vespera, sin levantar la vista del pergamino, su voz resonando con una calma peligrosa en la inmensidad de la sala—. El intendente de Olivo reporta que las caravanas de grano que debían subir a la capital antes de las nevadas han desviado sus rutas hacia asentamientos no registrados. No es contrabando común. Hay una intendencia paralela operando en los valles.

Valerius giró lentamente el rostro hacia su hija, dejando que la luz fría del exterior iluminara sus ojos cansados pero indomables.

—Permitimos que ese foco en Puerto Seco se extendiera demasiado tiempo, Vespera —respondió el rey con voz ronca, una nota de reproche velado cruzando sus palabras—. Cuando trajiste los informes sobre los disturbios en las minas de la cumbre, debí enviar a la guardia de hierro completa para arrasar cada palmo de tierra y sembrar sal en sus cimientos. En su lugar, preferiste una incursión menor que terminó desatando el desastre.

Vespera levantó la mirada de inmediato. Sus ojos oscuros destellaban con la misma ambición implacable que había heredado del trono, pero también con la fría lógica de quien entiende que el mundo está cambiando bajo sus pies.

—Mandé a la mejor cohorte de infantería ligera que teníamos en la guarnición del paso —replicó Vespera, conteniendo el filo en su tono de voz—. No fue un error de cálculo táctico; fue la aparición de una anomalía que ninguno de nosotros pudo prever en los tratados de guerra. Esos mineros no se defendieron con picas ni con arcos improvisados. Los informes de los pocos supervivientes que lograron huir antes de que incendiaran el fuerte hablaban de tubos de hierro capaces de vomitar fuego a distancia, de hombres que caían muertos sin que ninguna espada cruzara el aire. Si permitimos que esa tecnología —o lo que sea que esté fabricando ese maldito extranjero en las sombras— se propague por las provincias, el sistema feudal sobre el que se sostiene este trono se desmoronará en cuestión de meses.

Valerius dio un paso hacia el centro de la estancia, cruzando los brazos sobre su pecho corpulento. No se trataba simplemente de mantener el orgullo de la dinastía; el imperio que gobernaban era un delicado equilibrio de vasallaje, impuestos y miedo reverencial. Si los señores feudales de las provincias menores veían que la corona era incapaz de sofocar una rebelión técnica surgida de la escoria de las minas, la lealtad de los duques y margraves se evaporaría al primer destello de debilidad. Un rey no gobierna por el amor de sus súbditos, sino por la absoluta e indiscutible certeza de que oponerse a su autoridad equivale a la aniquilación total.

—Los vasallos empiezan a murmurar en los consejos del norte —admitió Valerius con gravedad, caminando hacia la mesa donde su hija examinaba los mapas—. El duque de Maravia ya ha retrasado su cuota de plata trimestral bajo el pretexto de que sus caminos no son seguros frente a las partidas de bandoleros que descienden del sur. Si no cortamos esta cabeza ahora, antes de que el invierno selle por completo los pasos de la cordillera, el próximo año no tendremos tesoro para pagar a los mercenarios, ni ejércitos para sostener las fronteras.

Vespera se puso de pie, apoyando las palmas de las manos sobre el mapa de pergamino, justo en el punto donde se ubicaba el valle intermedio que conectaba Puerto Seco con la gran ruta comercial del este.

—No podemos esperar a que ellos decidan subir a las puertas de la capital, padre —sentenció la princesa con una resolución cortante—. Las fortalezas intermedias de nuestro sistema defensivo —el fuerte de Valdeorras en el cruce de los ríos, la guarnición de las colinas de Aezcoa y el bastión del paso del Águila— siguen bajo nuestro control, pero están aisladas y desconfiadas. Debemos transformar todo el territorio en un tablero de exterminio. No mandaremos más patrullas aisladas que terminen convirtiéndose en trofeos para su propaganda. Vamos a fortificar cada cordillera, a vaciar los graneros de la ruta y a obligarlos a avanzar a través de una tierra quemada donde no encuentren ni agua ni refugio.

Valerius observó a su hija con una mezcla de fría aprobación y el peso sombrío de una guerra total que amenazaba con consumir los cimientos mismos de su linaje. Sabía tan bien como ella que cada bastión que cedieran en el camino hacia la capital debilitaría el mito de la invulnerabilidad imperial.

—Que el mariscal prepare a la caballería pesada en las guarniciones del norte —ordenó el rey, con una autoridad inapelable que volvió a llenar cada rincón del salón—. Y avisa a los comandantes de los fuertes intermedios: no habrá tregua, no habrá negociaciones con sublevados, y cualquiera que permita que la tecnología de ese extranjero cruce sus murallas pagará con su cabeza y la de su estirpe. Si quieren venir a reclamar este trono, tendrán que marchar sobre las cenizas de su propio país.

El pesado crujir de las grandes puertas de roble del Salón de los Estandartes interrumpió de golpe la fría deliberación entre el rey y su hija. No se trataba del protocolo solemne de un emisario ni de la marcha rítmica de la guardia real, sino de un arrastre desesperado, un sonido húmedo y descompasado que hizo que la princesa Vespera se enderezara de inmediato, apoyando la mano en la empuñadura de su espada corta con una desconfianza instintiva.

Las puertas terminaron de abrirse con lentitud. En el umbral, recortado contra la penumbra de los corredores de piedra, se tambaleaba lo que apenas quedaba de un hombre.

Era un caballero de la cohorte de élite, una de las unidades de armadura negra que Vespera había despachado meses atrás hacia las cumbres nevadas para barrer el campamento de los mineros. Pero el esplendor de la caballería imperial se había esfumado por completo, devorado por una pesadilla de la que parecía incapaz de despertar. Venía sin yelmo, con el peto de acero abollado, perforado y manchado de una sangre negruzca que ya se había secado en costras rígidas sobre su jubón de cuero. Lo peor, sin embargo, era su brazo izquierdo: colgaba de un ángulo grotesco, completamente destrozado desde el codo, una masa informe de carne desgarrada y huesos astillados que goteaba un rastro escarlata sobre los pulidos adoquines del salón.

—Majestad... —graznó el soldado, con la voz rota, consumida por una fiebre delirante y una pérdida masiva de sangre.

Dio tres pasos tambaleantes hacia el centro de la estancia, con los ojos inyectados en sangre y dilatados por un terror tan absoluto que parecía haber despojado al hombre de toda razón. Las pupilas no enfocaban al rey Valerius ni a la princesa; miraban fijos hacia el vacío, reviviendo una carnicería que lo perseguía como una sombra perpetua.

Vespera dio un paso al frente, con el rostro endurecido por la repulsión y la fría exigencia de respuestas.

—Identifícate. ¿Dónde están los demás de tu centuria? ¿Qué ocurrió en el asentamiento de los mineros en la montaña? —exigió la princesa, sin mostrar un ápice de compasión ante el estado agónico del soldado.

El caballero cayó de rodillas sobre la piedra con un golpe sordo que resonó en la bóveda. No traía espadas ni escudos; sus manos estaban vacías, temblando con espasmos violentos mientras intentaba aferrarse al aire.

—No... no eran hombres... —balbució el soldado, tosiendo sangre que le manchó la barbilla y el cuello—. Íbamos a prender fuego a las chozas... a limpiar la escoria como ordenaste... pero...

Levantó la vista, y su rostro se retorció en una mueca de puro horror, como si el fantasma de lo que había visto en las cumbres se materializara de nuevo frente a él.

—No hubo honor... no hubo carga de caballería... —gimió el hombre, con un hilo de voz que se quebraba entre sollozos histéricos—. Ese extranjero... ese maldito extranjero de los páramos... sacó un tubo de hierro negro de entre sus ropas. No rugía como una ballesta, no tenía el peso de una catapulta. Tronó... tronó como un rayo caído del cielo limpio, y el capitán cayó del caballo antes de que pudiéramos sacar las espadas de las vainas. El plomo... el plomo atravesó el acero de la coraza como si fuera tela de lino. Vimos caer a los mejores hombres en un segundo, sin ver al enemigo, sin escuchar un grito de guerra... ¡un trueno tras otro, un trueno tras otro en las manos de un solo hombre!

El rey Valerius dio un paso hacia adelante, con los ojos fijos en la herida destrozada del soldado. Aunque intentaba mantener la compostura rígida de su estirpe, una sombra de genuina perplejidad cruzó sus facciones.

—¿Un trueno? ¿Una sola arma de mano capaz de derribar a una centuria acorazada? Estás delirando por la pérdida de sangre, soldado. La pólvora de los morteros es tosca y pesada; ningún artilugio portátil puede...

—¡No es delirio! —gritó el caballero con lo último que le quedaba de aliento, un alarido desesperado que rasgó su garganta antes de desplomarse por completo sobre el suelo de piedra, con los dedos crispados en una última convulsión—. ¡El infierno... el infierno tiene la cara de ese hombre y sostiene una pistola de fuego que no necesita recargar en horas! ¡Vienen por nosotros... vienen a quemar el castillo hasta los cimientos...!

El cuerpo del caballero se quedó inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo abovedado, dejando un charco de sangre oscura que comenzó a extenderse lentamente alrededor de sus rodillas.

En el salón se instaló un silencio sepulcral, roto únicamente por el crepitar sordo de los braseros y el silbido del viento invernal que golpeaba los ventanales de la torre.

Vespera miró el cadáver del soldado y luego levantó lentamente la vista hacia su padre. La fría seguridad con la que habían trazado sus planes tácticos minutos antes se había agrietado. Ya no se trataba de una simple revuelta campesina por el precio del grano, ni de un motín de mineros hambrientos que podían ser masacrados con una carga de caballería. La anomalía de la que hablaba el soldado confirmaba lo peor: en las manos de un solo desertor anónimo, la tecnología del imperio se estaba desmoronando ante una nueva y aterradora era de la destrucción.

El eco de la última respiración del caballero se extinguió lentamente en la inmensidad del Salón de los Estandartes, pero el peso de sus palabras se quedó suspendido en el aire como una densa capa de plomo.

La princesa Vespera apartó la mirada del cuerpo inerte con una frialdad calculada, aunque el tic casi imperceptible en la comisura de sus labios delataba el surco de inquietud que acababa de abrirse en su mente. Para alguien que medía el mundo en números de lanceros, fanegas de tributo y grosores de murallas, la idea de que un solo hombre pudiera anular a una centuria de élite mediante un artilugio desconocido no era solo una amenaza militar; era una afrenta directa al orden natural de las cosas. El imperio no podía permitirse la existencia de una anomalía semejante.

—Un trueno que atraviesa el acero... —murmuró Vespera con voz gélida, rompiendo el silencio mientras caminaba despacio hacia el ventanal, contemplando la vasta extensión de los bosques y valles que se extendían bajo la montaña como un tablero de ajedrez bajo su control—. Si lo que dice ese despojo es cierto, padre, no estamos persiguiendo a un simple cabecilla de forajidos. Estamos ante el nacimiento de algo que destruirá los cimientos de nuestra autoridad antes de que la próxima estación termine de asentarse.

El rey Valerius III permaneció inmóvil junto a la mesa de los mapas. Su rostro, endurecido por décadas de ejercicio absoluto del poder, mostraba ahora una concentración sombría. No vacilaba por miedo, sino por el cálculo frío de un monarca que entiende cuándo una ficha suelta amenaza con derrumbar toda la estructura. Dio media vuelta, ignorando el charco de sangre que comenzaba a coagularse junto a las botas del soldado caído, y caminó con paso pesado hacia las pesadas puertas de roble.

—Que la guardia de corps retire este desperdicio de mi vista —ordenó Valerius sin volverse, su voz resonando con una autoridad inapelable por los corredores exteriores—. Y convoca de inmediato al Consejo de Guerra en la cámara interior. Que acudan el Mariscal de la Marca del Norte y los capitanes de las fortalezas del paso.

Vespera asintió con un movimiento seco de cabeza, recogiendo los reportes que yacían sobre la mesa.

—No nos limitaremos a esperarlos en los valles intermedios —sentenció la princesa, con una luz peligrosa destellando en sus ojos oscuros—. Si ese rebelde cree que puede usar una tecnología maldita para desafiar a la corona, demostraremos que la furia del imperio no conoce fronteras. Preparen las columnas de asalto. La cacería ha comenzado, y esta vez no dejaremos ni rastro de las cenizas.

Las pesadas puertas de roble del Consejo de Guerra se cerraron con un estruendo sordo, aislándolas del eco exterior. En el centro de la cámara, iluminada únicamente por la luz cenital que se filtraba a través de un tragaluz encastrado en la piedra viva, reposaba la gran mesa de roble negro donde se tallaba el relieve de todo el imperio: desde las cumbres heladas del norte hasta los fértiles valles del sur donde Puerto Seco comenzaba a consolidar su bastión.

Alrededor del tablero ya aguardaban los hombres de hierro de la corona. El Mariscal Rorik, un veterano de rostro cortado por mil batallas con una cota de malla que crujía a cada respiración, tamborileaba los nudillos con impaciencia sobre la madera. A su lado, los comandantes de las guarniciones intermedias guardaban un silencio tenso, con las miradas fijas en la princesa Vespera, quien acababa de entrar en la sala flanqueada por la imponente y sobria figura del rey Valerius.

Nadie habló de la derrota en las minas. Nadie pronunció en voz alta el nombre del soldado que se había desangrado sobre los adoquines del salón principal. Pero la sombra de su relato —el trueno inexplicable, el plomo atravesando el acero, la muerte sin honor a cincuenta pasos— flotaba en la atmósfera como un gas invisible y sofocante.

Vespera se detendría frente al mapa, apoyando las palmas de los guantes de cuero sobre las miniaturas talladas que representaban los fuertes fronterizos.

—El tiempo de las patrullas de reconocimiento y los tributos negociados ha terminado —declaró la princesa, su voz cortante y gélida como el viento del norte que azotaba las almenas—. Los reportes de la Marca del Sur confirman que el asentamiento sublevado ya no es una simple comuna de mineros huidos. Se ha convertido en un centro de producción militar autónomo. Poseen acero templado, rutas de abastecimiento seguras y una tecnología de fuego portátil que desafía las leyes de la guerra feudal.

El Mariscal Rorik frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su abultado peto.

—¿Fuego portátil, Alteza? —interrumpió el viejo mariscal con un tono de escepticismo militar—. Los alquimistas de la capital llevan años intentando estabilizar tubos de fuego griego o morteros de mano, y lo único que consiguen es reventar las manos de los artilleros en la primera detonación. Ningún rebelde en los páramos del sur puede superar la ciencia de la corona.

—Pregúntale a los restos de la centuria que enviamos hace meses, si es que te quedan ganas de discutir sobre alquimia —replicó Vespera sin apartar la vista del mapa, con un destello de peligro en los ojos—. No mandaremos más destacamentos aislados para que sirvan de blanco a sus experimentos. Vamos a aplicar la doctrina de la tierra baldía.

La princesa extendió la mano y desplazó una ficha de hierro pesado —que representaba a la vanguardia imperial— desde las llanuras centrales hacia el estrecho desfiladero del río Seco, el único paso natural que conectaba los valles agrícolas con las estribaciones de la montaña.

—El Mariscal Rorik avanzará con tres mil caballeros de la guardia pesada y dos compañías de ingenieros de asedio —ordenó Vespera, trazando una línea implacable sobre el pergamino tallado—. No se limitarán a recuperar el territorio. Vaciarán cada granero, quemarán cada hectárea de sembradío que pueda alimentar a sus milicianos, y dinamitarán los puentes de piedra que cruzan el río. Rodearán Puerto Seco y cortarán el oxígeno de ese maldito bastión hasta que el hambre y el frío hagan el trabajo por nosotros.

Valerius III, de pie en la cabecera de la mesa, observaba los movimientos de su hija con una aprobación silenciosa. El rey sabía perfectamente que en una guerra contra una idea o contra una tecnología desconocida, la mayor arma del imperio no era el filo de las espadas, sino la desproporción absoluta de la fuerza. Si el enemigo se atrevía a desafiar el orden de los siglos, el imperio aplastaría no solo al hombre que sostenía el arma, sino al suelo que pisaba, a su gente y a la memoria misma de su rebelión.

—Que nadie espere clemencia —añadió el rey con su voz profunda, resonando en la bóveda de piedra—. Si ese extranjero quiere reescribir las reglas del mundo, aprenderá que el precio de la innovación es la aniquilación total de su estirpe. Mariscal, disponga la marcha al amanecer. El invierno será nuestro aliado más implacable.

El crujido de la bota de hierro del Mariscal Rorik al girar sobre el pavimento de la sala marcó el inicio formal de la movilización. Los comandantes menores inclinaron la cabeza con rigidez castrense y abandonaron la estancia en completo silencio, absorbiendo la magnitud de la orden que acababan de recibir. No se trataba de una campaña de pacificación ordinaria; era una sentencia de muerte dictada contra toda una región del sur, un recordatorio brutal de por qué la corona había gobernado sin contrapeso durante generaciones.

Dentro de la cámara, cuando las pesadas puertas volvieron a cerrarse y el eco de las botas se desvaneció en los pasillos, la máscara de absoluta frialdad de la princesa Vespera titubeó por un instante.

Se inclinó ligeramente sobre el mapa tallado, apoyando todo el peso de su torso sobre las palmas de las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus ojos oscuros recorrieron con furia contenida la línea imaginaria que separaba el bastión imperial de las tierras bajas donde operaba el extranjero.

—¿Crees realmente que el hambre y el invierno bastarán, padre? —preguntó Vespera, sin levantar la vista de las miniaturas de plomo, dejando escapar por fin el resquemor que le quemaba por dentro—. Mandamos a nuestra mejor caballería y volvieron reducidos a un despojo sangrante. Si ese hombre ha descubierto la forma de fabricar más de esas armas... si cada miliciano de ese pueblo termina portando un trueno en la cintura, las murallas de este castillo no nos servirán de refugio, sino de tumba.

El rey Valerius dio un paso hacia el centro de la luz cenital, su imponente figura envuelta en la penumbra de la sala. Extendió una mano manchada de edad pero firme, y tocó con las yemas de los dedos la miniatura que representaba el fuerte de la frontera sur, justo donde las tropas del mariscal comenzarían a concentrarse.

—El miedo es una herramienta poderosa, Vespera, pero la logística es la que decide el destino de los tronos —respondió el monarca con una calma sepulcral, aunque sus ojos reflejaban el peso de un cálculo milimétrico—. Ese extranjero podrá tener un tubo que arroja muerte a distancia, pero la muerte no come plomo. La muerte no bebe agua de los pozos secos ni se abriga con trigo quemado. Si destruimos sus líneas de suministro antes de que logre ensamblar un ejército, lo obligaremos a salir de su madriguera. Y cuando un hombre con una sola ventaja táctica se ve acorazado por el hambre y la intemperie, comete errores.

Valerius levantó la mirada hacia los ventanales altos, donde los primeros copos de nieve comenzaban a azotar los cristales oscuros, anunciando que la tormenta definitiva había cruzado la frontera de la cordillera.

—Que avance el invierno. Que marche el mariscal —concluyó el rey con una resolución pétrea—. Vamos a asfixiar la revuelta desde la raíz, y cuando ese maldito inventor se quede sin munición, sin comida y sin aliados, iremos nosotros mismos a recordarle de quién es este mundo.

—...si es que queda algo de nosotros para cuando el invierno decida descongelar los caminos... —murmuró por lo bajo el capitán Alden, uno de los oficiales de menor rango de la guarnición del sur, retrocediendo hacia la salida con la vista fija en las losas de piedra.

A pesar de haberlo dicho con un hilo de voz, casi como si hablara para sus adentros mientras intentaba desaparecer entre las sombras de la columna, el eco metálico de la cámara y la absoluta tensión del ambiente hicieron que cada sílaba flotara nítida en el silencio de la sala.

La princesa Vespera detuvo su movimiento de inmediato. Giró lentamente sobre sus talones, con los ojos oscuros clavados en el oficial con una intensidad letal que hizo que el joven capitán tragara saliva de golpe, sintiendo el peso de la mirada real como una hoja apoyada en su yugular.

—¿Decías algo, capitán Alden? —preguntó Vespera, con una suavidad tan gélida que helaba la sangre—. ¿O es que el frío del sur ya ha comenzado a ablandar la lengua de los hombres que eligieron portar el estandarte de la corona?

Alden se cuadró de inmediato, con el rostro pálido, maldiciéndose por no haber sabido contener un pensamiento que media guarnición compartía en secreto pero que nadie se atrevía a pronunciar frente al trono.

—No... no es nada, Alteza —respondió el oficial, con la voz temblorosa pero esforzándose por mantener la compostura militar mientras se inclinaba en una rígida reverencia—. Solo... solo pensaba en la logística de abastecer al mariscal a través de los pasos cerrados por la ventisca. Nada más.

El rey Valerius ni siquiera se molestó en girarse para mirar al oficial. Desde su posición en la cabecera de la mesa, con las manos cruzadas a la espalda, su voz profunda cortó el aire con la fuerza de un decreto inapelable.

—Los hombres que piensan en la derrota antes de marchar suelen encontrarla mucho más rápido que sus enemigos, capitán —dijo el rey sin mirarlo—. Sal de mi vista, intégrate a la vanguardia del mariscal Rorik y asegúrate de que tu espada hable con más claridad que tus susurros cuando lleguemos a las líneas del sur.

El capitán Alden hizo una venia desesperada, dio media vuelta con paso rígido y se apresuró a cruzar las puertas del Consejo, sabiendo perfectamente que lo acababan de enviar a la primera línea de fuego como castigo por dudar en voz alta.

En la estancia, ni Vespera ni Valerius volvieron a mencionar el incidente. La maquinaria de la guerra imperial ya estaba en marcha, y no había lugar para el miedo entre las filas que debían aplastar la anomalía del desierto.

El murmullo, ahogado pero perfectamente audible en la acústica de piedra de la cámara, cruzó el espacio entre las columnas como un soplo de aire viciado.

—Mierda... ¿de verdad crees que sobreviviremos a esto? —masculló el caballero de primera línea, un veterano de las campañas del norte con las manos aferradas con tanta fuerza al pomo de su espada que los nudillos se le habían vuelto translúcidos.

A su lado, un suboficial de la guardia de corps ajustó la hebilla de su hombrera con un movimiento tense, sin apartar la vista de la imponente espalda de la princesa Vespera.

—No lo sé —respondió el segundo con voz ronca, tragando saliva con dificultad—. Pero si muero, sé que moriré en nombre de la corona.

Un tercer oficial, más joven, con la sombra de una barba descuidada y los ojos fijos en el suelo, dejó escapar una risa corta, seca y completamente desprovista de humor antes de inclinar la cabeza hacia el veterano.

—Sí... ¿pero qué hay de tus hijos, Valen? —susurró el muchacho, con un dolor sordo y contenido que raspaba en el fondo de su garganta—. ¿Quién les va a decir que su padre se dejó masacrar en un paso de montaña helado por perseguir a un fantasma con un tubo de fuego?

La princesa Vespera se detuvo en seco. El aire de la estancia pareció congelarse de inmediato.

No hizo falta ninguna advertencia ni una orden tajante de ejecución. La fría y absoluta certeza de que el descontento ya no vivía únicamente en los campamentos de los rebeldes del sur, sino que se había filtrado hasta el núcleo mismo de su guardia de élite, golpeó a la princesa con la fuerza de un puñetazo invisible. Sus ojos oscuros brillaron con una furia contenida, pero antes de que pudiera girarse para fulminar con la mirada a los insubordinados, la voz ronca y pesada del rey Valerius retumbó en la sala, cortando el aire con la precisión de una cuchilla.

—Silencio en las filas —ordenó el monarca, sin volverse, manteniendo la vista fija en el mapa del imperio—. La lealtad a la corona no se pregunta si tiene un mañana, soldados. Se cumple porque la alternativa es el caos absoluto.

Valerius giró lentamente el rostro, y sus ojos fríos y cansados atravesaron la penumbra para detenerse en el grupo de oficiales que intentaba fundirse con las sombras de la columna.

—Si alguno de ustedes prefiere regresar a sus casas a cuidar de sus hijos bajo las reglas del extranjero que sostiene un trueno de hierro, que dé un paso al frente ahora mismo —dijo el rey, con una calma tan aterradora que hizo que la sangre se helara en las venas de los hombres—. Las puertas de la sala están abiertas. Podrán marchar hacia el sur y unirse a los traidores sin que nadie los persiga. Pero si deciden quedarse... que su espada responda por ustedes, porque la corona no alimenta a cobardes que dudan en la víspera de la tormenta.

El silencio que siguió fue absoluto. Nadie se movió. Ningún caballero dio un paso al frente. Los rostros de los hombres palidecieron bajo el acero de sus yelmos, apretando los dientes y bajando la mirada en un asentimiento rígido y sumiso. Sabían tan bien como los reyes que desertar significaba la deshonra eterna de sus estirpes y la horca en la plaza pública.

Vespera observó la fría sumisión de su guardia con una satisfacción amarga. La máquina de guerra imperial estaba lista para marchar, arrastrando consigo la duda, el miedo y la inevitable sospecha de que el imperio que juraron defender ya comenzaba a desmoronarse desde adentro.

El eco del desafío del rey apenas terminaba de disiparse entre los arcos de piedra cuando el sonido seco de una bota de hierro rompió la formación.

El joven caballero de la barba descuidada, el mismo que había mencionado a los hijos, apretó los dientes, dejó caer la mano del pomo de su espada y dio un paso firme hacia adelante. Sus ojos, aunque cargados de un terror palpable, sostenían una chispa de desesperada dignidad. Estaba dispuesto a aceptar las palabras del monarca, a asumir el riesgo de buscar una salida antes de marchar directo al matadero de las cumbres.

No llegó a dar el segundo paso.

Antes de que su bota siquiera terminara de asentarse sobre el pavimento, un destello de acero rasgó la penumbra lateral. El capitán de la guardia de corps, sin vacilar un solo instante y sin esperar una orden explícita del trono, hundió su hoja directamente a través del peto del muchacho.

El joven ahogó un grito que se convirtió en una bocanada de sangre espesa. Inmediatamente después, dos espadas más cruzaron el aire con precisión mecánica, atravesando su costado y su espalda en un ataque coordinado, implacable y absolutamente desprovisto de piedad. Los tres aceros manchados de rojo salieron por su pecho con un sordo desgarro de carne y malla de acero.

El caballero apenas tuvo tiempo de tambalearse hacia adelante, con los ojos abiertos de par en par en una mueca de incredulidad, antes de desplomarse pesadamente sobre los adoquines. Su sangre comenzó a esparcirse en un charco oscuro, lamiendo las botas de los oficiales que seguían congelados en sus puestos, rígidos y con el aliento retenido.

El rey Valerius ni siquiera parpadeó. Su rostro permaneció inalterable, como si acabara de ordenar barrer hojas secas del patio.

La princesa Vespera miró el cuerpo sin vida que yacía a pocos pasos de la mesa de los mapas, y luego levantó lentamente la vista hacia los caballeros que formaban en el perímetro, cuyos rostros estaban ahora blancos como el papel.

—Las puertas de esta sala estaban abiertas para marchar como hombres libres, no para desertar como perros cobardes —sentenció Vespera, con una voz tan gélida que cortaba como el hielo exterior—. Que su cuerpo sea arrojado a los cuervos en el patio de servicio. El Consejo ha terminado. A sus puestos.

El eco del último decreto de la princesa se disipó entre las frías paredes de piedra, pero el olor metálico de la sangre fresca ya se había adueñado del ambiente, impregnando el aire que respiraban los oficiales restantes. Nadie se atrevió a mirar el cuerpo que se enfriaba sobre los adoquines; las miradas de los caballeros permanecían clavadas al frente, rígidas, transformadas en estatuas de hierro y obediencia ciega. La lealtad en el imperio ya no se sostenía sobre el honor de las viejas casas ni sobre el orgullo de la caballería, sino sobre el miedo absoluto a la punta de tres espadas dispuestas a ajusticiar al primer atisbo de duda.

—Retírense —ordenó Valerius III con un gesto seco de la mano, despidiendo al Consejo sin concederles una sola palabra más de despedida.

Los oficiales rompieron filas con movimientos mecánicos y apresurados, arrastrando las pesadas botas sobre el pavimento en un silencio sepulcral, ansiosos por abandonar la atmósfera irrespirable del Salón de los Estandartes. En cuestión de minutos, las pesadas puertas de roble volvieron a cerrarse, dejando a los reyes a solas con sus pensamientos, los mapas y el rastro carmesí que marcaba el fin de la disidencia interna.

Vespera caminó despacio hacia el ventanal, apartando con la punta de su bota un fragmento de correa de cuero ensangrentada que había quedado en el suelo. Afuera, la tormenta de invierno ya se había desatado con furia sobre las cumbres, convirtiendo el paisaje en un mar blanco de ventiscas y abismos impenetrables.

—La disciplina está restaurada, padre —dijo la princesa, con un tono carente de cualquier triunfo, analizando la cruda realidad del tablero político—. Pero matar a nuestros propios hombres en la víspera de la marcha no hace más que confirmar lo que todos murmuran en los cuarteles: el miedo ha entrado en este castillo mucho antes de que el extranjero ponga un pie en las puertas exteriores.

Valerius se acercó lentamente a su lado, apoyando una mano nudosa sobre el borde de piedra de la ventana. Su vista se perdió en la inmensidad de las montañas del sur, allí donde la pequeña chispa de Puerto Seco se había convertido en un incendio imposible de ignorar.

—El miedo no es un defecto en tiempos de guerra, Vespera; es el pegamento que mantiene unidas las piedras cuando los cimientos empiezan a ceder —respondió el monarca con voz ronca, midiendo cada palabra como si dictara una sentencia histórica—. Ese inventor cree que con un par de tubos de hierro y plomo fundido puede doblegar un orden que lleva siglos gobernando este continente. No entiende que la verdadera fuerza del imperio no reside en la durabilidad de sus corazas, sino en la inevitabilidad de su maquinaria. Que avance el mariscal. Que quemen los campos y reduzcan a cenizas cada aldea que se atreva a ofrecerles refugio. Cuando ese hombre se quede sin tierra donde pisar y sin hombres a quienes mandar, sabrá que contra la corona no hay tecnología que valga.

La princesa asintió lentamente, apretando los puños dentro de sus guantes de cuero mientras el viento helado golpeaba con fuerza los cristales del torreón, anunciando que el choque entre el viejo mundo feudal y la implacable modernidad de las armas de Leo era ya completamente inevitable.

La medianoche había sumido el torreón principal en un dominio de sombras y silencio, que solo se veía interrumpido por el golpeteo insistente de la ventisca contra los vitrales de plomo. En sus aposentos privados, despojada de la pesada coraza ceremonial y vistiendo únicamente una túnica de lana oscura de corte austero, la princesa Vespera permanecía de pie junto a la ventana.

La habitación estaba tenuemente iluminada por el parpadeo de una sola vela de sebo que proyectaba siluetas alargadas sobre los tapices de piedra. Con la mirada perdida en la negrura de los abismos exteriores —allí donde las laderas de la montaña comenzaban a fundirse con el imperio que ella misma gobernaba con mano de hierro—, sostenía con la mano izquierda una pluma de cuervo cuyo extremo mordisqueaba inconscientemente con una tensión contenida.

Sobre la superficie de la mesa de roble macizo reposaba un grueso diario de cuero ajado, cuyas páginas amarillentas guardaban los registros más íntimos, cálculos estratégicos y reflexiones políticas que jamás permitiría que vieren la luz del día.

Apoyando la punta de la pluma sobre el papel con un trazo firme y anguloso, comenzó a escribir, dejando que el sonido seco del grafito y la tinta sobre la hoja rompiera la monotonía del viento invernal:

Día 12 del Asedio.

El imperio cruje, no por la fuerza de sus enemigos externos, sino por la fragilidad de sus propias certezas. Hoy tuve que ordenar la ejecución de un hombre que solo tuvo el valor de decir en voz alta lo que el resto de la guardia ya masculla en la oscuridad de los barracones: el miedo. Un ejército que teme a lo desconocido ya está medio derrotado antes de cruzar la primera línea de trincheras.

Este extranjero de los páramos, este anónimo fabricante de truenos, ha logrado en semanas lo que ningún duque rebelde ni ningún ejército de las provincias del sur pudo hacer en décadas: sembrar la duda en el trono de mi padre. Ya no se trata de reprimir un motín de mineros hambrientos. Es la constatación de que las reglas del poder absoluto que nos sostuvieron durante siglos se tambalean ante un trozo de metal estriado y una carga de pólvora.

Si el Mariscal Rorik falla en su marcha de tierra quemada... si el frío y el hambre no logran ahogar esa chispa en el sur, este castillo se convertirá en nuestra tumba. Y lo peor no es morir bajo el fuego de su tecnología imposible, sino saber que el mundo que construimos sucumbirá ante un hombre que ni siquiera pertenece a nuestra estirpe.

Vespera detuvo el trazo. La pluma quedó suspendida sobre la última línea, goteando una pequeña mancha oscura que se extendió lentamente entre las palabras como una herida abierta.

Cerró el diario de golpe, haciendo que el eco sordo resonara en la alcoba vacía, y volvió a volcar toda su atención en la ventana, donde el invierno implacable continuaba sepultando el camino que muy pronto se teñiría con la sangre de la guerra total.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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