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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cuando te quedaste un día, y otro, y otro, y otro.

Me despertó el calor, a pesar que hace años había vuelto a vivir acá aún no terminaba de acostumbrarme a los días soleados de verano, me costaba dormir y una vez que me dormía me despertaba cada tanto, así que los meses de verano no la pasaba tan bien entre el calor que no me dejaba dormir y mi querido insomnio que me acompañaba desde la adolescencia.

Me fui al baño, me cepillé los dientes y me metí a la ducha, encendí el agua fría (que para esa temporada salía tibia), me envolví la toalla a la cintura y me fui a preparar un té. Saqué dos tazas, para mi té verde, para vos té de mandarina. Yo lo tomaba amargo y vos con una cucharada de azúcar, me había costado hacerte ver que no hacía falta ponerle 3 cucharadas para endulzarlo.

Para ese entonces me había mudado hace 9 meses a una hermosa casa con patio trasero y hacia cerca de medio año que vivías la mitad de la semana conmigo y la otra en la casa de tus viejos.

Fui a la habitación con la excusa de ponerme un short, pero quería hacer ruido para despertarte para que me hagas compañía. Seguiste durmiendo, asíque agarré el libro de mi mesa de luz y salí al patio a tomar mi té.

Me fui al trabajo y aún dormías. Te dejé dormir, no había nadie en el mundo que se vea más lindo que vos cuando dormías.

Yendo al trabajo en colectivo pensaba en todo lo que nos había pasado en el último tiempo, todo lo que me había pasado a mí.

Me costó mucho dejarte entrar en mi vida, hacerte un lugar. Eras más chico que yo, mucho más chico y creo que eso en su momento fue lo que tanto me hizo dudar. El día que te conocí ví los ojos de Santy en tus ojos, hoy después de verte a diario ya sé que tus ojos son "color tiempo", a veces más celestes, a veces más verdes, a veces ambos. Cuando estás triste parece que se aclaran, aunque intentes disimularlo casi siempre me doy cuenta.

Y acá estábamos, tiempo después "casi juntados", llegaste a mi vida sin pedir permiso y te quedaste, como aquella primera noche, sin invitación. Y eso era algo que me gustaba mucho de vos.

Yo no sabía qué hacer cuando te subiste al taxi esa noche, la noche que te conocí, hace poco más de un año atrás. Viajaste casi en silencio, me mirabas y te reías mucho. Solo me preguntaste mi nombre, y entre risas, antes que yo te preguntará, me dijiste el tuyo. Mateo.

No me preguntaste nada y te bajaste conmigo ni bien el taxi llegó a mi casa, bajaste y te paraste junto a la puerta, mirándome, con esos ojazos tremendos y tu enorme sonrisa. Me paré frente a vos y me acerqué para ver qué hacías, no me dejaste reaccionar, me agarraste de la campera de jeans y me acercaste aún más a vos. Y me besaste. Hacía meses que no besaba, a nadie, Santy se había llevado toda mi sexualidad cuando partió. Y ahí estaba, recuperándola, de golpe. Me dejé llevar, esa noche solo quería pasarla bien y dejar que todo fluya, necesitaba que todo cambiara. Y cómo cambio.

Al otro día me desperté y ya tenía el desayuno listo sobre mi mesa de luz, vos estabas sentado junto a mí, en mi cama y en ropa interior, mirando una película. Como lo hacen las parejas cualquier fin de semana, pero ahí estaba el tema, no era éramos pareja y lo único que sabía era tu nombre. Me habías encendido el cigarrillo la noche anterior, te subiste a mi taxi sin preguntar y terminamos teniendo sexo toda la noche. Antes de dormir me acuerdo que te ofrecí mi baño para que tomarás una ducha y te pregunté si tenías plata para el taxi.

No entendía que hacías aún en mi casa, y qué hacías tan cómodamente mirando una película mientras yo me seguía haciendo el dormido.

Pausaste la película, te acostaste detrás mío y me abrazaste. Con tu nariz entre mi pelo me susurraste: "Quiero quedarme a pasar el día, sino te molesta." Te dije que sí moviendo la cabeza y me besaste un hombro. Nos quedamos así hasta que nos dormimos de nuevo.

Ese día te duchaste conmigo, creo que fuiste la primer persona con la que compartí la ducha. Usaste mi cepillo de dientes sin permiso, pero me besaste y me agradeciste porque te lo presté.

Almorzamos un poco tarde, afuera de casa, sentados en el pasto. Sonaba "High" de James Blunt, me dijiste que ese tema te había hecho llorar muchas veces.Te paraste, volviste a ponerlo desde el principio y me insististe para que bailara con vos. Mientras bailabámos abrazados sentía que tu corazón latía con fuerza. Y te abrazaba con más fuerza. Ese fue el momento, en ese momento fue donde sentí que me flechaste. No querías que el día terminara, no querías irte, tenías miedo que solo sea eso, que sólo sea ese fin de semana y nada más. Al otro día trabajaba, asíque te prometí que te iba a llamar, pero a la tarde/noche. Te fuiste como triste, como que me creíste a medias. No estabas convencido que lo que te decía era la verdad.

Terminé de ordenar todo en mi casa, me duché y cuando me estaba por acostar me llegó un mensaje tuyo, me preguntabas si podías pasar un rato, que me querías decir algo y te ibas. Te dije que sí, y tocaste la puerta unos segundos después que te contesté el mensaje. Me pediste quedarte una noche más, solo una más pero sin sexo. Obviamente que acepté, me abrazaste fuerte, muy fuerte. Y algunas lágrimas cayeron por tu mejilla. Te pregunté si estabas bien, pero no querías decir nada. Solo sequé tus lágrimas y besé una de tus mejillas. Y sí, yo había estado en el mismo lugar que vos, cuando era joven y aún no encontraba a la gente correcta. Te entendía mejor que nadie.

Pasaste esa noche , y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente conmigo, en mi casa. Hasta que te convencí que no me iba a ir, que ahí iba a estar. Y desde entonces empezaste a venir casi a diario, a veces te quedabas todo el fin de semana, a veces entre semana. Y de a poco fuiste trayendo cada vez más cosas tuyas.

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Benjamín Gohega
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