SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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LOS BANDIDOS DEL CAMINO
El camino hacia el norte había resultado mucho más tranquilo de lo que los tres esperaban.
Durante los últimos días habían atravesado pequeños pueblos, caminos rodeados de bosques y extensas praderas donde apenas se encontraban viajeros. Habían dormido en posadas cuando tenían suficiente dinero y, cuando no, bajo los árboles, cerca de algún río.
No era una vida cómoda.
Pero tampoco era la peor que Amaris había conocido.
Aquella mañana caminaban por un sendero estrecho rodeado de árboles.
Nox avanzaba unos metros delante de ellos, atento a cualquier sonido.
Arnold llevaba una pequeña bolsa sobre el hombro.
—¿Cuánto falta para el próximo pueblo? —preguntó.
Kael miró el camino.
—Según el mapa, unas tres horas.
Arnold soltó un suspiro.
—Perfecto. Tres horas caminando.
Amaris lo miró de reojo.
—Puedes dejar de quejarte.
—No me estoy quejando.
—Llevas diciendo que tienes hambre desde hace una hora.
—Eso no es quejarme. Es informar de una necesidad básica.
Kael soltó una pequeña risa.
—Tiene razón en una cosa.
Amaris levantó una ceja.
—¿En cuál?
—que hace hambre.
Arnold señaló a Kael.
—¿Ves? Por fin alguien sensato.
—No dije que quisiera escucharte —respondió Kael.
Arnold abrió la boca, ofendido.
—¿Y tú qué sabes de mí?
—Lo suficiente.
Amaris negó con la cabeza mientras continuaba caminando.
Por primera vez desde que habían comenzado el viaje, el silencio entre los tres ya no resultaba incómodo.
Se estaban acostumbrando a estar juntos.
Incluso Kael parecía haber dejado de observar cada movimiento de los otros dos como si esperara una traición.
Entonces Nox se detuvo.
Los tres lo notaron.
Kael dejó de caminar.
—¿Qué ocurre?
Nox levantó la cabeza.
Sus orejas se movieron lentamente.
Amaris observó los árboles.
—¿Escuchaste algo?
Nox no respondió.
Simplemente comenzó a caminar hacia el otro lado del camino.
—Nox —lo llamó Kael.
El Fenrir se detuvo unos segundos antes de continuar.
Kael intercambió una mirada con Amaris.
—Algo no está bien.
—Lo sé.
Avanzaron con cuidado.
Unos minutos después encontraron una carreta abandonada a un lado del camino.
Tenía una rueda rota.
Varias cajas estaban tiradas en el suelo y algunas bolsas de tela habían sido abiertas.
Arnold se acercó.
—Parece que alguien fue atacado.
Kael examinó las marcas en la tierra.
—No hace mucho.
Amaris se agachó junto a una de las cajas.
Estaba llena de alimentos.
Había pan, algunas frutas secas y recipientes con agua.
—No se llevaron todo.
Kael levantó la mirada.
—Eso es extraño.
Arnold señaló otra caja.
—Aquí también hay medicinas.
—Y tampoco se las llevaron —dijo Amaris.
Nox comenzó a gruñir.
Kael se giró inmediatamente.
—¿Qué pasa?
El Fenrir no miraba hacia el bosque.
Miraba una de las carretas.
Más concretamente, un pequeño objeto que había caído debajo de una manta.
Nox se acercó lentamente.
Amaris retiró la tela.
Debajo había un pequeño colgante de hierro negro.
Era viejo.
Muy viejo.
Tenía varias marcas alrededor y, en el centro, una figura que parecía representar la cabeza de un lobo.
Kael lo tomó.
—¿Esto?
Nox se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos verdes estaban fijos en el colgante.
Amaris frunció el ceño.
—¿Lo reconoce?
Kael negó con la cabeza.
—No lo sé.
Arnold se acercó.
—Parece un símbolo de alguna familia.
Kael giró el colgante entre sus dedos.
—O de alguna organización.
Nox dio un paso hacia él.
Kael se lo mostró.
El Fenrir bajó ligeramente la cabeza.
Amaris lo observó en silencio.
Había algo extraño en aquel gesto.
No parecía miedo.
Tampoco curiosidad.
Era reconocimiento.
—Nox... —murmuró.
El Fenrir levantó la mirada hacia ella.
Durante un instante, Amaris tuvo una sensación extraña.
Como si aquellos ojos le estuvieran diciendo algo.
Pero no escuchó ninguna palabra.
Nox simplemente apartó la mirada.
Kael guardó el colgante.
—Lo llevaremos con nosotros.
Amaris lo miró.
—¿Por qué?
—Porque Nox reaccionó a él.
Arnold sonrió.
—Nunca pensé que terminaríamos recogiendo objetos porque al perro gigante le parecen interesantes.
Nox mostró los colmillos.
Arnold dejó de sonreír.
—Era una broma.
Kael soltó una carcajada.
Amaris no pudo evitar sonreír.
Continuaron caminando.
No tardaron mucho en descubrir que la carreta abandonada no era el único problema.
Al llegar a una curva del camino, seis hombres aparecieron entre los árboles.
Uno de ellos llevaba una espada.
Otro sostenía un arco.
Los demás tenían cuchillos y pequeñas hachas.
—Dejen las armas y las bolsas —ordenó el hombre que parecía ser el líder.
Arnold miró a Kael.
—¿Crees que podemos negociar?
—No.
—Bien.
Arnold se preparó.
Amaris desenvainó sus dagas.
Kael adoptó una postura relajada.
El líder de los hombres frunció el ceño.
—No queremos problemas.
—Entonces déjennos pasar —respondió Kael.
—No puedo hacer eso.
El hombre levantó la mano.
Los otros comenzaron a avanzar.
El primero corrió hacia Kael.
Pero Kael desapareció de su campo de visión.
En un instante apareció detrás de él.
Golpeó su muñeca y el arma cayó al suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, Kael lo derribó.
Amaris giró justo a tiempo para bloquear un ataque.
El metal chocó.
El hombre intentó empujarla.
Amaris retrocedió un paso y giró sobre sí misma.
Una de sus dagas pasó cerca del brazo del atacante.
El hombre soltó un grito y retrocedió.
—No vuelvas a intentarlo —dijo Amaris.
A su izquierda, Arnold levantó una mano.
Una ráfaga de aire lanzó a dos hombres hacia atrás.
—¡Eso fue nuevo! —gritó.
Kael lo miró mientras esquivaba otro golpe.
—¡Concéntrate!
—¡Estoy concentrado!
Una pequeña llamarada apareció en la mano de Arnold.
—¡Aunque esto todavía necesita práctica!
Amaris tuvo que agacharse para evitar una flecha.
—¡Arnold!
—¡Lo siento!
—¡No era una invitación para quemarnos!
Kael soltó una breve risa.
Pero entonces uno de los bandidos apareció detrás de él.
Amaris lo vio.
Sin pensarlo, lanzó una de sus dagas.
La hoja golpeó el arma del hombre y la hizo caer.
Kael aprovechó el momento.
Giró, tomó al hombre por el brazo y lo derribó.
Después miró a Amaris.
—Gracias.
Ella recuperó su daga.
—No te acostumbres.
Kael sonrió.
—Intentaré no hacerlo.
La pelea terminó pocos minutos después.
Los hombres quedaron desarmados y en el suelo.
Nox apenas había intervenido.
Había permanecido detrás del grupo, observando.
Pero cuando el último de los bandidos intentó escapar, el Fenrir se interpuso en su camino.
El hombre se quedó completamente pálido.
Nox gruñó.
—Creo que ya entendió —dijo Arnold.
El hombre levantó lentamente las manos.
—Sí.
Kael se acercó.
—¿Por qué están robando?
El hombre guardó silencio.
—¿Quién los envió?
Nada.
Amaris observó las cajas que habían encontrado antes.
—No están robando por dinero.
El hombre levantó la mirada.
—No entenderían
—Entonces explícalo.
El hombre dudó.
Finalmente bajó la cabeza.
—La gente del valle no tiene comida.
Arnold frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los comerciantes llevan semanas pasando por este camino. Nosotros tomamos una parte de sus provisiones y las llevamos al valle.
Kael cruzó los brazos.
—Eso sigue siendo robar.
—Lo sé.
El hombre apretó los dientes.
—Pero si no lo hacemos, nuestros niños no comen.
Nadie respondió.
Amaris miró nuevamente las cajas.
Pan.
Medicinas.
Agua.
No habían tomado monedas.
No habían robado armas.
Solo aquello que necesitaban para sobrevivir.
Kael suspiró.
—¿Cuántas personas hay en ese valle?
—Más de cien.
Arnold miró a Amaris.
—Creo que tenemos un problema más grande de lo que pensábamos.
Amaris asintió lentamente.
—Sí.
Entonces Nox volvió a mirar hacia la carreta.
Hacia el lugar donde Kael había guardado el pequeño colgante.
Sus ojos verdes se entrecerraron.
Por un instante, una imagen antigua pareció cruzar por su mente.
Un bosque.
Una figura blanca.
Nueve colas moviéndose entre la niebla.
Y un símbolo idéntico al del colgante.
Nox parpadeó.
La visión desapareció.
Kael lo llamó.
—Nox.
El Fenrir levantó la cabeza.
No dijo nada.
Pero su mirada permaneció durante unos segundos más sobre Amaris.
Ella sintió un escalofrío.
No sabía por qué.
Solo sabía que aquel colgante no era un objeto cualquiera.
Y que Nox lo sabía.
Lo que ninguno de ellos imaginaba era que el símbolo grabado en aquel pedazo de hierro pertenecía a una historia mucho más antigua que el propio reino de Asteria.
Una historia que había comenzado mucho antes de que ellos nacieran.
Y que, poco a poco, estaba empezando a despertar.