Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 6
Capítulo 6: Bajo la lluvia
—Qué chiquito es el mundo, ¿verdad, nena?
Damián estaba recargado en su escritorio, con las mangas de la camisa dobladas hasta el codo, jugando con una pluma entre los dedos como quien juega con la suerte de alguien más. La suerte de alguien más era la mía.
—Usted armó esto —le dije, de pie, apretando la carpeta contra el pecho—. Lo de mi hermano. La camioneta. Todo.
—Yo no obligué a nadie a robarse un coche ajeno y estrellarlo. —Ni se inmutó—. Tu hermano lo hizo solito. Yo nada más soy el dueño del coche. Uno de tantos que tengo. Casualidades de la vida.
Me lo dijo con una cara tan lisa que casi le creo. Casi.
—Deme plazos —dije, tragándome el orgullo—. O baje el monto. Por favor. Nosotros no tenemos ese dinero. No lo vamos a tener nunca.
—Plazos. —Saboreó la palabra. Rodeó el escritorio despacio y se paró frente a mí, tan cerca que tuve que levantar la barbilla para no perderle la cara—. ¿Y qué me ofreces a cambio de que yo sea… flexible?
El doble sentido me quemó las orejas. Di un paso atrás y choqué con la orilla del escritorio.
—Trabajo. Le pago con trabajo, con horas extra, con lo que sea, pero de a poco. Aunque me tarde diez años.
—Diez años. —Ladeó la cabeza, como si le pareciera gracioso—. En diez años ya te habrás casado con tu gamer, tendrás dos hijos y una hipoteca, y me seguirás debiendo. No, nena. Así no se hacen los negocios. —Se metió las manos en los bolsillos—. Con lo que sea, dijiste. Cuidado con lo que ofreces. Un día te lo cobro, y no vas a tener con qué reclamar.
Me sostuvo la mirada un segundo largo. Y por primera vez entendí, con un escalofrío, que este hombre no me estaba cobrando una camioneta. Me estaba cobrando a mí. Desde el principio.
Salí de esa torre con las piernas de trapo y el celular vibrando en la bolsa. Era mi mamá otra vez. Y lo que me dijo, ahí parada en la banqueta entre los ejecutivos que pasaban de prisa, me terminó de romper.
—————
Mi papá estaba en el hospital.
Don Ramiro, con la espalda ya lastimada de tantos años de cargar, había ido a jornalear a una obra para juntar dinero —para los daños de la camioneta, para no dejarme sola con eso— y una vieja lesión se le reventó al levantar un costal. Los médicos hablaban de que podía quedar postrado si no lo atendían bien, y atenderlo bien costaba dinero que no había.
Deuda, desamor, y ahora mi papá en una camilla por mi culpa, por la culpa de todos, por ser pobres y necios y quererlo resolver solos.
Me senté en la banqueta afuera del hospital de Ciudad Aurora y, sin pensarlo mucho, le marqué a la única persona que se me ocurrió.
Kevin contestó al segundo timbre.
—¿Sofi? ¿Qué pasó, por qué lloras?
Le conté todo entre hipos, sentada en la banqueta afuera del hospital, sin importarme quién me viera: mi papá, la obra, la vieja lesión de la espalda que se le reventó levantando un costal, los médicos hablando de que podía quedar postrado, el dinero que no había. No le pedí nada. Solo necesitaba oír una voz que no me cobrara nada a cambio, una voz de mi mundo, del mundo donde la gente se ayuda porque sí.
—Ya, ya, tranquila —me dijo Kevin, suavecito—. No estás sola. Deja veo qué tengo.
Y apenas colgué, sin que se lo pidiera, me transfirió veinte mil pesos. Todos sus ahorros, aunque yo entonces no lo sabía. Sin dudarlo. Con un mensaje debajo:
"Para tu papá. No es préstamo. Y Sofi… quiero estabilizarme para pedirte matrimonio bien. Ya no voy a tratar con Brenda Chávez. Te lo juro por lo que quieras."
Era la primera vez que la nombraba con nombre y apellido, como quien se deslinda de alguien. Y yo, que soy blanda, que lo quería a pesar de todo, lloré de puro alivio y le contesté que sí, que me casaba con él, que empezáramos de nuevo.
Mandé el dinero a mi mamá para mi papá y me fui a Ciudad del Río, tres días de ir y venir junto a la cama de don Ramiro, que me apretaba la mano callado, como él es, sin decir lo que sentía pero diciéndolo todo. Un hombre de pocas palabras, mi papá. En tres días me dijo cuatro cosas, y una de ellas fue "no descuides tu trabajo, hija, no vengas a gastar tus permisos por mí". Le prendí una veladora a la Virgen en la capilla del hospital y le hice la manda de siempre: sálvame a mi papá, y yo veré cómo pago todo lo demás.
—————
Cuando volví, Kevin me invitó a su casa a comer. Su mamá, doña Lidia, iba a cocinar. Al principio doña Lidia me quería bien —"la novia de mi Kevin, tan trabajadora"—, así que fui con esperanza, con ganas de que esta vez sí, esta vez fuéramos a estar bien.
Me equivoqué. Otra vez.
Porque Brenda había llegado antes. Y le había ido con el chisme a doña Lidia. Todo el chisme.
Apenas nos sentamos a la mesa, Brenda estalló. Delante de doña Lidia, delante de los cuates que estaban de visita, con una indignación teatral que traía ensayada:
—¿Sabe qué, doña Lidia? Esos veinte mil que le dio Kevin a esta —me señaló con la barbilla— eran sus ahorros. Los que estaba juntando para casarse. Y esta se los pidió como si nada, arrimada a la familia, aprovechada. ¡Y eso no es lo peor! —Se volteó a verme, triunfante—. Cuéntele, Sofía. Cuéntele de los quinientos mil que debe su hermano. Cuéntele en qué familia se está metiendo su hijo.
Se hizo un silencio horrible. Doña Lidia me miró como se mira a una estafadora.
—¡Ya, Brenda, cállate! —Kevin se levantó de golpe, rojo de coraje—. ¡Lárgate de aquí! ¡Esto no es tu casa y esto no es tu asunto!
Brenda se fue. Pero el daño estaba hecho.
Doña Lidia, que hasta hacía una semana me decía "mija" con cariño y me guardaba tamales, ahora me miraba como se mira a una estafadora que se metió a la casa. Sin decir nada, sacó de un cajón una hoja y una pluma y me las puso enfrente.
—Fírmame un pagaré por los veinte mil, muchacha. No es desconfianza. —Cruzó los brazos—. Es orden. En esta familia las cuentas claras y el chocolate espeso. Mi hijo no es banco de nadie.
Se me subió la sangre a la cara. Miré a Kevin, esperando que dijera algo, que me defendiera, que dijera "mamá, no". Pero Kevin bajó la vista al mantel, incapaz de contradecir a su madre, incapaz de dar la cara del todo por mí.
Firmé. Con la mano temblando, con lágrimas atoradas que no me iba a permitir soltar delante de ellos, humillada hasta el tuétano, firmé el pagaré por veinte mil pesos como si fuera una ladrona confesa. Doña Lidia lo revisó, lo dobló en cuatro, se lo guardó en el mandil y se metió a la cocina sin decir más, como quien archiva un asunto sucio.
—————
Kevin me alcanzó en la puerta cuando ya me iba.
—Sofi, espera. —Me tomó del brazo—. Perdón por mi mamá, por Brenda, por todo. Pero… —Bajó la voz, y lo que dijo me terminó de vaciar—: si no fuera por esos veinte mil, ¿habrías vuelto conmigo?
Lo miré. Lo miré de verdad, por primera vez en mucho tiempo.
—¿Sabes qué me duele, Kevin? Que siempre soy yo la que da el brazo a torcer. Siempre yo la que vuelve, la que pide perdón, la que aguanta a Brenda, la que firma pagarés en tu cocina. Yo no necesito estar dudando del cariño de mi novio. Y contigo dudo todo el tiempo.
Solté su mano.
—Se acabó. Ahora sí.
Salí a la calle. Había empezado a llover, un aguacero de esos que caen de golpe, y no me importó. Caminé bajo el agua sin paraguas, empapándome, con el pelo pegado a la cara y las lágrimas confundidas con la lluvia, muerta por dentro, sin fuerzas ni para taparme.
Y entonces, junto a la banqueta, un auto negro frenó despacio.
La puerta se abrió. Bajó él, sin prisa, abriendo un paraguas negro que me cubrió de la lluvia. Sin preguntarme nada, se quitó el saco y me lo echó encima de los hombros, tibio, con su olor, y me tomó del codo.
—Sube —dijo Damián. Suave, esta vez. Casi amable. Sin la orden de las otras veces.
Lo miré bajo el paraguas, con el pelo chorreando, el rímel corrido, la ropa pegada al cuerpo, hecha una sopa y hecha pedazos. El hombre que menos me convenía en el mundo. El acreedor. El Verdugo. Y el único, en toda esta ciudad de millones de personas, que se había bajado de un coche caliente a taparme de la lluvia sin pedirme nada a cambio en ese momento.
—¿Por qué hace esto? —le pregunté, temblando de frío.
—Porque te vas a enfermar. —Me acomodó el saco en los hombros—. Y porque no me gusta verte así. Sube.
Y yo, tan rota, tan cansada de pelear, tan sola en esa banqueta bajo el aguacero, dejé que me metiera al auto tibio y cerrara la puerta. Afuera seguía cayendo el agua sobre la ciudad. Adentro olía a él. Y por primera vez en semanas dejé de cargar el peso yo sola.
No sabía todavía que subirme a ese auto iba a cambiarme la vida. Otra vez.