¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?
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UN EJERCITO SIN ROSTRO.
Jonás no dormía ya.
Desde que aceptó ser el líder de los Sin Rostro, no necesitaba dormir. Los huecos no duermen, solo se quedan parados mirando una pared hasta que alguien les da una orden.
Él tenía 23. Los había contado uno por uno. 23 hombres y mujeres que compraron la HEX barata en el centro, que la conectaron, que dijeron SÍ a la primera condena, y que al otro día amanecieron sin rostro, con la marca blanca.
Al principio le daban lástima. Les decía "tranquilos, yo los voy a ayudar a recuperar su cara". Les ponía curitas en donde debería estar la boca. Era estúpido, pero era lo único que se le ocurría.
Ahora ya no les tenía lástima. Les tenía envidia.
Esa mañana los tenía a todos formados en el galpón abandonado detrás de la plaza de La 21, donde antes guardaban papa. El galpón no tenía espejos, por eso les gustaba.
Jonás caminaba frente a ellos. Él sí tenía cara, pero tenía la marca blanca que le subía por el cuello, ya casi hasta la oreja. Era el único que podía hablar.
—Ustedes no sienten culpa —les dijo—. Ustedes no se acuerdan de nada. Ayer le pregunté a la número 7 cómo se llamaba su hija y me dijo que no tenía hija. Se le olvidó. Yo sí me acuerdo de todo. Me acuerdo de mi papá, me acuerdo de El Diamante, me acuerdo de Mateo.
Se paró frente al número 12, un muchacho de unos 20 años que había sido estudiante de contaduría.
—Tú —le dijo—. Tú eras el que me vendía las USB. ¿Te acuerdas que me dijiste que con esto ibas a hacer justicia? Mírate ahora. No puedes ni decir sí.
El muchacho no respondió. No podía. No tenía boca.
Jonás sintió una punzada de envidia fea, de esas que le daban desde niño. Envidió a Mateo toda la universidad porque Mateo tenía papás que lo esperaban en la casa. Envidió a Héctor porque era policía y todo el mundo le creía. Y ahora envidiaba a sus propios huecos porque ellos no sufrían.
—Ustedes son libres —les gritó—. Yo no. Yo tengo que cargar con todos ustedes.
En ese momento, todos los Sin Rostro giraron la cabeza al mismo tiempo hacia la puerta del galpón. Alguien venía.
Era Mateo.
Había llegado solo, sin decirle a su papá. Tenía una capucha negra y la marca negra ya le llegaba hasta la mandíbula. Se veía más flaco.
Jonás le hizo una seña a su ejército para que no se moviera.
—Sabía que ibas a venir —dijo Jonás.
—Me mandaste la foto de mi casa —dijo Mateo.
—Quería que vinieras sin tu papá. Sin el detective. Solo los dos. El blanco y el negro.
Se quedaron mirando. Era la primera vez que se veían después de saber qué eran. En la universidad se abrazaban. Ahora no se podían ni acercar mucho porque las marcas les quemaban cuando estaban cerca.
—¿Cuánto vas? —preguntó Jonás.
—66% —dijo Mateo—. ¿Tú?
—71%. Voy ganando.
Mateo se rió, pero sin ganas.
—¿Ganando qué?
—A ver quién llega primero a 100 y se convierte en esa mierda de piedra —dijo Jonás—. Yo voy ganando, así que me voy a convertir primero y te voy a tener que esperar sentado en el otro trono. Qué mamera.
Ese era Jonás, incluso como líder de monstruos seguía hablando como universitario mamón.
—¿Por qué los envidias? —le preguntó Mateo, señalando al ejército—. Te escuché desde afuera.
Jonás se sorprendió.
—¿Me escuchaste?
—Desde que tengo la marca negra escucho lo que piensan los huecos. No hablan, pero piensan bajito.
Jonás se sentó en el piso, cansado.
—Los envidio porque ellos ya no tienen que elegir. Yo sí. Cada día tengo que elegir si los mando a asustar gente, si los mando a buscar más consolas, si los dejo quietos. Mi papá me fabricó para ser líder y ni siquiera me preguntó si quería.
—A mí nadie me fabricó y también estoy aquí —dijo Mateo—. A mí me eligieron. Es peor. Porque yo sí podía decir que no desde el principio y no lo hice. Me gustó el poder.
Se sentó también, frente a Jonás, a dos metros. Las dos marcas, la blanca y la negra, brillaron un poco.
—Mateo, ¿tú me vas a condenar? —preguntó Jonás de frente.
Mateo no respondió rápido.
—La consola quiere que lo haga —dijo—. Cada vez que pienso en ti me pone tu expediente. Dice JONÁS MARÍN, CULPABLE DE TRÁFICO DE ALMAS.
—Yo no traficé nada. Yo vendí consolas porque quería plata para irme de Ibagué. No sabía que cada consola venía con un hueco adentro.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Mateo lo miró.
—Si te condeno, ¿qué pasa con ellos? —preguntó señalando al ejército.
—Se quedan sin líder. Se vuelven locos. Empiezan a buscar caras por su cuenta. Sin control.
—¿Y si tú me condenas a mí?
Jonás bajó la cabeza.
—Yo no puedo condenarte. La blanca no condena, la blanca borra. Si te borro, no te mueres, te quedas sin rostro como ellos. Te vuelves número 24.
Se quedaron en silencio. Los 23 huecos los miraban, quietos.
—Mi papá dejó un video —dijo Jonás—. Decía que si el negro y el blanco pelean, se abre la puerta grande. Que entren todos.
—Mi papá me dijo lo mismo.
—Entonces no peleemos —dijo Jonás—. Hagamos trampa. No lleguemos a 100. Quedémonos en 71 y 66 para siempre.
—La consola no deja —dijo Mateo—. Si no juzgo, me castiga. Ya me quitó la memoria una vez. La próxima le quita la cara a mi mamá.
Jonás se paró, con rabia.
—¡Entonces qué hacemos! ¡Yo no quiero ser el jefe de estos maniquíes y tú no quieres ser Némesis! ¡Pero ya nos metieron en esto!
Mateo se paró también.
—¡Yo sí quería ser Némesis al principio! —gritó—. Me gustaba que me tuvieran miedo. Me gustaba que los malos lloraran. Ahora me da asco. Porque me di cuenta que no estoy castigando a los malos, estoy alimentando al Trono.
Jonás lo agarró del brazo. Cuando la marca blanca tocó la negra, hubo un chispazo, como de electricidad. Los dos se soltaron.
En ese chispazo, por un segundo, vieron lo mismo: los dos Tronos de piedra negra, uno al frente del otro, en una sala gigante, y en el medio una puerta enorme abriéndose, y detrás de la puerta miles de sin rostro esperando para entrar.
Se soltaron asustados.
—No podemos pelear aquí —dijo Jonás—. Si peleamos aquí, abrimos la puerta aquí, en Ibagué.
—Entonces ¿dónde?
—En El Diamante. Donde nacimos. Allá hay dos tronos. Allá podemos pelear y cerrar la puerta desde adentro.
Mateo entendió. Era una trampa para ellos mismos. Ir a pelear donde todo empezó para que si se abría la puerta, se quedara allá abajo enterrada.
—Mañana a las 5 —dijo Jonás—. Como hicieron nuestros papás.
—Mañana a las 5 —repitió Mateo.
Mientras tanto, en la estación de policía, Héctor estaba en una reunión.
El comandante general había llegado de Bogotá.
—Rivas, se cierra el caso Némesis —dijo, tirando una carpeta sobre la mesa.
—¿Cómo que se cierra? Llevamos 5 muertos sin rostro.
—Precisamente. Medicina Legal dice que no son homicidios. Son fenómenos naturales. Paro cardiorrespiratorio por histeria colectiva. La gente se sugestiona y se muere. Y lo de las caras es por el calor, la descomposición. Además —bajó la voz— el obispo llamó. Dijo que esto es obra de Dios. Que Némesis es un ángel castigador. Que si seguimos buscándolo, la gente se nos va a voltear. La gente lo quiere. Hay veladoras con su nombre en el centro.
Héctor quiso gritar que era mentira, que su hijo era Némesis, que no era un ángel, que era un niño de 20 años con una consola que lo estaba matando.
Pero no dijo nada. Porque si decía la verdad, metían preso a Mateo.
—Entendido, mi comandante —dijo—. Fenómeno natural.
—Así me gusta. Caso cerrado.
Esa noche, la policía de Ibagué sacó un comunicado en Facebook: EL CASO NÉMESIS SE CIERRA POR FALTA DE PRUEBAS DE HOMICIDIO. SE ATRIBUYE A FENÓMENO NATURAL Y MANIFESTACIÓN DE JUSTICIA DIVINA.
La gente en los comentarios puso: AMÉN, GRACIAS NÉMESIS POR CUIDARNOS.
Mateo leyó el comunicado en su cuarto y por primera vez sintió que nadie lo iba a salvar. Ni la policía, ni su papá, ni Dios. Solo Jonás, su enemigo blanco, que lo esperaba mañana a las 5 en El Diamante para matarse entre los dos y así salvar a todos los demás.
CONTINUARA...