Un divorcio es solo el principio
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Fragmentos
La entrada de la policía fue un despliegue de luces azules y rojas que bañaron las paredes de la biblioteca, transformando el refugio de lujo en una pecera de interrogatorio. Alberto no opuso resistencia; sus fuerzas se habían evaporado. Mientras los oficiales le colocaban las esposas —el frío metal chasqueando contra sus muñecas—, el contacto del acero disparó una ráfaga final de recuerdos, cada uno más afilado que el anterior.
—Camine, señor —ordenó un oficial, tirando de su brazo.
Pero Alberto no caminaba en el presente. Estaba en el pasado.
El primer "negocio": Se vio a sí mismo firmando su primer gran contrato. Elena estaba detrás de él, guiándole la mano en la sombra, habiéndole soplado cada cláusula para que no lo estafaran. Él, al terminar, no la besó a ella; se miró en el espejo, creyendo que el éxito era solo suyo. «Fui un parásito con delirios de grandeza», pensó mientras tropezaba con el umbral de la puerta.
La primera mentira: Recordó la cara de Elena cuando él llegó tarde por primera vez, oliendo a un perfume que no era el suyo. Ella lo recibió con una cena caliente y una sonrisa cansada. «¿Mucho trabajo, mi amor?», le preguntó ella. Él asintió, sintiéndose poderoso por engañar a la mujer más inteligente que conocía. El recuerdo le dolió como una puñalada; ahora entendía que ella no era ingenua, simplemente lo estaba esperando, dándole cuerdas para que se salvara o se ahorcara.
El desprecio final: Recordó cuando empezó a llamarla "aburrida" en su mente, cuando empezó a sentir que su elegancia lo asfixiaba porque le recordaba constantemente lo que él nunca sería por mérito propio.
Al llegar a la patrulla, Alberto se detuvo y giró la cabeza. Elena estaba en la escalinata de la mansión, flanqueada por Dante y Viktor. Parecían una trinidad de poder inalcanzable. Ella ni siquiera lo miraba; estaba comentando algo con Dante, probablemente sobre el papeleo del seguro.
—¡Elena! —gritó Alberto, una mezcla de sollozo y rugido—. ¡Diles que fui yo! ¡Diles que sin ti no soy nada!
Ella levantó la vista un segundo, sus ojos gélidos encontrando los suyos por última vez. No hubo odio, solo una profunda e irreparable distancia. Ella entró a la casa y cerró la puerta doble de roble, dejando a Alberto en el mundo exterior, el mundo de donde lo sacó hace once años y al que ahora regresaba, pero esta vez, con las manos esposadas y el alma en ruinas.
Dentro de la patrulla, el silencio era absoluto. Alberto apoyó la cabeza contra el vidrio frío. Los recuerdos empezaron a superponerse: el olor del café de su primer apartamento, la risa de Elena en su boda, el gemido de su socia en el hotel, el sonido del cheque que Elena firmó para salvarlo de la quiebra...
Todo se mezcló en un ruido blanco ensordecedor. Su mente, incapaz de procesar que el "gran Alberto" era ahora el "preso 402", empezó a fragmentarse. Empezó a reírse solo, una risa seca y rota, mientras se susurraba a sí mismo:
—Mañana ella vendrá... Mañana ella me traerá el desayuno y me dirá que es un malentendido... Ella siempre me arregla todo...
El oficial lo miró por el retrovisor y negó con la cabeza.
—Otro que perdió el juicio antes de llegar a la celda.