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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:856
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ya no me esconderé

Beltrán se encontraba en su oficina, con el bolígrafo en mano, haciéndolo resonar con un chasquido que iba y venía. No podía desobedecer las órdenes de Gideon, pero su amor y su futuro matrimonio también estaban en juego; así que, sin pensarlo más, tomó su teléfono y salió del lugar.

Unos minutos después llegó a la joyería. Apenas entró, Francis lo saludó, pero al verlo encaminarse hacia el piso superior, le comunicó que el señor Huxley aún no había llegado. Esto dejó desconcertado a Beltrán, puesto que Gideon había salido antes que él de la mansión, y el único lugar al que ahora comenzaba a ir con frecuencia era, precisamente, la joyería.

—Está bien, gracias, Francis. Lo esperaré en su oficina.

Mientras tanto, a tan solo una calle de distancia, el imponente automóvil negro de Gideon permanecía estacionado junto a la acera. En el asiento delantero, el chófer aguardaba en absoluto silencio, con las manos firmes sobre el volante, esperando una orden de avanzar que no llegaba.

Hacía ya media hora que Elara había entrado al estudio de costura para comenzar su jornada de trabajo, pero Gideon seguía allí, con la mirada clavada en la estructura del edificio. Desde la posición estratégica del vehículo se alcanzaba a distinguir el piso superior del taller de modas. Unos minutos antes, él la había visto nítidamente a través de uno de los grandes ventanales: caminaba con paso tranquilo, sosteniendo una taza de café humeante entre las manos; seguramente la máquina expendedora estaba ubicada en esa sección. Aunque la aparición de Elara en la ventana había durado menos de un minuto antes de que regresara a su cubículo, Gideon continuaba allí estático, con el pecho oprimido por una mezcla de fascinación y desespero, esperando pacientemente a que el destino le permitiera verla de nuevo.

Cuarenta minutos después, Gideon finalmente se rindió. Cayó en la cuenta de lo absurdo de sus acciones y ordenó al chófer avanzar para regresar a la joyería. Ponerse a espiar como un adolescente no era propio de un caballero de su alcurnia.

Al subir las escaleras del establecimiento, Francis se le acercó a paso rápido para informarle que Beltrán lo estaba esperando en el interior de su oficina privada. Gideon se limitó a asentir con la cabeza y empujó la puerta.

Al abrirla, Beltrán, que se encontraba observando a través de los cristales de la ventana, se giró lentamente para encararlo. No hizo falta mediar palabra alguna; Gideon supo de inmediato, por la mirada de su mano derecha, que Beltrán lo había visto afuera. Unos minutos antes de que su jefe regresara, Beltrán había tenido una corazonada y decidió salir a la acera; a mitad de cuadra, justo antes de aproximarse al estudio de costura, divisó el imponente coche negro de Gideon estacionado junto al cordón. Comprendiendo la delicada situación en el acto, simplemente dio media vuelta y volvió al edificio de la joyería para esperarlo arriba.

Gideon caminó directo hacia su escritorio y soltó su maletín.

—¿Conseguiste la información que te pedí? —preguntó sin rodeos.

—Buen día para ti también —bromeó Beltrán con una mueca de disculpa, antes de rascarse la nuca con visible incomodidad—. Supongo que por eso mismo estoy aquí, Gideon.

—Dime entonces.

—No la tengo. Y no voy a investigarla.

Gideon frunció el ceño hondamente, levantando la vista de los papeles que acababa de empezar a revisar sobre la mesa. Sus ojos grises destilaron una fría fijeza.

—Verás... sé perfectamente que le debo mucho a esta familia, y mi lealtad hacia ti es completamente inquebrantable, lo sabes —explicó Beltrán, sosteniendo la mirada del inmortal—. Pero el amor que siento por tu nieta es mucho mayor y no quiero que nada...

—Ya, ya... No hace falta que des más explicaciones, Beltrán —lo interrumpió Gideon, exhalando un suspiro denso—. ¿Le contaste a Charlie, verdad?

Beltrán asintió sin titubear.

—No quiero que mi matrimonio empiece con mentiras ni ocultando cosas de este calibre, por muy urgentes que sean tus motivos.

—Lo sé. Y es precisamente por esa lealtad incondicional y por el amor tan puro que le tienes a Charlie que jamás me opuse a su noviazgo, a pesar de los riesgos que conllevaba —admitió Gideon, suavizando un milímetro la tensión en su rostro mientras se recostaba en su asiento de cuero—. Quédate tranquilo, no insistiré. Buscaré un investigador privado externo para que se encargue del asunto.

Beltrán dejó escapar el aire de los pulmones, visiblemente aliviado por la madura reacción de su jefe.

—Gracias, Gideon. De verdad.

—Está bien. Tú solo ocúpate de coordinar los últimos detalles de la fiesta de este fin de semana —concluyó Gideon, dando por cerrado el tema de la investigación.

Beltrán asintió de inmediato, acomodándose la chaqueta del traje mientras aseguraba que todos los preparativos de la recepción ya estaban completamente listos y bajo control. Sin embargo, antes de encaminarse a la puerta, se detuvo y observó a su jefe con cautela.

—¿Estarás allí, Gideon? —preguntó en voz baja—. Si te resulta demasiado incómodo exponerte, podemos inventar cualquier excusa creíble de última hora ante los invitados.

Gideon guardó silencio por unos segundos, observando el reflejo de sus propias manos sobre el escritorio. Manos que no habían envejecido un solo día.

—No. Ya no quiero seguir escondiéndome en las sombras de esta casa —sentenció con una fijeza inquebrantable en su voz profunda—. Pero eso sí: durante toda la velada queda estrictamente prohibida la presencia de cualquier fotógrafo profesional. Si quieren retratos de recuerdo, se los harán ustedes solos en el jardín antes de que inicie el evento. No quiero cámaras registrando mi rostro.

—Está bien, de acuerdo. Yo mismo me encargaré de que se cumpla esa condición —asintió Beltrán, comprendiendo perfectamente el riesgo que implicaba la tecnología moderna para el secreto de su inmortalidad.

Con un último gesto de respeto, Beltrán giró el pomo de la puerta y salió de la oficina, dejando a Gideon a solas con sus pensamientos, sus pesadillas y la inminente expectativa de la cita del viernes por la tarde.

Mientras tanto, a la mitad de la manzana en el taller de costura, Elara intentaba trazar los bocetos preliminares que debía presentarle al hombre el viernes. Sin embargo, la frustración la estaba desesperando. Diseñar un traje a medida de tres piezas —con saco, chaleco y pantalón estructurado— no era en absoluto su fuerte; su experiencia siempre había estado ligada a las caídas fluidas y las texturas de la alta couture femenina. Aunque sabía en el fondo que un encargo de esa envergadura representaba un desafío magnífico para su crecimiento profesional, la presión de tener que entregárselo a un cliente tan severo le estaba jugando en contra.

—¡Ah! —Elara pegó un pequeño grito de pura frustración cuando, por un descuido de su mano temblorosa, borró con fuerza una parte del trazo del chaleco que ya le había quedado perfecta.

Al escuchar el quejido, un par de compañeras del taller giraron en sus asientos para lanzarle miradas de curiosidad. Mila, que conocía al derecho y al revés los niveles de paciencia de su amiga, arrastró su silla de oficina con ruedas hacia el cubículo de Elara, apoyando sin ceremonias sus propios patrones sobre la mesa para hacerle compañía.

—¿Qué te pasa ahora, Eli? —preguntó Mila, observando el boceto emborronado con una mueca divertida—. Estás que echas chispas.

—Siento que voy a desfallecer... Ese hombre es muy estricto... —Elara dejó caer el lápiz sobre el boceto, hundiéndose en su silla.

—Y tú eres la mejor de todas. Eres la modista estrella de este taller —la animó Mila de inmediato, dándole un golpecito cariñoso en el hombro—. Ningún desafío es tan grande como para que tú no puedas lograrlo. Ponle tu toque, Eli. Si ese tipo quiere un traje de tres piezas, dale el mejor maldito traje que haya visto en su vida.

Elara la miró y esbozó una sonrisa un poco más aliviada. Las palabras de su amiga le inyectaron una necesaria dosis de confianza. Sin embargo, Mila se quedó observándola en silencio mientras regresaba a su propia mesa de trabajo. Detrás de toda esa supuesta frustración técnica con la sastrería masculina, Mila sospechaba que el verdadero agobio de su amiga tenía un trasfondo mucho más personal y profundo de lo que quería admitir.

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