A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 9
Capítulo 9: La tumba sin nombre
El cielo estaba gris cuando Valentina llegó al panteón.
Había tomado un taxi desde la hacienda —el primero que pagaba con su propio dinero, sacado del sobre que Alejandro le había dado junto con las llaves del departamento— y le pidió al chofer que la dejara en la entrada sur. El Panteón Jardín estaba al sur de la ciudad, lejos de las colonias donde vivían los Montero, lejos de Reforma y de Polanco y de todo lo que olía a dinero viejo. Aquí el aire olía a tierra mojada y a copal quemado.
Llevaba un ramo de girasoles. Alguien —no recordaba quién, tal vez Ana Lucía en una conversación de pasillo— le había dicho que a Doña Elena le gustaban los girasoles. Que los plantaba en el jardín trasero de la hacienda cada primavera. Que el año que murió, los girasoles no volvieron a crecer.
La tumba de Doña Elena Vázquez de Montero estaba en la sección privilegiada del panteón, bajo un sauce llorón. Mármol blanco, letras doradas, una cruz de hierro forjado. "Elena Vázquez de Montero. Amada esposa y madre. 1968-2016." Flores frescas en un jarrón de cobre —alguien las cambiaba regularmente.
Valentina puso los girasoles junto al jarrón. Se arrodilló en el pasto húmedo y cerró los ojos.
No rezó. No sabía rezar. En Casa Hogar Esperanza les enseñaban oraciones, pero las palabras se le habían borrado con los años, como tinta bajo la lluvia. En su lugar, pensó en lo que sabía de Doña Elena: abogada, madre de dos gemelos, esposa de un hombre cuyo apellido pesaba más que una catedral. Una mujer que plantaba girasoles. Que dejó un vestido en un clóset que nadie se atrevió a vaciar.
—No la conocí —murmuró Valentina—. Pero usé su vestido. Espero que no le moleste.
El viento movió las ramas del sauce. Nada más.
Valentina se puso de pie, se sacudió las rodillas y giró hacia la derecha para buscar la salida.
Sebastian estaba a diez metros de distancia.
Llevaba un traje oscuro sin corbata, las manos en los bolsillos, y una expresión que Valentina no le había visto antes. No era la máscara del CEO ni la frialdad del hombre que quemaba cartas. Era algo más desnudo, más joven, como si el panteón le hubiera quitado una capa de armadura que en cualquier otro lugar era impenetrable.
Ninguno de los dos habló. Sebastian la miró, miró los girasoles, miró la tumba. No preguntó qué hacía ella ahí. No le reclamó haber salido de la hacienda sin permiso. Su mandíbula se tensó, pero no dijo nada. Caminó hasta la lápida, se quedó de pie frente a ella y bajó la cabeza.
Valentina debería haberse ido. Debería haber caminado hacia la salida sin voltear. Pero algo en la postura de Sebastian —los hombros caídos, el brazo herido pegado al cuerpo, la forma en que sus dedos se cerraban dentro de los bolsillos como si estuvieran agarrando algo invisible— la detuvo.
Se quedó.
Pasaron cinco minutos en silencio. El viento arrastraba hojas secas entre las tumbas. Una campana sonó a lo lejos.
Fue Valentina quien vio la otra lápida.
Estaba a tres metros de la de Doña Elena, medio escondida entre las raíces del sauce y una mata de hierba alta. Era pequeña, de piedra gris sin pulir, sin flores, sin jarrón, sin cruz. Y sin nombre. Sin fechas. Sin ninguna inscripción. Solo una piedra rectangular clavada en la tierra como un diente roto.
—¿De quién es esa? —preguntó Valentina.
Sebastian no giró la cabeza. Pero su cuerpo se tensó como si le hubieran clavado algo en la espalda.
—De nadie —dijo.
Valentina caminó hacia la lápida. Se agachó. Pasó los dedos por la superficie áspera. La piedra estaba fría, húmeda por el rocío. No había ni una letra grabada. Ni un número. Ni una marca.
—Es de Sofia —dijo Valentina. No fue una pregunta.
Sebastian no respondió. Eso era confirmación suficiente.
Valentina sacó del bolsillo de su chamarra una navaja suiza que Julia le había regalado dos días antes. "Para que siempre tengas algo útil encima," había dicho Julia. Abrió la hoja más pequeña y empezó a grabar en la piedra.
Las letras salían torcidas, irregulares, como las de alguien que escribe con la mano equivocada. Valentina no era escultora. Pero tenía paciencia, y el filo de la navaja era bueno, y la piedra era lo bastante blanda para ceder.
Sebastian la observaba. No se acercó. No la detuvo. No preguntó qué estaba escribiendo.
Tardó veinte minutos. Se le acalambró la muñeca dos veces. El polvo de la piedra se le metió bajo las uñas y le dejó los dedos blancos, como si hubiera estado amasando harina. En algún momento empezó a llover una llovizna fina que le mojó la nuca, pero no se detuvo.
Cuando terminó, Valentina se levantó y dio un paso atrás. En la lápida, con letras desiguales pero legibles, decía:
"In all the shabby fading, please shine forever."
Sebastian leyó la inscripción. La leyó otra vez. Su boca se abrió un milímetro y se cerró.
—¿Inglés? —dijo. Su voz sonaba rasposa.
—Es de un poema que leí en la biblioteca de Casa Hogar Esperanza —dijo Valentina—. No sé quién lo escribió. Pero siempre pensé que era lo más bonito que se podía decir sobre alguien que ya no está.
"En todo lo que se gasta y se apaga, por favor brilla para siempre."
El primer trueno rodó sobre el valle. Las nubes se habían oscurecido sin que ninguno de los dos lo notara. Gotas gruesas empezaron a caer sobre las lápidas, sobre los girasoles, sobre la piedra recién grabada.
Valentina se volteó hacia Sebastian.
—¿A quién crees que engañas? —dijo.
Sebastian la miró. El agua le corría por la frente, por los pómulos, por la mandíbula apretada.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. —Valentina dio un paso hacia él. La lluvia le aplastaba el pelo contra la cara—. Vienes aquí solo. Dejas flores frescas cada semana. La tumba de Sofia no tiene nombre porque tú no pudiste ponerle uno sin que se te rompiera algo adentro. Y ahora estás parado bajo la lluvia mirando una lápida como si fuera lo único real que te queda en la vida. —Le sostuvo la mirada—. No eres la máquina que finges ser, Sebastian. Nunca lo fuiste.
El agua caía sobre los dos. Las gotas rebotaban contra el mármol blanco de Doña Elena y contra la piedra gris de Sofia. Valentina esperó una respuesta —un insulto, un sarcasmo, una orden de callarse.
Sebastian no dijo nada.
Valentina se dio la vuelta y caminó hacia la salida. La lluvia le empapó la chamarra en segundos. No corrió. No se cubrió. Caminó con los girasoles sobrantes en la mano y el medallón de jade golpeándole el pecho con cada paso.
Detrás de ella, Sebastian se quedó de pie entre las dos tumbas. El agua le escurría por el brazo herido, mojando la gasa debajo de la manga. Con la mano izquierda se tocó la cicatriz que Valentina le había dejado —la del disparo, apenas cerrada, todavía sensible al frío.
Dijo algo. Una sola frase, en voz baja, con los labios apenas moviéndose.
Pero la lluvia era demasiado fuerte, y nadie la escuchó.