Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 9
Cap 9: El camino de regreso
La mañana en la hacienda Mendoza olía a café de olla y a pasto recién cortado. Dante bajó las escaleras a las nueve con lentes oscuros, la camisa abotonada hasta el segundo botón del cuello y la firme intención de no hablar con ningún ser humano hasta llegar a su villa en la Condesa.
No tuvo suerte.
Doña Eugenia lo interceptó al pie de la escalera con un plato de chilaquiles verdes que nadie le había pedido y una frase que empezaba con "mijo" y terminaba con "te ves desvelado". Dante aceptó el plato porque rechazar comida de Doña Eugenia equivalía a un delito federal en esa casa, y se sentó en la barra de la cocina con la esperanza de comer rápido y desaparecer.
Sebastián ya estaba ahí.
Sentado en el otro extremo de la barra, con un café negro y el pelo todavía húmedo de la regadera. Tenía puesta una camisa de lino color arena, doblada en los codos. Parecía descansado, tranquilo, como si anoche no hubiera pasado absolutamente nada. Como si no tuviera la piel de Dante grabada en las yemas de los dedos.
Dante lo odió un poco más de lo habitual.
—Buenos días —dijo Sebastián sin levantar la vista del celular.
—Ajá —respondió Dante, y se dedicó a destrozar los chilaquiles con el tenedor.
La cocina estaba en silencio. El tipo de silencio que se instala entre dos personas que saben exactamente lo que pasó y han decidido pretender que no. Dante masticaba. Sebastián leía algo en su celular. El reloj de pared hacía un tic-tac que sonaba a juicio.
El mayordomo entró por la puerta lateral con paso rápido y se inclinó hacia Sebastián.
—El señor Valderrama lo solicita en el estudio, joven Emilio... —se detuvo, miró a Sebastián, luego a Dante—. Disculpe. Busco al joven Emilio. ¿Lo han visto?
—Arriba —dijo Sebastián—. Creo que sigue en su habitación.
El mayordomo asintió y se retiró escaleras arriba. Dante observó cómo desaparecía y luego miró a Sebastián.
—¿Qué quiere Don Eduardo con Emilio?
—No es asunto mío. Ni tuyo.
Pero Dante ya lo sabía. O lo intuía. Luciana. Lo que vio en el pasillo a las cinco de la mañana iba a llegar a oídos de alguien, y en esa casa las noticias viajaban más rápido que el sonido. Aunque, pensándolo bien, lo que probablemente había llegado a Don Eduardo no era lo de esta madrugada sino lo del baño de anoche: el incidente del tequila, la confrontación con Emilio, la falta de decoro que el patriarca Valderrama no toleraba bajo su techo.
Diez minutos después, Emilio bajó las escaleras con la mandíbula apretada y la mirada de alguien a quien acaban de recordarle su lugar en la cadena alimenticia. Pasó por la cocina sin detenerse. Dante fingió estar concentrado en su café, pero lo vio. La forma en que Emilio giró la cabeza hacia él al pasar, apenas un segundo, con los ojos entrecerrados y una promesa silenciosa que no necesitaba palabras.
"No me vas a quitar nada", decía esa mirada. "Ni la casa, ni el apellido, ni lo que es mío."
Dante conocía esa expresión. La había visto en el espejo suficientes veces.
Emilio desapareció por el jardín lateral. Dante se terminó el café de un trago.
—Voy a hablar con Don Eduardo —dijo Sebastián de pronto, poniéndose de pie.
Dante levantó una ceja por encima de los lentes oscuros.
—¿Tú? ¿Para qué?
—Cosas mías.
—Todo en esta casa es "cosas mías" y "no es asunto tuyo". ¿Alguien me va a decir algo con sustancia en algún momento?
Sebastián no contestó. Dejó la taza en el fregadero con un movimiento limpio y salió de la cocina rumbo al estudio de Don Eduardo. Dante se quedó solo con los restos de los chilaquiles y la certeza cada vez más pesada de que en esa hacienda se movían piezas que él no podía ver.
La conversación de Sebastián con Don Eduardo duró exactamente once minutos. Dante los contó porque no tenía nada mejor que hacer y porque la ansiedad lo convertía en un reloj humano. Cuando Sebastián volvió, traía la misma expresión de siempre: impenetrable, neutral, como una pared recién pintada de blanco.
—¿Y? —preguntó Dante.
—Y nada. ¿Ya empacaste?
Dante decidió que iba a dejar de preguntar cosas en esa casa.
Se levantó, subió por su maleta, y cuando volvió al vestíbulo principal Sebastián ya estaba ahí, esperando con su mochila al hombro. Dante se dirigió hacia la puerta cuando Sebastián carraspeó.
—¿No te vas a despedir de Doña Eugenia?
Dante se detuvo a medio paso.
—¿Qué?
—Te hizo chilaquiles a las nueve de la mañana. Te hizo ramen a las tres de la mañana, aunque eso ella no lo sabe. Si te vas sin despedirte, la próxima vez que vengas te va a servir la comida fría.
Había algo en el tono de Sebastián. No era regaño. Era algo peor: era cuidado disfrazado de sentido práctico.
Dante fue a despedirse de Doña Eugenia. La señora le apretó las mejillas con las dos manos, le metió un tupper con tamales en la maleta y le dijo que se veía flaco. Dante sobrevivió la experiencia con la dignidad apenas intacta y volvió al vestíbulo.
—Listo —dijo—. ¿Contento?
Sebastián se encogió de hombros.
Dante salió al sol de Cuernavaca. La mañana ya pesaba, húmeda y brillante. Su Lamborghini plateado estaba estacionado bajo la sombra de un árbol de mango, cubierto de una fina capa de polvo del camino. Abrió la cajuela, metió la maleta, rodeó el carro y se subió al asiento del conductor.
Encendió un cigarro antes de encender el motor. Lo necesitaba. Los últimos dos días habían sido un desastre de proporciones bíblicas y necesitaba nicotina y cincuenta y tres kilómetros de carretera entre él y esta familia para empezar a procesar algo.
Bajó la ventanilla. El humo salió en una línea perezosa hacia el cielo. Estaba a punto de meter reversa cuando una mano entró por la ventanilla y le arrancó el cigarro de la boca.
Dante se quedó helado.
Sebastián estaba parado junto al carro, con el cigarro de Dante entre los dedos. Se lo llevó a los labios, le dio una calada larga y exhaló el humo por la nariz con la tranquilidad de alguien que roba cigarros todos los días.
—¿Qué chingados haces? —dijo Dante.
—No tengo carro —respondió Sebastián, con el cigarro todavía en la boca—. Vine con Emilio. Y Emilio acaba de irse por el jardín con cara de que no va a querer llevar a nadie a ningún lado en las próximas ocho horas.
—¿Y?
—Y la hacienda está a cincuenta y tres kilómetros de la ciudad. No hay taxis en la sierra. Necesito aventón.
Dante lo miró. Sebastián le sostuvo la mirada con el cigarro robado humeando entre sus labios, el sol de las once dándole en la cara, el cabello todavía un poco húmedo secándose en mechones desordenados. Parecía una postal de algo que Dante no quería nombrar.
—Súbete —dijo Dante, y arrancó antes de que Sebastián terminara de cerrar la puerta.
El Lamborghini bajó por el camino de terracería levantando una nube de polvo detrás. Dante manejaba rápido, como siempre, con una mano en el volante y la otra buscando la cajetilla de Camel en la guantera porque Sebastián se había quedado con su cigarro y eso era inaceptable.
La carretera a la Ciudad de México era curva y verde, flanqueada de árboles que tapaban el sol a intervalos regulares. Sebastián iba en el asiento del copiloto con la ventanilla abajo, el brazo apoyado en el marco, mirando el paisaje con la expresión de alguien que no tiene ninguna prisa por llegar a ningún lado.
Dante odiaba eso. Odiaba la calma de Sebastián. Odiaba cómo podía sentarse a su lado después de lo de anoche y no mostrar nada, ni incomodidad, ni expectativa, ni la más mínima señal de que algo había cambiado.
El celular de Dante sonó.
El nombre en la pantalla: Héctor Fuentes. Dante contestó por el altavoz.
—¿Qué pasó?
—¿Dónde andas? —la voz de Héctor era grave, directa, sin adornos. Así había sido desde que Dante lo conocía: un tipo que decía exactamente lo que pensaba con la cantidad mínima necesaria de palabras.
—Bajando de Cuernavaca. ¿Por?
—Estuve en la comida de exalumnos de la Prepa San Miguel. La que organiza Garza cada año en ese restaurante feo de la Roma.
—No me invitaron.
—Te invitaron. No contestaste. Como siempre. El punto es que salió un tema.
Dante miró de reojo a Sebastián. Sebastián seguía mirando por la ventanilla, aparentemente desinteresado.
—¿Qué tema?
—¿Te acuerdas de segundo de prepa? Cuando te acorralaron en los baños del edificio C. Los del equipo de americano. Torres, Villanueva, el güero Pacheco.
El volante se tensó bajo los dedos de Dante. Claro que se acordaba. Tres contra uno en un baño sin cámaras, porque había tenido la audacia de existir siendo el hijo bastardo de Eduardo Valderrama en una escuela donde todos sabían quién era quién. Le habían roto el labio. Le habían tirado los lentes al excusado. Le habían dicho cosas que todavía le ardían si pensaba en ellas demasiado tiempo.
—Me acuerdo —dijo, con la voz plana.
—Bueno, pues resulta que alguien fue con el prefecto de disciplina y reportó a los tres. Por eso los suspendieron una semana y los sacaron del equipo. ¿Te acuerdas de eso?
—Sí. Nunca supe quién fue.
—Pues ahora sí sabes. Fue Montero.
El silencio dentro del carro se volvió sólido.
Dante no volteó a ver a Sebastián. Mantuvo los ojos en la carretera, las manos en el volante, la mandíbula cerrada. El paisaje seguía pasando. Los árboles seguían tapando el sol. El motor del Lamborghini seguía ronroneando.
—¿Estás ahí? —preguntó Héctor.
—Estoy aquí.
—Garza se lo sacó a Torres después de unas chelas. Torres todavía está encabronado, dice que la suspensión le costó la beca deportiva. Pero el punto es que Montero nunca le dijo a nadie. Lo hizo y ya. Ni siquiera eran amigos tuyos, ¿o sí?
—No —dijo Dante—. No éramos nada.
Otro silencio. Héctor, que tenía el instinto social de un francotirador, supo exactamente cuándo soltar la siguiente frase.
—Oye, si quieres hablamos después. Solo quería que supieras.
—Sí. Después.
Dante colgó. El altavoz emitió un bip y luego nada.
El carro avanzó tres kilómetros más en silencio. Tres kilómetros de curvas, de sol y sombra alternándose sobre el cofre plateado, de Dante apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Sebastián no dijo nada. No se movió. No intentó explicar, ni justificar, ni minimizar. Siguió mirando por la ventanilla como si la conversación no hubiera ocurrido, como si su nombre no hubiera sonado en el altavoz del carro que él mismo había pedido que lo llevara.
Dante encendió otro cigarro. Le dio una calada larga. El humo le llenó los pulmones como un sustituto pobre de todo lo que no estaba diciendo.
—Qué patético —murmuró, sin voltear—. Solo sabe acusar con los maestros.
Sebastián no contestó.
El carro siguió avanzando. La Ciudad de México apareció en el horizonte como una mancha gris y difusa que se tragaba el verde de la sierra. Dante manejaba. Sebastián miraba. Entre los dos, el silencio ocupaba el espacio exacto donde deberían haber estado todas las palabras que ninguno iba a decir.
Pero Dante apretó el acelerador un poco menos de lo necesario. Y las curvas las tomó un poco más despacio de lo habitual. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera tanta prisa por llegar.