La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El regalo del rey
Las prepararon una por una, sin pausas ni errores. El cabello quedó perfectamente alineado, fijado con perlas pequeñas y peinetas de plata que atrapaban la luz como estrellas. La piel se perfumó con aceites de jazmín y sándalo, tan intensos que el aroma se quedaba en el aire mucho después de que ellas pasaban. Los vestidos se acomodaron con precisión: los dobladillos tocaban el suelo exactamente, los pliegues dispuestos para favorecer sin revelar demasiado. Nada podía fallar. No esta noche.
—Más rápido —ordenó la mujer a cargo, erguida como una lanza, con mirada lo bastante afilada para cortar la piedra—. No les gusta esperar.
La advertencia las hizo enderezar la espalda y contener el aliento. Todas sabían a quién se refería. Mila avanzó con paso silencioso sobre el mármol, cabeza inclinada lo justo para mostrar respeto, manos quietas a los costados. Conocía bien esas reglas; las había practicado en otra vida, cuando caminaba por salones iguales a estos.
Recorrieron pasillos interminables de piedra pulida y madera tallada, con techos altos pintados con escenas de batallas ganadas y reinos conquistados. Cada puerta era más alta y pesada que la anterior, marcando el paso hacia un territorio más poderoso y peligroso. Hasta que se detuvieron.
El gran salón. Otra vez. Pero todo se sentía distinto: el aire era más frío, más silencioso, como si las paredes mismas contuvieran el aliento. Cada sombra parecía más profunda, cada sonido amplificado hasta que los latidos de su propio corazón resonaban con fuerza. Las alinearon en formación perfecta, inmóviles como estatuas. Esperando.
Y entonces apareció él. El rey. Ur. La Mano de Hierro.
Caminaba con pasos lentos y medidos, cada uno pesado y deliberado. Nunca tenía prisa: el poder no corre, avanza con la certeza de que todo lo demás esperará por él. Recorrió la fila rostro por rostro, observando, evaluando, decidiendo. A algunas les bastó una mirada; su destino quedó sellado sin una palabra.
El corazón de Mila se aceleró hasta sentir que podría estallar. Se acercaba. No reacciones. No respires demasiado fuerte. De pronto, una mano firme y pesada, callosa por años de empuñar espadas, se posó bajo su barbilla y le levantó el rostro. No tuvo más remedio que mirarlo.
Sus ojos eran oscuros como la obsidiana, fríos como el acero. Y él la miró de verdad: no como quien examina una posesión, sino con atención real, como si intentara ver hasta lo más profundo de su ser. El silencio se tensó a su alrededor. Vio cómo su expresión cambiaba: primero sorpresa, luego reconocimiento, y alivio.
—Bien… —su voz cortó el aire como una cuchilla—. Empezaba a preocuparme por ese chico. Hermosa. Lleváosla. Es mi regalo.
Una sola decisión, sin apelación. El mayordomo la tomó del brazo con firmeza y la apartó de la fila. Mila no miró atrás; no les daría la satisfacción de ver miedo en su rostro. Caminó con la cabeza lo bastante alta para ver hacia dónde iba, lo bastante baja para mostrar respeto.
La condujo por pasillos más estrechos y aislados, donde el aire se volvía más frío y los ruidos del palacio se desvanecían. Se adentraban en lo más recóndito del recinto, en zonas que la mayoría jamás veía. Hasta llegar a un sector de piedra gris y madera oscura, severo y funcional, un palacio dentro del palacio donde se tomaban decisiones y se guardaban secretos.
Una mujer mayor los esperaba junto a la puerta, erguida e inmóvil, con ojos que lo habían visto todo. El mayordomo habló con claridad:
—Un regalo de Su Majestad para el príncipe.
La mujer la examinó con la misma mirada evaluadora y asintió. —Sígueme.
Atravesaron pasillos aún más privados, sin adornos, donde cada paso la alejaba más de todo lo que conocía. Se detuvieron frente a una puerta pesada de madera oscura. La mujer llamó tres veces, lenta y deliberada.
—¿Quién es? —la voz desde dentro era baja y tranquila, pero con un filo que le erizó la piel de la nuca.
—Un regalo de Su Majestad, mi señor.
—Entrad.
La puerta se abrió. Mila entró con la cabeza baja. Pasos lentos y seguros se acercaron, haciendo que el aire se volviera más denso. Reconoció el aroma al instante: cuero, sándalo, acero y humo. Un dedo le levantó la barbilla despacio, con una firmeza que no admitía resistencia.
Y lo vio a él. Khadir.
Sus ojos eran oscuros como la medianoche, fijos en los suyos con una intensidad que le cortó la respiración. La reconoció al instante, sin sorpresa, solo con certeza. Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Bien… mi pequeña mascota… —susurró, tan cerca que sintió su aliento en la piel—. Parece aún más hermosa cuando va vestida de encaje… y huele a flores.
Mila tembló, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Comprendió entonces que no era el rey quien tenía su destino en sus manos. Era él. Siempre él. Y esta vez… no había escapatoria.