Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 20: Fuego y Acero
Los días siguientes a la detención de Rodrigo parecieron transcurrir en una calma engañosa. La noticia estalló en todos los medios como una bomba: el respetable hombre de negocios acusado de doble asesinato, fraude millonario y conspiración durante décadas. Las pruebas eran abrumadoras y su propia confesión selló su destino. Victoria recuperó cada centavo de su herencia, limpió el nombre de su padre y el de los padres de Damián. Parecía que la justicia, por fin, había llegado. Pero ella no se sentía en paz. Las últimas palabras de Rodrigo no dejaban de resonar en su mente: «Esto no termina conmigo. Solo empieza.»
—No confío en este silencio —le dijo una tarde a Damián, mientras revisaban informes en el despacho—. Demasiada gente implicada en sus redes. Políticos, banqueros, jueces… todos se callaron de golpe, como si hubieran desaparecido de la noche a la mañana. No es natural. Se están reorganizando.
Damián asintió con gravedad. Había endurecido las medidas de seguridad: guardias en cada acceso, rutas cambiadas a diario, comunicaciones cifradas. Sabía tan bien como ella que un monstruo decapitado no muere de inmediato.
—Tienes razón. Pero mientras estemos preparados, no nos tomarán por sorpresa. Cada movimiento que hacen lo vigilo. No les doy un solo resquicio.
La amenaza se materializó antes de lo que esperaban. Una noche, al volver a casa tras una reunión de trabajo, el coche blindado en el que viajaban fue embestido violentamente por detrás en una calle desierta. El impacto los lanzó contra el muro de contención. Los cristales estallaron. Victoria salió despedida hacia adelante, protegida solo por el brazo firme de Damián que la rodeó en el último instante, recibiendo él el golpe más fuerte contra el asiento.
—¡Quédese abajo! —ordenó con voz ronca, sangrando por la frente, pero con el arma ya en la mano—. No levantes la cabeza pase lo que pase.
Fuera se oían disparos y gritos. El vehículo de escolta había sido emboscado también. Eran más. Mejor armados. Mejor organizados. No era un simple asalto: era una ejecución planificada al milímetro.
—Vienen por mí —susurró Victoria con el corazón desbocado, aferrada a su pecho—. Rodrigo no actuaba solo. Ahora vienen a cobrar la deuda que él dejó pendiente.
—No te llevarán —prometió él, besándole la frente con urgencia mientras rompía la ventanilla trasera de un golpe con la culata—. Corre por el callejón. Conduce al punto de encuentro que te enseñé. Yo los detengo.
—¿Te quedas? —lo sujetó con desesperación, mirándolo a los ojos como si fuera la última vez—. No te pido que me salves a costa de tu vida. No sin ti no hay victoria, Damián. ¡Ven conmigo!
Él dudó un instante, mirándola con ese amor profundo y doloroso que parecía querer grabarla en su memoria para siempre. Entonces la atrajo y la besó con todo su ser, como si el mundo se acabara justo en ese beso.
—Nos vemos allí. Te lo juro. ¡Corre, Victoria! ¡Corre ahora!
Ella salió a la noche oscura corriendo sin mirar atrás, con las lágrimas cegándole los ojos y el eco de los disparos persiguiéndola paso a paso. Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta que las piernas le pesaron como plomo, pero no se detuvo. Llegó al vehículo de emergencia, arrancó con las manos temblorosas y se alejó bajo la lluvia repentina que empezó a caer con furia, lavando las calles y las huellas de la violencia.
Esperó en el lugar acordado. Un minuto. Cinco. Diez. Cada segundo era una eternidad. «Vendrá», se repetía. «Prometió que vendría.»
Y entonces lo vio aparecer entre la niebla y la lluvia: cojeaba, con la camisa manchada de sangre, el arma aún en la mano, mirando a su alrededor buscándola. Victoria saltó del coche y corrió hacia él ignorando todo peligro. Se abrazaron con tanta fuerza que dolió, como si quisieran fundirse en un solo ser para nunca más separarse.
—Estoy aquí —jadeó él hundiendo el rostro en su cuello, temblando de pies a cabeza—. Estoy contigo. Estamos vivos.
—Pero volverán —susurró ella contra su hombro, aferrándolo como si se fuera a desvanecer—. ¿Verdad?
—Sí —respondió él con firmeza, apartándola lo justo para mirarla a los ojos—. Pero esta vez no nos esconderemos. Esto termina esta noche, Victoria. A su juego, pero con nuestras reglas. Y con fuego contra fuego.
Subieron al coche juntos. Ya no huían hacia la seguridad. Conducían hacia el centro de la tormenta. La guerra había pasado de ser secreta a ser declarada. Y ninguno de los dos pensaba rendirse.
En que quedamos