Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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Relatos bajo las estrellas
Corrieron durante lo que pareció una eternidad, sus pasos resonando en el suelo de hojas secas y tierra húmeda del bosque que bordeaba la ciudad. Lucy no miraba atrás, solo se aferraba a la mano de Wonho con todas sus fuerzas, confiando en que él sabría dónde ir, cómo despistar a las sombras que los perseguían. El viento le azotaba el rostro, las ramas de los árboles le rozaban los brazos, y el corazón le latía con una fuerza que dolía en el pecho. Pero no se detenía. No podía detenerse.
Finalmente, Wonho frenó en seco en un claro oculto entre rocas y árboles frondosos, un espacio pequeño y protegido que apenas se veía desde el camino principal. Se giró hacia ella, colocando un dedo sobre sus labios en señal de silencio. Lucy contuvo la respiración, escuchando. Durante unos minutos, solo se oyó el viento moviendo las copas de los árboles y el crujido lejano de ramas. Luego, el silencio volvió. Los Recolectores se habían quedado atrás.
—Estamos a salvo —dijo Wonho en un susurro, soltando finalmente su mano. Lucy notó que sus propios dedos estaban entumecidos por haberlo apretado con tanta fuerza—. Por ahora.
Se dejaron caer ambos sobre unas rocas cubiertas de musgo, recuperando el aliento. Lucy miró a su alrededor: el bosque se extendía en todas direcciones, oscuro y misterioso bajo la luz de la luna que se filtraba entre las nubes. Atrás quedaba la ciudad, las luces de las casas, la cama cálida de su habitación, la seguridad de su vida cotidiana. Aquí, en medio de la naturaleza salvaje, todo era diferente. Todo era peligro, incertidumbre… y también, extrañamente, libertad.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella en voz baja, para no romper el silencio del bosque.
Wonho sacó una pequeña linterna de su mochila y la encendió, proyectando un círculo de luz dorada sobre el suelo. Empezó a recoger ramas secas para hacer una fogata pequeña, controlada, que no se viera desde lejos.
—Descansamos —respondió mientras trabajaba—. No podemos seguir caminando de noche por este terreno. Nos romperíamos una pierna antes de llegar a la primera aldea. Mañana al amanecer seguimos. Los Recolectores no se arriesgarán a adentrarse mucho en el bosque de noche; prefieren atacar cuando tienen la ventaja de la luz.
Lucy asintió, aunque sabía que no iba a poder dormir. Demasiadas cosas daban vueltas en su cabeza: su madre, Mara, el examen que se perdería, los Recolectores que querían matarlos, el viaje hacia el norte que apenas comenzaba. Y sobre todo, él. Wonho, que había esperado por ella durante siglos, que cargaba con un dolor que Lucy aún no lograba comprender del todo.
Cuando la fogata estuvo encendida, el calor de las llamas empezó a ahuyentar el frío de la noche. Wonho se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban. En la luz danzante del fuego, sus rasgos se veían más suaves, más humanos, menos el guardián antiguo y más el chico que había chocado con ella en una calle gris hacía apenas unas semanas.
—Cuéntame de él —dijo Lucy finalmente, rompiendo el silencio—. Del guardián del norte. ¿Cómo es?
Wonho miró las llamas durante un momento antes de responder, como si buscara las palabras adecuadas en el fuego.
—Se llama Elías —dijo despacio—. Es el más antiguo de todos nosotros. Tanto que ni él mismo recuerda cuántos años tiene. Fue discípulo de tu padre en la vida anterior… o mejor dicho, de la encarnación de tu padre hace quinientos años. Él fue quien me enseñó todo lo que sé. Quién soy, cuál es mi deber, cómo proteger lo que nos fue encomendado. Y también fue quien me ayudó a buscarte en cada vida, cuando yo ya no tenía fuerzas para seguir solo.
Lucy sintió un cosquilleo en el pecho al escuchar eso. Su padre… en otra vida. Un hombre que no conocía, pero que llevaba su misma sangre, su mismo poder.
—¿Y por qué no viene él a buscarnos? —preguntó—. ¿Por qué tenemos que ir nosotros hasta allá?
Wonho suspiró, y una sombra de preocupación cruzó su rostro.
—Elías no puede abandonar el refugio del norte —explicó—. Allí se guardan los libros más antiguos, los más poderosos. Si él se va, los Recolectores podrían entrar y destruirlo todo en una noche. Él es el último muro que les queda. Además… está débil. Los años pesan sobre él, incluso para un guardián. Necesita que vayamos nosotros. Necesita ver que has despertado, para saber que aún hay esperanza.
Lucy asintió, entendiendo la responsabilidad que pesaba sobre los hombros de aquel anciano que aún no conocía. Luego, reuniendo valor, hizo la pregunta que llevaba dando vueltas en su cabeza desde que Wonho le habló por primera vez de vidas pasadas.
—Cuéntame de nosotros —dijo en un susurro—. De otras veces. De otras vidas. ¿Cómo éramos? ¿Cómo nos conocimos?
Wonho giró la cabeza para mirarla, y sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de tristeza y ternura bajo la luz del fuego. Levantó una mano y le acarició la mejilla con la yema de los dedos, con esa delicadeza que solo él tenía.
—Hubo una vida —empezó a decir, y su voz sonó más suave, más antigua, como si estuviera trayendo recuerdos de muy lejos—, hace unos trescientos años, en un pequeño pueblo costero. Tú eras la hija del pescador más rico de la zona, y yo era un marinero recién llegado que trabajaba en los muelles. No debíamos cruzarnos. Tu padre quería casarte con un comerciante rico de la ciudad grande. Pero nos encontramos una noche en la playa, cuando tú te escapaste de casa para ver las estrellas.
Lucy sintió un cosquilleo en la espalda, como si ella misma recordara esa playa, esa brisa salada, esa noche estrellada.
—¿Y qué pasó? —preguntó, aunque una parte de ella ya sabía la respuesta.
—Nos enamoramos, por supuesto —continuó Wonho con una sonrisa nostálgica dibujándose en los labios—. Nos veíamos cada noche en secreto. Tú me enseñaste a leer las estrellas para navegar, yo te contaba historias de tierras lejanas que había visto en mis viajes. Prometimos que nos iríamos juntos, que cruzaríamos el mar hasta encontrar un lugar donde nadie nos conociera. Pero los Recolectores también nos encontraron esa vez. Tú… te interpusiste entre ellos y yo, igual que hiciste quinientos años atrás.
Su voz se quebró un poco al final. Lucy apretó su mano, sintiendo el dolor que esas memorias le causaban.
—No tienes que seguir —dijo suavemente.
Wonho negó con la cabeza, apretándole la mano a su vez.
—Quiero que lo sepas —respondió—. Quiero que sepas que en cada vida, en cada tiempo, en cada lugar, tú has sido la misma. Valiente, terca, dispuesta a sacrificarlo todo por quienes amas. Por eso te amo. Porque no importa cuántas veces renazcas, tu alma sigue siendo la misma. La misma que me prometió hace quinientos años que nos encontraríamos siempre.
Lucy sintió cómo las lágrimas se le llenaban los ojos. No recordaba esas vidas, no conscientemente, pero en lo más profundo de su ser, cada palabra de Wonho resonaba como una verdad antigua que siempre había llevado dentro. Se inclinó hacia él y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo mezclarse con el de la fogata.
—Esta vez será diferente —dijo con firmeza—. Esta vez no me interpondré sola. Lucharemos juntos. Y ganaremos juntos.
Wonho rodeó sus hombros con un brazo, atrayéndola más cerca de sí. El fuego crujía suavemente, las estrellas brillaban a través de las ramas de los árboles, y por un momento, el peligro, los Recolectores, el viaje largo que les esperaba… todo parecía quedar lejos.
—Lo sé —respondió él en un susurro, besando la parte superior de su cabeza—. Esta vez lo lograremos. Lo prometo.
Estuvieron así un largo rato, en silencio, disfrutando de la calma temporal y de la cercanía del otro. Lucy cerró los ojos, dejando que la voz de Wonho, el calor de la fogata y el sonido del bosque la envolvieran. Por primera vez desde que había salido de casa, no sentía miedo. Se sentía en casa. Estar con él era estar en casa.
De pronto, un crujido fuerte entre los arbustos los hizo separarse de golpe. Wonho se puso de pie de un salto, todo el cuerpo en alerta, una barrera de luz plateada apareciendo tenuemente en sus manos. Lucy también se levantó, sintiendo cómo el poder dorado latía en su pecho, lista para salir si fuera necesario.
Esperaron. El corazón de Lucy golpeaba sus costillas con fuerza. Otro crujido. Y luego… una pequeña ardilla apareció entre los arbustos, los miró con ojos brillantes y se alejó corriendo hacia un árbol.
Wonho soltó un suspiro de alivio, disolviendo la barrera de luz.
—Solo era un animal —dijo, volviéndose hacia ella con una sonrisa cansada.
Lucy se rió un poco, nerviosa, dejándose caer de nuevo sobre la roca. El corazón aún le latía rápido.
—Creo que nunca me acostumbraré a esto —confesó.
Wonho se sentó a su lado de nuevo, tomándole la mano.
—Con el tiempo sí —dijo—. Y mientras tanto, estaré aquí para protegerte. Siempre.
Más tarde, cuando el fuego empezó a apagarse y el sueño empezó a pesarle los párpados, Lucy se recostó contra el pecho de Wonho, escuchando el latido lento y constante de su corazón. Mañana seguirían caminando. Mañana estarían más cerca del norte, más cerca de la verdad, más cerca del peligro. Pero por esa noche, bajo las estrellas del bosque, estaban a salvo. Estaban juntos. Y eso era todo lo que importaba.