Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Lobos en la recepción, trajes y miradas que matan
Diego Sosa no usaba traje. Nunca lo hacía. Pero esa mañana, cuando salió de su habitación, Sandra se dio cuenta de que su "uniforme" de diseñador gráfico había cambiado.
Llevaba unos jeans negros, unas botas de cuero que le llegaban a la pantorrilla y una chaqueta de mezclilla oscura sobre una camiseta negra ajustada. Su cabello estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto esa mandíbula tensa y esos ojos oscuros que, por primera vez en los años que se conocían, no tenían ni una pizca de humor. Parecía un guardaespaldas de película de acción, o un lobo a punto de defender su manada.
—Vamos —dijo él, tomando las llaves del auto y su mochila.
—Diego, no tienes que hacer esto —murmuró Sandra, ajustándose el blazer y sintiendo un nudo en el estómago—. Es un bufete de abogados. Hay seguridad, hay cámaras...
—Hay un tipo que sabe dónde vives y que trabaja para un cártel, Sandra —la interrumpió él, abriendo la puerta del departamento y haciéndole señas para que pasara primero—. Así que sí, tengo que hacer esto. Y no voy a discutirlo.
Sandra suspiró, sabiendo que era inútil. Cuando Diego se ponía terco, era como intentar mover una montaña con las manos.
El lobby del Bufete Galvis era un santuario de mármol, silencio y aire acondicionado. La recepcionista, una chica impecable llamada Sofía, levantó la vista cuando Diego y Sandra entraron.
—Buenos días, licenciada Bautista. Buenos días, señor... —dijo Sofía, mirando a Diego con una mezcla de curiosidad y recelo por su atuendo casual.
—Buenos días, Sofía —respondió Sandra, sonriendo con cansancio—. Oye, mi amigo Diego se va a quedar hoy en la recepción.
Sofía parpadeó, confundida. —¿En la recepción? Licenciada, las normas del edificio dicen que los visitantes deben tener cita o ser esperados por un empleado. No pueden...
Diego se apoyó en el mostrador de mármol. No sonrió. Se inclinó ligeramente, quedando a la altura de los ojos de la recepcionista, y usó ese tono de voz grave y calmado que Sandra sabía que reservaba para cuando las cosas se ponían serias.
—Sofía, ¿verdad? —dijo él, con una suavidad que era casi hipnótica—. Soy Diego. Soy el mejor amigo de Sandra, su roomie, y a partir de hoy, su sombra. No tengo cita, pero tengo una mochila con mi laptop, un termo de café y una paciencia infinita. Me voy a sentar en ese sofá de cuero de allá —señaló con la barbilla un sofá enorme en la esquina—, no voy a estorbar, no voy a hablar con nadie y no me voy a mover hasta que Sandra salga por esa puerta a las seis de la tarde. ¿Te parece bien?
Sofía lo miró, boquiabierta. Diego tenía ese don: podía ser intimidante y encantador al mismo tiempo. —Yo... supongo que está bien. Pero si el licenciado Galvis pregunta...
—Dile que soy el asistente personal de Sandra. Y su guardaespaldas emocional —dijo Diego, guiñándole un ojo y rompiendo la tensión con una sonrisa de medio lado que hizo que Sofía se sonrojara ligeramente.
Sandra negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. Mi león melancólico, pensó. Hasta intimidando a la recepcionista con encanto.
—Nos vemos a la hora de la salida, San —dijo Diego, sentándose en el sofá, abriendo su mochila y sacando su laptop. En menos de dos minutos, estaba en su mundo, pero Sandra notó que, cada vez que el ascensor se abría, sus ojos oscuros se levantaban rápidamente para escanear a la persona que salía.
A las 11:00 a. m., Sandra estaba en la oficina de Julián. Sobre el escritorio de cristal tenían la libreta de cuero negro y el teléfono viejo que habían encontrado en el humidor.
Julián estaba de pie, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revisando los números de la libreta. —Estos son códigos de cuentas en el extranjero —murmuró él, pasando una mano por su cabello castaño—. Rivas no solo lavaba dinero para el cártel. Estaba desviando fondos de las propias Construcciones Rivas. Roberto Méndez lo descubrió, y por eso lo mataron.
Sandra asentía, tomando notas. —Entonces Lucía es inocente. Rivas la incriminó para que la policía cerrara el caso y no investigara las cuentas.
—Exacto —dijo Julián, levantando la vista y mirándola con orgullo—. Con esto, la fiscalía no tiene más que archivar el caso o enfrentar una demanda por mala praxis. Lo lograste, Sandra.
Sandra sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Estaba agotada. El miedo a que alguien entrara por la puerta seguía ahí, latiendo en su nuca.
Julián lo notó. Se acercó a ella, deteniéndose a un paso de distancia. —Estás tensa —dijo él, con voz suave—. ¿Cómo estás, Sandra? De verdad.
Sandra suspiró, dejando el bolígrafo. —Tengo miedo, Julián. Diego encontró esos mensajes en la red. Alguien sabe que tengo la libreta. Alguien sabe dónde vivo.
Julián frunció el ceño, sus ojos color miel oscureciéndose. —¿Diego encontró eso? ¿Cómo?
—Diego... sabe de tecnología. Es diseñador, pero se mueve bien en la web —explicó Sandra, sin entrar en detalles de OSINT para no preocuparlo más—. Él está abajo, en la recepción. Se negó a irse.
Julián se quedó en silencio un segundo. La palabra "abajo" resonó en su cabeza. Diego está abajo. Cuidándola.
—Baja un momento —dijo Julián de repente, enderezándose y ajustándose los puños de la camisa.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Sandra, confundida.
—Necesito hablar con él. Si hay una amenaza real, necesito saber exactamente qué encontró y qué tan grave es. No podemos manejar la seguridad de una empleada del bufete a medias.
Sandra dudó. Conocía a Diego. Conocía a Julián. Sabía que poner a esos dos en la misma habitación, con el tema de su seguridad de por medio, era como juntar gasolina y fuego. Pero Julián ya estaba caminando hacia la puerta.
—Vamos, Sandra.
Cuando el ascensor se abrió en el lobby, Diego ya los estaba esperando. No estaba en el sofá. Estaba de pie, junto a la puerta del ascensor, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Había visto el número del piso de Julián bajar en el panel digital.
Julián salió del ascensor. Sandra salió detrás de él.
Los dos hombres se quedaron mirando. El aire en el lobby pareció volverse sólido.
Diego era más bajo que Julián por unos centímetros, pero su complexión atlética, su chaqueta de mezclilla y su mirada oscura y desafiante lo hacían parecer un muro de contención. Julián, con su traje gris impecable y su postura de tiburón corporativo, parecía una espada afilada.
—García —dijo Diego, con un tono seco, sin moverse del camino.
—Sosa —respondió Julián, con una frialdad educada pero letal—. Gracias por esperar. Necesito que me expliques qué información exacta tienes sobre la amenaza contra Sandra.
Diego no se movió. —La información es suficiente para saber que si Sandra sale de este edificio sin mí, corre peligro. Así que no, no te la voy a dar a ti para que la manejes con tus "protocolos corporativos". Yo me encargo de ella.
Julián entrecerró los ojos. La tensión entre los dos era tan densa que Sandra sintió que le costaba respirar.
—Sosa, esto no es un juego de roomies —dijo Julián, dando un paso adelante, invadiendo sutilmente el espacio de Diego—. Soy su supervisor en este caso. Soy el licenciado García. Y si hay un riesgo legal y físico, es mi responsabilidad protegerla.
Diego soltó una risa corta, amarga, y dio un paso adelante también, quedando a escasos centímetros de Julián. —¿Tu responsabilidad? —siseó Diego, bajando la voz para que Sofía, en la recepción, no escuchara—. Tú la proteges con papeles, García. Tú la proteges con órdenes de registro y argumentos legales. Yo la protejo con mi vida. Así que haz tu trabajo en la oficina y déjame hacer el mío aquí.
Sandra dio un paso al frente, poniéndose físicamente entre los dos. —¡Basta! —exclamó ella, mirando a Diego y luego a Julián—. Los dos. Basta.
Ambos hombres la miraron.
—Diego, gracias por estar aquí. De verdad. Pero Julián tiene razón, esto es un asunto legal y de seguridad que el bufete debe manejar —dijo Sandra, con voz firme, mirando a su roomie a los ojos—. Y Julián... Diego no es mi "roomie" jugando a los guardaespaldas. Él arriesgó su libertad anoche para conseguir esa información. Me debe la vida, y yo le debo la mía a él. Así que vas a trabajar con él, no contra él. ¿Entendido?
Julián miró a Sandra. Vio la determinación en sus ojos, la lealtad inquebrantable hacia el hombre de la chaqueta de mezclilla. Y en ese momento, Julián García entendió algo que le dolió en el pecho: Diego Sosa no era solo un obstáculo romántico. Era una parte fundamental de la vida de Sandra. Era su raíz. Y Julián, por muy encantador y sofisticado que fuera, no podía competir con años de historia compartida.
Julián asintió lentamente, relajando los hombros. —Entendido, Sandra. Tienes razón.
Luego, Julián giró la cabeza hacia Diego. La frialdad en sus ojos se suavizó un milímetro, transformándose en un respeto renuente pero genuino. —Sosa. Si de verdad tienes información sobre Rivas, necesito que me la pases. No por el bufete. Por ella.
Diego sostuvo su mirada unos segundos más. Luego, asintió una vez, corto y seco. —Te la paso al mediodía. Pero si veo a un solo tipo raro merodeando el edificio, me la llevo de aquí y no me importa tu orden de registro.
—Trato hecho —dijo Julián.
Sandra exhaló un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. —Gracias a ambos —murmuró.
Esa tarde, cuando salieron del edificio, Diego caminaba pegado a Sandra, escaneando cada auto, cada peatón. Julián los acompañó hasta el estacionamiento subterráneo, asegurándose de que subieran al auto de Diego sin problemas.
Mientras Diego arrancaba el motor, Sandra miró por el retrovisor. Julián seguía de pie junto a su auto, mirándolos alejarse.
—Es un buen tipo, tu jefe —dijo Diego de repente, rompiendo el silencio mientras salían a la calle.
Sandra lo miró, sorprendida. —¿Qué?
—Que es un buen tipo —repitió Diego, con los ojos fijos en el tráfico, pero con los nudillos blancos sobre el volante—. Se nota que le importas. De verdad. No solo como empleada.
Sandra sintió un vuelco en el corazón. —Diego...
—No digas nada, San —la interrumpió él, con una sonrisa pequeña y triste—. Solo digo que... me alegra que no estés sola en esto. Que tengas a alguien más cuidándote. Aunque sea un tipo con traje caro que habla como de Madrid.
Sandra no respondió. Miró por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba.
Julián le había dado alas. Diego le daba el suelo. Y mientras el auto se perdía en el tráfico de la ciudad, Sandra Bautista se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, no tenía que elegir entre volar o aterrizar. Podía tener ambas cosas. El problema era que ambas cosas le estaban rompiendo el corazón al mismo tiempo.