Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 1 — Quiero el divorcio
Esa mañana no fue distinta de las anteriores en la gran casa de la familia Wijaya.
Mela se levantó antes de que el sol terminara de asomar. Preparó el agua caliente para que su esposo se bañara, dejó lista la camisa de trabajo y la corbata perfectamente planchada. No olvidó el par de zapatos, los calcetines y el portafolio que él solía llevar.
Después bajó, ordenó los medicamentos de su suegra según el horario de cada toma y pasó a la cocina. Se aseguró de que el desayuno estuviera impecable: revisó la mesa dos veces, los platos alineados, los cubiertos relucientes y el mantel sin una sola arruga. Todo debía verse perfecto.
Veinte años. Llevaba veinte años haciendo exactamente lo mismo, entregada a su esposo y a su suegra, intentando ser la esposa y la nuera perfecta. Pero todo parecía haber sido en vano.
Arman bajó por la escalera con la camisa que ella le había preparado. Como cada mañana, Mela le tendió el saco, le acomodó el cuello y le ajustó los gemelos. Sus manos se movían rápido, sin necesidad de pensar.
—No me esperes esta noche. Voy a llegar tarde por una reunión —dijo Arman mientras tomaba su celular.
—Está bien —respondió Mela, escueta.
No hubo celos. No hubo preguntas ni nada que confirmar.
Se sentaron a la mesa. La suegra de Mela ya estaba ahí, comiendo su avena con expresión impasible. Poco después apareció Lina, su hija, y se sentó de inmediato junto a su padre.
Mela sirvió a su esposo y a su hija con la eficiencia de siempre. Solo después se sentó en su silla, en silencio.
Entre el sonido de las cucharas contra la porcelana, Mela por fin habló. Su voz sonó serena.
—Quiero el divorcio.
El aire pareció detenerse.
Arman levantó la vista con las cejas tensas. —¿Qué?
La suegra de Mela dejó caer la cuchara con fuerza. —¿Qué acabas de decir? ¿Divorcio? —espetó.
Mela alzó el rostro. Su mirada era directa, el gesto frío, desafiante. —Sí. —Miró a Arman—. Quiero que nos divorciemos. Ya presenté la solicitud en el juzgado. Mi abogado se pondrá en contacto contigo.
Arman soltó una risa corta, como quien escucha un chiste absurdo. —¿A estas alturas todavía andas con bromas?
—No estoy bromeando.
Arman se puso de pie. —Si es porque llego tarde por las noches...
—No —lo cortó Mela de inmediato—. Ni siquiera me importa si vuelves o no.
—¿Entonces por qué? —La voz de Arman subió de tono.
Mela observó su plato, casi intacto. —Simplemente ya no quiero seguir con este matrimonio.
La suegra se levantó con el rostro encendido. —¡Mujer desagradecida! ¡Después de todo lo que te hemos dado, hablas de divorcio como si nada!
Mela se puso de pie y se inclinó levemente. —Ya dejé preparado todo lo de hoy. Las medicinas están en la mesita. El almuerzo también está listo. —Se dio la vuelta y abandonó el comedor, que ahora hervía de rabia y desconcierto.
En su habitación, Mela se sentó al borde de la cama. Soltó un largo suspiro, alzó la vista y parpadeó varias veces. —No llores, Mela. Lo que estás haciendo es lo correcto —se dijo en voz baja.
No quería volver a llorar. Lo único que ocupaba su mente ahora era divorciarse de su esposo y empezar una vida nueva. No le importaba perder la custodia de su hija; lo que importaba era que le había dado lo mejor de sí a su pequeña familia.
La primera audiencia se celebró por fin en el tribunal.
Mela se presentó acompañada de su abogado. Arman llegó con su madre y dos representantes legales.
El juez verificó la presencia de ambas partes y pidió al mediador que guiara la conciliación.
Se sentaron frente a frente. Los abogados de Arman hablaron largamente sobre reputación, el honor de la familia y los años de matrimonio. Todo sonaba como un discurso que Mela había escuchado cien veces, solo que ahora ella estaba del otro lado.
—Solo queremos saber la razón —dijo la suegra de Mela, taladrándola con la mirada—. Al menos para que esta familia no quede en ridículo.
Todas las miradas cayeron sobre ella.
Mela apretó las manos sobre su regazo. —No hay ninguna razón que valga la pena escuchar.
Arman resopló, frustrado. —Si quieres irte, adelante. Pero no insinúes que no fui un buen esposo ni un buen padre.
Mela esbozó una sonrisa mínima. —Nunca dije que no fueras bueno. Al contrario, eres muy bueno y responsable.
—¿Entonces por qué demonios quieres divorciarte?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Mela inspiró hondo y cerró los ojos. El recuerdo llegó sin que lo invitara.
Diez días atrás, había entrado al estudio de Arman solo para devolver una carpeta de un cliente que él había olvidado. La carpeta de cuero negro se le resbaló de las manos, se abrió al caer y dejó a la vista una fotografía que le detuvo el corazón.
En la foto, Arman aparecía con una mujer joven. Sus dedos estaban entrelazados y Arman sonreía de oreja a oreja, con una sonrisa que jamás le había dedicado a ella.
Mela recogió la foto con las manos temblando. Pero no estalló en gritos ni en furia. Revisó la carpeta entera y encontró mucho más de lo que debería haber visto.
Abrió los ojos despacio y alzó el rostro. —Mi razón no importa. Mi decisión es definitiva.
Lina, que había permanecido callada desde el principio, habló por fin. Pero no fue para preguntar ni para defenderla, sino para atacarla. —Mamá es una egoísta. Papá no hizo nada malo. ¿Por qué eres tan cruel?
Mela giró la cabeza y miró a su única hija, la niña que había criado con toda el alma. Sonrió con amargura al ver que su hija la observaba como a una desconocida.
—Está bien. Si de verdad quieren saber la razón...
Aquello no se trataba de defenderse. Se trataba de reunir el valor para dejar de dar explicaciones.
Mela sacó unos documentos. Los abrió y los fue colocando sobre la mesa, uno por uno. Fotografías, contratos de regalos de propiedades, fechas y un nombre que no le resultaba ajeno al esposo de Mela.
—Esta relación lleva diez años —dijo Mela en voz baja—. La mujer se llama Camila.
La sala estalló en murmullos al conocer la razón por la que Mela había demandado el divorcio.
—Al principio le pedí a mi abogado que te informara del motivo, pero siempre ponías excusas de que estabas ocupado y no podías reunirte. —Mela curvó una comisura—. Seguro estabas ocupado con ella, ¿no?
—¡Eso no es cierto! ¡Nada es como tú piensas! —Arman se levantó de golpe, con el pecho agitado.
Mientras tanto, la suegra de Mela leyó los contratos con las manos temblando y los arrojó sobre la mesa. —Todo eso fue por negocios. ¡Deberías entenderlo! Ya estás vieja y sigues sin ser flexible —dijo con tono cortante—. Camila puede ayudar a hacer crecer el negocio familiar. En cambio tú, ¿qué sabes hacer?
Lina tomó una de las fotos y la observó largo rato. —La tía Camila siempre fue buena conmigo. ¿Por qué le haces esto, mamá?
Mela respiró hondo al escuchar esas palabras salir de la boca de su hija. Fue como una puñalada que se hundió más profundo que cualquier traición. Pero, extrañamente, lo que sintió por dentro fue un vacío.
—Diez años —repitió con voz queda—. Eso no es un error ni un desliz.
Miró a Arman. —No voy a reclamarte nada —murmuró—. Solo quiero irme.
Se puso de pie y tomó su bolso. —De aquí en adelante, pueden tratar todo con mi abogado.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta sin que nadie intentara detenerla. Pero se detuvo en el umbral. —Espero que aceptes mi solicitud. Porque si me quedo, voy a perderme a mí misma.
La puerta se cerró despacio. Y, por primera vez en veinte años, Mela caminó sin mirar atrás.