Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 20 — Mi mamá me llamó la atención
Mis primos y yo seguimos sentados juntos, y fumamos cigarrillo y hablamos de cualquier bobada para tratar de bajar la tensión que había quedado después de mi discusión con Valeska.
Efraín me miró y negó con la cabeza.
—Parce, usted sí se emberracó.
—Pues claro, hombre. Es que la Vale se pone intensa.
Darío soltó una risita.
—Usted tampoco se queda atrás, hermano.
—Dejen la bobada, pues.
Nos quedamos un rato afuera, tratando de despejarnos y hablando entre nosotros. La fiesta ya estaba prácticamente terminando. Algunos familiares habían comenzado a recoger los vasos y la música estaba mucho más bajita.
Yo todavía tenía unas copas encima y sentía las palabras un poco pesadas.
De repente, escuché la voz de mi mamá.
—¡Xavier!
Volteé y la vi acercándose con una expresión bastante seria.
—¿Qué pasó, mamá?
Ella puso las manos en la cintura.
—Xavier, ya basta de tomar. Su mujer está llorando allá adentro.
Me quedé callado.
—¿Cómo así?
—Como escuchó, mijo. Está llorando. ¿Para qué la trajo si la iba a dejar sola?
—Ay, mamá, ella es exagerada.
Mi mamá me miró todavía más seria.
—No me venga con eso. Yo no sé qué fue lo que pasó entre ustedes, pero no está bien que estén peleando a estas horas.
—Pero es que...
—Nada de peros, Xavier.
Efraín y Darío se quedaron callados, mirando para otro lado.
Mi mamá señaló hacia el interior de la casa.
—Usted ya no va a seguir tomando. Váyase a dormir.
—Mamá...
—Xavier, basta ya. Vaya a dormir. Y ustedes también, sobrinos, ya es hora.
Efraín levantó las manos.
—Sí, tía.
Darío se levantó de la silla.
—Bueno, pues, ya nos vamos a acostar.
Mi mamá los miró.
—Eso espero. Mañana hablamos todos con la cabeza más despejada.
Yo me quedé sentado unos segundos, molesto.
No me gustaba que mi mamá me regañara delante de mis primos, pero sabía que no tenía sentido seguir discutiendo.
—Bueno, mamá.
Me levanté y caminé hacia el cuarto.
Mientras avanzaba por el pasillo, todavía tenía la rabia encima. Sin embargo, cuando llegué a la puerta y escuché que Valeska estaba llorando, se me bajó un poco el enojo.
Abrí despacio.
Ella estaba acostada boca abajo, con la cara hacia la almohada.
Me quedé parado en la entrada unos segundos.
—Vale...
No respondió.
Me acerqué lentamente a la cama.
—Mi amor, perdón... —dije arrastrando un poco las palabras.
Valeska se movió y luego volteó la cara para mirarme.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ay, no. Usted siempre dice lo mismo.
Me quedé callado.
—¿Cómo que siempre digo lo mismo?
—Cada vez que peleamos, usted me dice que perdón y después vuelve a hacer lo mismo.
Sentí que no tenía una respuesta para eso.
—Es que yo...
—No, Xavier. No me diga otra vez que no pasó nada. Yo sé que usted estaba con su familia, pero también quería que me pusiera cuidado.
Me senté en la orilla de la cama.
—Yo sé que me equivoqué.
—Usted estaba tomado y ni siquiera me estaba escuchando.
—Sí.
—Y después se fue con sus primos cuando yo estaba acá llorando.
Bajé la mirada.
—Perdón.
Valeska respiró profundo y se limpió las lágrimas.
—Eso es lo único que usted sabe decir.
—Porque no sé qué más decirte.
Ella se quedó en silencio.
Yo también.
Por primera vez en toda la noche entendí que seguir justificándome no iba a arreglar nada.
—Vale, mañana hablamos bien —murmuré—. Ahorita los dos estamos cansados.
Ella no respondió.
Me quedé sentado unos segundos, pensando en todo lo que había pasado durante aquella noche.
La fiesta que había empezado con risas y alegría había terminado con una discusión que ninguno de los dos esperaba.
Y ahora solo quería que amaneciera para poder hablar con la cabeza mucho más clara.