A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Cap 18: La universidad
El cuarto 304 del edificio C-2, al fondo del campus, entre dos jacarandas. Dos literas, dos escritorios, una ventana al jardín.
Fer ya estaba instalada cuando Camila llegó con la maleta deportiva al hombro.
—¡Cami!
—Fer.
—Llegaste. Ya pensé que te iba a tocar Paola sola y que íbamos a tener que enterrarla en el jardín.
—¿Tan grave?
—Espérate y ves.
Paola llegó cuarenta minutos después, con tres maletas, una bolsa de mercado, una funda de almohada con un peluche y una llave en la mano. Dieciocho años, el cabello teñido rosa pálido.
—Buenas tardes, niñas. ¿Cuál es mi litera?
—La de abajo, derecha.
—¿La de abajo? No, no, no. Necesito la de arriba. Es por la circulación.
—Te la cambio —dijo Camila—. Yo me quedo con la de abajo.
—Eres un sol, mija.
—Sí.
* * *
Gaby llegó la última, callada. Una mochila pequeña y una maceta de plástico verde con una suculenta del tamaño de un puño. La puso en la repisa.
—Gaby.
—Camila.
—Sé quién eres. Te vi en el taller de diseño la semana pasada, en el examen. Eres la del boceto del cuello asimétrico.
—Sí.
—Está bueno.
—Gracias.
* * *
A las cuatro, las cuatro fueron al taller de diseño técnico. El maestro era un hombre delgado de cincuenta y tantos, boina negra, que firmaba sus correos como "Reygada". Entró sin saludar.
Escribió en la pizarra:
"El diseño no es decoración. Es una postura sobre el mundo."
Se giró.
—Buenas tardes. Hoy no vamos a abrir cuaderno. Hoy van a mirar esa frase durante una hora. Después se van. Nos vemos el lunes.
Algunos protestaron en voz baja. Reygada no respondió. Salió.
Camila copió la frase en la primera página de su cuaderno nuevo. Por debajo, en letra muy chica, escribió para sí misma: "Eso ya lo sabía. Lo que me faltaba era el nombre."
—Cami —dijo Fer a la salida del taller—, ese maestro va a ser tu obsesión del semestre.
—Probablemente.
—¿Lo conoces?
—No.
—Pues yo sí, de oídas. Es Reygada, el de la columna de los viernes en el suplemento de cultura. Mi prima le manda artículos cada mes y nunca le publican.
—¿Es bueno?
—Es de los buenos buenos. Pero exigente. La mitad de su grupo del año pasado se cambió de optativa antes del segundo mes.
—No me cambio.
—Ya sé.
* * *
A las cinco, Camila bajó sola al patio de la residencia. Necesitaba aire. Llevaba seis semanas sin un día sin trámite, sin oficina, sin hospital, sin despacho. Caminó por la jardinera, contó las jacarandas, se sentó en una banca de piedra. Sacó el celular. Sin mensajes de Damián desde el "Buenas noches" de la noche anterior. Bien. La distancia era saludable. La distancia era acuerdo. La distancia era —se lo repitió, sin del todo creerlo— bienvenida.
Subió. Las otras tres la estaban esperando para bajar a cenar.
A las seis y media, las cuatro bajaron a la cafetería. Chilaquiles, café.
—A ver. Cami, primero tú.
—¿De qué?
—De todo, mija. ¿De dónde eres, novio sí o no, drama familiar nivel uno a nivel diez?
—De CDMX, colonia popular. Me gusta el diseño. Acabo de divorciarme. Drama, ocho.
Paola se tapó la boca.
—Cuéntame todo.
—No, Paola. Te cuento lo necesario para que sepas cómo tratarme y ya.
—¿Y el guapo?
Camila levantó la vista. Fer se quedó a media masticada.
—¿Qué guapo?
—El de la camioneta, Cami. Te vi bajar el sábado. Yo iba caminando. Era un señor alto, traje, brazo en cabestrillo. Esa camioneta no es de novio normal. Esa es de licenciado.
Fer escupió un microscópico chilaquil sobre la mesa.
—Cami —dijo Fer, con la mano en el pecho—. Cami.
—Es un amigo.
—¿Amigo amigo o amigo "todavía no le digo a nadie pero ya nos besamos"?
—Amigo amigo. Por ahora.
Paola gritó por dentro.
—¡Cami!
Gaby, que llevaba veinte minutos en silencio, levantó la cara apenas.
—Ese tipo se llama Damián Tejada —dijo, como si comentara el clima—. Lo conozco por el directorio de patronato de la escuela. Su mamá donó la biblioteca nueva. ¿De ese hablamos?
Paola se quedó en silencio dos segundos. Fer también. Camila miró a Gaby.
—Sí, Gaby. De ese.
—Trato a su mamá. Es buena gente.
—Sí.
—Una cosa, Cami.
—Dime.
—No le digas a Paola lo de Tejada. Por favor. Una semana antes de que se vaya de boca con sus primos de Guanajuato no la aguanto.
—Trato.
—¡Ey! —se quejó Paola—. Yo sí guardo secretos.
—Paola. Le contaste a tu mamá lo del nuevo de Gaby el día que lo conociste.
—Eso porque era importante.
—Esto también, mija.
—Ya, ya. Lo juro. Por Diosito.
Camila levantó una ceja. Paola se puso la mano en el corazón.
—Por la Virgencita de Guadalupe. ¿Mejor?
—Sirve.
* * *
Esa noche, Camila marcó a Abuela Inés desde el escritorio del 304.
—¿Bueno, mijita?
—Abuela.
—¿Cómo te fue?
—Bien, abuela. Por primera vez bien de verdad.
Inés se quedó callada del otro lado.
—Tu mamá habría estado muy contenta, mija.
Camila no respondió de inmediato.
—Sí. Creo que sí.
—Échale ganas, mijita.
—Sí, abuela. Buenas noches.
* * *
A las once y media, con Fer roncando suave y Paola dormida arriba, Camila se quedó en el escritorio dibujando. Sacó los bocetos viejos. Empezó uno nuevo. La línea le salió limpia al primer intento.
Gaby, desde el otro escritorio, sin levantar la vista del libro:
—Esa línea es la misma que la del boceto del examen.
—¿Es buena o mala?
—Es tuya.
—Gracias.
—De nada.
* * *
A la una y veinte, Reygada le había mandado por correo —Camila no esperaba que tuviera su contacto— una asignación adicional. Un solo párrafo:
> "Lazcano: traiga el viernes una pieza original, no académica. Una sola. Diseñada en estas dos semanas. Quiero ver de qué color hila usted sin papel cuadriculado. — Reygada."
Camila lo leyó. Lo cerró. Lo abrió otra vez. Lo cerró. Empezó otra hoja del cuaderno.
A las dos de la mañana, el teléfono vibró. Mensaje de Damián.
> "¿Primer día bien?"
> "Sí. ¿Tú qué sabes de diseño de modas?"
> "Nada."
> "Bien. Así me das menos opiniones."
Pausa.
> "Justo."
Camila guardó el teléfono boca abajo. Levantó el lápiz. Siguió dibujando.